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El mundo que aprendí ya no existe

Hace unos días leía que este sería el último Mundial en el que participarán jugadores nacidos en Yugoslavia.

Después, durante una comida en la clínica, salió el tema y me pregunté algo que parecía trivial: ¿en qué grado de primaria aprendí las capitales del mundo? Sin saberlo, aquella pregunta me llevaría a recordar varios países que ya no existen y un mapa del mundo que desapareció antes de que terminara el siglo.

La pregunta me llevó de vuelta a aquellos años entre 1985 y 1991, cuando pasaba tardes enteras memorizando mapas, países, banderas y capitales. Moscú era la capital de la Unión Soviética (URSS). Belgrado era la capital de Yugoslavia. Praga pertenecía a Checoslovaquia. Berlín aún estaba dividida por una frontera que parecía eterna.

Lo curioso es que aquellos países ya no existen…

Hoy resulta extraño pensarlo. Uno asume que los países son permanentes. Que siempre estuvieron ahí y que siempre estarán ahí. Nadie imagina que un día pueda despertarse y descubrir que el nombre que aprendió en la escuela ya no aparece en los mapas.

Cuando tenía diez u once años, el mundo parecía sólido. Los mapas impresos en los libros de texto transmitían una sensación de permanencia. Uno asumía que las fronteras eran tan inmutables como las montañas o los océanos.

Pero no lo eran.

Los mapas comenzaron a moverse

Pocos años después de terminar la primaria comenzó una de las mayores transformaciones geopolíticas del siglo XX.

Lo que para mi generación eran tres países enormes y aparentemente inmutables terminó convirtiéndose en más de veinte naciones distintas.

La Unión Soviética se desintegró en 1991 y de ella surgieron quince países independientes: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Estonia, Letonia, Lituania, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán, Tayikistán y Moldavia.

Checoslovaquia decidió separarse pacíficamente en dos naciones distintas: República Checa y Eslovaquia.

Yugoslavia, en cambio, se fragmentó en medio de guerras terribles que dieron origen a Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia del Norte, Serbia, Montenegro y, posteriormente, Kosovo.

Incluso Alemania dejó de estar dividida. Para quienes crecimos durante la Guerra Fría, la existencia de una Alemania Oriental y una Alemania Occidental parecía una característica natural del planeta. Hoy es apenas una nota en los libros de historia.

El mundo que aprendí en la escuela desapareció antes de que cumpliera los veinte años.

Y no solo cambiaron los mapas…

La distancia tenía peso

Mientras las fronteras físicas cambiaban, también cambiaba la forma en que nos comunicábamos, trabajábamos y entendíamos el mundo. Había otros muros que se derrumbaban…

Cuando estudiaba aquellas capitales, no existía internet. No existían los teléfonos inteligentes. Nadie hablaba de redes sociales. La palabra «Google» no significaba nada. Las fotografías se revelaban en papel. Las cartas viajaban por correo. Las noticias tardaban horas o días en llegar.

La distancia tenía peso.

La espera existía.

El silencio también.

El mundo que aprendí ya no existe

A veces pienso que los niños de hoy estudian un mundo mucho más complejo que el que yo estudié. Pero también pienso que nosotros vivimos una época extraordinaria: fuimos la última generación que memorizó un mapa que desapareció.

Aprendimos un mundo analógico y despertamos en uno digital.

Estudiamos países que ya no existen.

Vimos caer muros que parecían indestructibles.

Presenciamos el nacimiento de nuevas naciones.

Y descubrimos que incluso aquello que parecía permanente podía cambiar…

Quizá esa sea la verdadera lección que dejaron aquellas viejas listas de capitales.

No era aprender que Moscú estaba en la Unión Soviética o que Belgrado pertenecía a Yugoslavia.

Era entender, aunque tardáramos décadas en hacerlo, que la historia nunca se detiene.

Que los mapas cambian.

Que los países nacen y desaparecen.

Que las fronteras se mueven.

Y que, mientras nosotros seguimos creyendo que vivimos en el mismo mundo de nuestra infancia, el mundo ya se convirtió en otro.

O quizá somos nosotros los que nos convertimos en habitantes de un país que ya no existe: el de nuestros recuerdos.

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