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El futbol no necesita guardianes

En los últimos días he visto en redes sociales una discusión tan absurda como reveladora.

Algunos aficionados argentinos —y es importante subrayar lo de algunos— han sostenido que México no debió albergar la Copa del Mundo porque aquí, según ellos, no se vive el futbol con la misma pasión que en Argentina.

La afirmación sería simplemente anecdótica si no estuviera acompañada de una serie de argumentos que parecen confundir pasión con otra cosa muy distinta.

Porque una cosa es amar un deporte.

Otra muy diferente es convertirlo en una religión.

Y otra más es utilizarlo como pretexto para la agresión, la intolerancia o la violencia.

Pasión no es fanatismo

México no vive el futbol como Argentina.

Eso es evidente.

Tampoco lo vive como Brasil, Inglaterra, Alemania o Marruecos.

Cada país desarrolla una relación distinta con el deporte. Algunas naciones lo integran como parte central de su identidad colectiva; otras lo disfrutan sin convertirlo en el eje alrededor del cual gira toda la vida pública.

Ninguna de las dos posturas es superior a la otra.

Lo preocupante es cuando alguien pretende erigirse en árbitro universal de cómo debe vivirse una afición.

Porque eso es justamente lo que ha aparecido en muchos de estos mensajes: la idea de que existe una manera correcta de ser aficionado.

Como si hubiera un reglamento no escrito.

Como si existiera un examen de autenticidad.

Como si la pasión pudiera medirse en decibeles.

Los guardianes de la tribuna

En redes sociales abundan videos donde ciertos aficionados explican cómo se debe ir vestido a un estadio, qué se debe gritar, cómo se debe celebrar, cómo se debe sufrir una derrota e incluso qué tan intenso debe ser el comportamiento de una persona para ser considerada un “verdadero aficionado”.

Como si el futbol necesitara guardianes.

Como si la afición fuera una secta que exige rituales obligatorios.

Resulta curioso que quienes defienden el futbol como una fiesta popular sean, en ocasiones, los mismos que intentan imponer quién puede participar en ella y bajo qué condiciones.

La pasión auténtica no necesita policías.

Mucho menos inquisidores.

El fútbol no necesita guardianes
El futbol no necesita guardianes

La Argentina que yo conocí

He tenido la fortuna de conocer Argentina y convivir con argentinos.

He recorrido sus calles, compartido conversaciones, comidas y experiencias con personas extraordinarias. Por eso mismo me parece importante señalar que este comportamiento no representa, en absoluto, a la mayoría.

La Argentina que yo conocí fue cálida, culta, hospitalaria y profundamente humana.

Precisamente por eso resulta tan triste observar cómo ciertos sectores permiten que el futbol saque lo peor de ellos.

Lo que debería ser una fiesta termina convirtiéndose en una demostración de intolerancia.

Lo que debería unir, divide.

Lo que debería generar convivencia, genera confrontación.

Y lo que debería ser una celebración cultural acaba derivando en conductas propias de grupos vandálicos que parecen haber olvidado que detrás de cada camiseta hay simplemente otra persona.

Cuando el rival deja de ser rival

El ejemplo más reciente ocurrió en Times Square.

Circularon videos donde aficionados argelinos fueron agredidos con bebidas alcohólicas, aparentemente como una forma de burla ligada a su identidad musulmana y a las restricciones religiosas que muchos de ellos observan respecto al consumo de alcohol.

Más allá del futbol, eso ya no es rivalidad.

Es intolerancia.

Porque una cosa es cantar más fuerte.

Otra es burlarse del origen, la cultura o las creencias de alguien.

Y cuando una afición llega al punto de utilizar la religión de otra persona como blanco de agresión o humillación pública, el problema dejó de ser deportivo hace mucho tiempo.

El futbol, una fiesta para todos

El Mundial debería ser exactamente lo contrario.

Un espacio donde mexicanos, argentinos, japoneses, marroquíes, estadounidenses, brasileños o argelinos puedan encontrarse alrededor de una pasión compartida.

Porque el futbol, en su mejor versión, no consiste en demostrar quién ama más el deporte.

Consiste en celebrar que millones de personas, desde culturas completamente distintas, pueden emocionarse por la misma pelota.

Cada quien a su manera.

Cada quien con sus costumbres.

Cada quien con su forma de vivir una tribuna.

Porque nadie debería tener que pedir permiso para disfrutar un partido.

Y nadie debería sentirse con autoridad para decidir cómo debe hacerlo otro.

Si para demostrar cuánto amas el futbol necesitas insultar, golpear, humillar o excluir a otros, entonces hace tiempo que dejaste de amar el futbol…

Lo que amas es sentirte superior a los demás…

Y a veces, muchas veces, esa obsesión por mirar a otros desde arriba no es una muestra de grandeza, sino una confesión involuntaria de pequeñez.

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