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Cuando el Mundial de fútbol llega a las bibliotecas…

Escritores, filósofos y científicos que también encontraron algo en el fútbol

El próximo jueves comenzará el Mundial de fútbol en nuestro país.

La fiebre del Mundial de fútbol

Aunque las encuestas hablan de un, para mí inusitado, desinterés por la Copa del Mundo, durante unas semanas, las conversaciones cambiarán de rumbo. Personas que normalmente hablan de política, medicina, negocios o literatura terminarán discutiendo alineaciones, resultados y posibilidades matemáticas de clasificación. Los restaurantes llenarán sus pantallas. Las oficinas harán pausas estratégicas. Y las calles, de pronto, parecerán respirar al ritmo de una pelota.

Confieso que nunca he sido un apasionado del fútbol.

Si me dan a elegir, probablemente termine viendo una etapa de ciclismo, una competencia de natación o un partido de futbol americano. Son los deportes con los que más fácilmente conecto…

Y, sin embargo, cada cuatro años me ocurre algo curioso.

Termino contagiándome del entusiasmo de quienes sí viven este deporte con verdadera pasión.

Quizá porque el fútbol tiene algo que pocos fenómenos culturales poseen: durante unas semanas logra que millones de personas hablen el mismo idioma.

Mientras pensaba en ello me encontré dándole vueltas a una idea.

¿Fútbol o cultura?

Existe cierta creencia de que el fútbol y la cultura pertenecen a mundos distintos.

De un lado están los estadios, los cánticos, las discusiones interminables sobre si el árbitro se equivocó o no, las estadísticas y las rivalidades históricas.

Del otro, las bibliotecas, los laboratorios, los museos y las universidades.

Como si la inteligencia y la pasión por el fútbol fueran incompatibles.

Como si leer una novela obligara a renunciar a los domingos de partido.

Como si la curiosidad intelectual y el deporte hablaran idiomas diferentes.

Pero basta rascar un poco la superficie para descubrir algo inesperado.

El fútbol ha seducido a algunas de las mentes más brillantes de los últimos dos siglos.

¿Qué tiene este juego para atraer a escritores, filósofos, científicos y artistas?

¿Por qué alguien que ha dedicado su vida a estudiar las estrellas, la naturaleza humana o la literatura termina emocionándose cuando ve a veintidós personas correr detrás de una pelota?

Los escritores también juegan

Albert Camus fue portero antes de convertirse en escritor y recibir el Premio Nobel de Literatura. Años después diría que todo lo que sabía acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol.

Siempre me ha parecido fascinante esa afirmación.

Uno de los grandes pensadores del absurdo encontrando lecciones sobre la condición humana en una cancha de tierra.

Pier Paolo Pasolini, poeta, novelista y cineasta, sostenía que el fútbol era un lenguaje. No una metáfora del lenguaje, sino un lenguaje en sí mismo. Cada pase, cada movimiento y cada jugada constituían palabras capaces de construir un relato.

Eduardo Galeano dedicó páginas memorables al fútbol.

Mario Benedetti escribió sobre futbolistas.

Juan Villoro construyó algunas de las mejores crónicas futbolísticas en lengua española.

Y Nick Hornby hizo con el Arsenal lo que muchos hemos hecho alguna vez con nuestras propias aficiones: convertir una pasión aparentemente irracional en una autobiografía.

Incluso Jorge Luis Borges, que nunca ocultó su escaso entusiasmo por el fútbol, terminó viviendo bajo su influencia. En Argentina era prácticamente imposible escapar de él.

El laboratorio de once contra once

Y luego están los científicos.

Quizá porque el fútbol también puede observarse como un laboratorio.

Los matemáticos encuentran geometría en los espacios vacíos.

Los físicos observan trayectorias, velocidades, rotaciones y efectos aerodinámicos.

Los estadísticos buscan patrones ocultos entre miles de partidos.

Los psicólogos estudian liderazgo, cooperación, presión social y toma de decisiones.

Los médicos observamos algo distinto…

Cuerpos humanos llevados cerca de sus límites.

Músculos, tendones, reflejos, fatiga, recuperación y adaptación.

La extraordinaria capacidad del organismo para responder a desafíos físicos y mentales en cuestión de segundos.

Mientras exista el árbitro, el fútbol será impredecible.

Gabriel García Márquez

Una versión reducida de la vida

Y entonces surge otra pregunta.

Tal vez el fútbol no atrae a escritores, filósofos y científicos a pesar de ser un juego.

Tal vez los atrae precisamente porque lo es.

Porque dentro de sus límites ocurre una versión reducida de la vida.

Hay estrategia, pero también azar.

Hay talento, pero también trabajo.

Hay disciplina y hay improvisación.

Hay héroes que dejan de serlo.

Hay villanos que terminan convirtiéndose en héroes.

Hay belleza.

Hay injusticia.

Hay momentos que parecen escritos por un novelista y otros que ningún escritor se habría atrevido a inventar.

Y, sobre todo, hay incertidumbre.

Nadie leería una novela cuyo final conociera desde la primera página.

Tampoco tendría sentido un partido cuyo resultado estuviera decidido antes del silbatazo inicial.

El orden y el caos

Quizá por eso tantas personas brillantes han terminado acercándose al fútbol una y otra vez.

Porque debajo de los millones de dólares, de las transmisiones televisivas, de las polémicas arbitrales y de las rivalidades históricas sigue existiendo algo profundamente humano.

Un grupo de personas intentando imponer un poco de orden sobre el caos.

Lo mismo que hacemos todos los días…

Aunque utilicemos herramientas diferentes.

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