Saltar al contenido

¿Dónde están los grandes maestros?

Dr._Ignacio_Chávez_Sanchez
Dr. Ignacio Chávez Sánchez

En muchas ocasiones he hablado de la falta de curiosidad en los estudiantes de Medicina, en la apatía que parece invadir a los muchachos y no sólo en esta carrera. Es un discurso que tal vez suene parecido a lo que mis maestros decían de nosotros, parece que siempre tiempos pasados fueron mejores ¿realmente es así? ¿Es “culpa” únicamente de la juventud?

De mis profesores recibí mucho, de hecho creo que sigo haciéndolo día a día cuando asimilo todo lo que me dieron y dijeron, tanto en el aula como en los pasillos del hospital o frente al paciente. Muchas de sus enseñanzas las llevo a mi vida diaria, tanto en la esfera profesional como fuera de ella. Ahora me toca a mí hacer un análisis concienzudo de mi ser yo como maestro y en cierta forma de la de mis colegas, espero no resultar insultante o hiriente, pero si así lo fuese, que esta crítica resulte constructiva.

Siempre recordaré con añoranza mis años de estudiante, particularmente los días que viví en los pasillos de diversos hospitales, pero uno en especial dejó una huella permanente en mí, hablo del Hospital General de México, una institución donde la enseñanza se respira en los pasillos al aire libre que unen los diversos pabellones, un hospital a la vieja usanza, donde la falta de recursos y la pasión por lo clásico hacían complicidad para permitir a los médicos ejercer la clínica a su máxima expresión.

Cuando uno llega como estudiante a dicha institución siente gran admiración al saber los nombres de quienes recorrieron sus pabellones, imaginarse que en él se «cocinaron» los Institutos Nacionales de Salud. Pensar que nombres como Eduardo Liceaga, Ignacio Chávez, Abraham Ayala, Pedro P. Peredo, Aquilino Villanueva y muchos otros que gestaron la medicina mexicana surgieron de ese nosocomio, no hacía más que se nos pusiera la piel de “gallina”.

Pero no todos eran nombres pertenecientes al pasado, todavía existían leyendas (con fama internacional) en sus pasillos, médicos como los doctores Amado Saúl, Luis Alcocer, Fernando Bernal, etcétera, y ninguno de ellos, aun cuando tendrían con qué, daba bandazos de divinidade, por el contrario, al identificar la cara de espanto del estudiante al no saber cómo interrogar a un paciente, sin que nadie dijera nada, sin que tuvieran que firmar una lista, sin que ello le diera puntos curriculares o generara un incremento en su nómina se acercaban y le enseñaban.

Uno no tenía que ser su alumno para que de ellos emanara la pasión por transmitir lo que sabían, dar algún consejo sobre una maniobra de exploración o un viejo truco para detectar una patología determinada. Es decir, la enseñanza era un placer que a mí me parecía casi inseparable del ser médico o así me lo había hecho ver mi padre. Recuerdo que en muchas ocasiones hablando con él, aún antes de estudiar Medicina, me comentaba que el médico tenía cuatro grandes pilares sobre los cuales tenía que apoyar su profesión, todos ven la clínica (preventiva y curativa) y la continua actualización pero están también la investigación y la enseñanza, a esta última lo vi entregar su vida con tal placer que en mucho me atrajo a hacer lo que hago.

Así pues, ver a un médico para mí era sinónimo de ver un maestro pero me he llevado una gran sorpresa cuando llegué a Aguascalientes y al parecer no soy el único que lo piensa. Hace unas horas leía en el muro de “Facebook” del doctor Luis Muñoz un comentario que en mucho tiene que ver con esta columna, cito ad integrum:

Más de una vez me he preguntado por qué en Aguascalientes la enseñanza y la práctica de la Medicina no pasan de un nivel mediano en el mejor de los casos (hay excepciones que confirman la regla). Como en toda enfermedad crónico-degenerativa, la etiología debe ser multifactorial, aunque en el fondo se puede identificar como una responsabilidad compartida:

Los que han sido y siguen siendo no quieren dejar de ser y tampoco quieren dejar ser. Y los que podrían y deberían ser no han sabido o no han querido organizarse para lograrlo.

Pésima combinación en la que quienes tienen el deber de impulsar un cambio son cobardes y/o acomodaticios y prefieren vivir cómodamente sometidos al sistema predominante sin hacer lo que deben para generar el progreso que nos es tan necesario.

Coincido con el doctor plenamente, pero no sólo se trata de una enfermedad crónica, incluso pareciera ser infectocontagiosa, se transmite de unos a otros, en aquéllos en los que el entusiasmo estaba presente empieza a menguar en forma abrupta al verse contaminados por el sistema y el navegar contra la corriente deja de ser un reto y un placer y empiezan a dejarse llevar por las turbulentas aguas de la apatía.

¿Cómo podemos responsabilizar a los estudiantes de la apatía si son los “mayores” los que más afectados por ella están? ¿Pretendemos que ellos cambien si nosotros no hemos hecho nada para mejorar nuestra propia situación? ¿Dónde han quedado esos hombres que tenían ganas de transformar su mundo, de comérselo entero?

Admiramos a otras naciones por los grandes científicos y médicos que en ellos se generan, sin darnos cuenta que en nuestro país también tenemos el potencial de lograrlo, incluso me atrevería a decir que es mayor pero tristemente es nuestra propia desidia la que nos lleva a hundirnos en estas arenas movedizas, estancándonos como gremio y como nación.

Publicado previamente en  La Jornada Aguascalientes