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El desierto de los tártaros… cuando un libro termina leyéndote a ti

Antes de leer El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, ya sabía que estaba frente a un clásico. También había leído que no era una novela para todos. Lo que no imaginaba era que el mayor reto no sería entenderla, sino leerla.

Hubo momentos en los que estuve a punto de cerrarla.

No porque fuera mala. Tampoco porque me aburriera en el sentido «típico». Simplemente… me costaba avanzar.

Pensé en hacer lo que ya he hecho con otros libros: dejarlo sobre el buró, tomar otro más ligero y, quizá, solo quizá, retomarlo meses después.

Pero no lo hice.

Y, al terminar la última página, creo que entendí por qué.

Porque, sin saberlo, el propio acto de leer aquella novela terminó convirtiéndose en una extensión de la historia que estaba leyendo.

Así como el personaje principal, Giovanni Drogo, espera que algo ocurra para que su vida, por fin, comience, yo esperaba que el libro “arrancara”. Que sucediera ese gran acontecimiento que justificara tanta espera. Que apareciera aquello que, según uno supone cuando empieza la novela, terminará dándole sentido a todo.

Y, sin darme cuenta, empecé a sospechar que el problema no era el libro.

Fue entonces cuando empecé a comprender el verdadero genio de Dino Buzzati.

La novela no solo habla de la espera.

Te obliga a experimentarla.

Y pocas veces una novela consigue que su forma sea tan importante como su argumento.

¿De qué trata El desierto de los tártaros?

A primera vista, El desierto de los tártaros cuenta la historia de Giovanni Drogo, un joven oficial destinado a la Fortaleza Bastiani, una construcción militar aislada frente a un inmenso desierto donde, desde hace años, se espera la posible llegada de un enemigo conocido como los tártaros.

Lo que inicialmente parece un destino temporal termina convirtiéndose en una larga espera. Mientras Drogo permanece convencido de que el gran momento de su carrera está por llegar, el tiempo continúa avanzando casi sin que él lo note.

Sin embargo, reducir la novela de Dino Buzzati a su argumento sería injusto. Más que una historia militar, es una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, las oportunidades que dejamos escapar y esa peligrosa costumbre de creer que la vida verdadera siempre comenzará mañana.

Solo después entendí lo que estaba ocurriendo. Mientras esperaba que el libro “arrancara”, estaba cayendo exactamente en la misma trampa que Giovanni Drogo. Yo también esperaba que algo extraordinario ocurriera para justificar la espera. Y esa fue la primera lección que la novela me dio.

Cuando la forma también cuenta la historia

Estamos acostumbrados a que una novela nos seduzca con giros inesperados, personajes que evolucionan rápidamente o acontecimientos que nos obligan a seguir leyendo hasta la madrugada.

El desierto de los tártaros hace exactamente lo contrario.

Avanza con una lentitud casi desesperante.

Los días se parecen entre sí.

Las conversaciones se repiten.

Las ilusiones aparecen y desaparecen.Y uno siente, igual que Drogo, que quizá mañana ocurra algo importante.

Pero mañana tampoco ocurre.

Ni pasado mañana.

Ni el siguiente.

Y entonces entendí que esa aparente lentitud no era un defecto de la novela.

Era la novela.

Porque la vida tampoco suele avanzar al ritmo de una película.

La mayor parte de nuestra existencia está hecha de días normales.

Quizá el mayor logro de Dino Buzzati no sea haber escrito una novela sobre la espera… sino haber conseguido que el lector también espere.

De lunes.

De rutinas.

De pequeñas decisiones que parecen no significar nada… hasta que, años después, descubrimos que fueron precisamente esas decisiones las que terminaron construyendo nuestra vida.

Todos creemos que nuestra vida empezará después

Giovanni Drogo llega a la Fortaleza Bastiani convencido de que estará ahí poco tiempo.

Solo mientras aparece algo mejor.

Un ascenso.

Un traslado.

Una oportunidad.

Después sí comenzará la vida de verdad.

Es imposible no reconocer algo de nosotros en ese pensamiento.

¿Cuántas veces hemos dicho que empezaremos cuando haya más tiempo?

Cuando terminemos la carrera.

Cuando consigamos ese trabajo.

Cuando los hijos crezcan.

Cuando paguemos la casa.

Cuando encontremos pareja.

Cuando nos jubilemos.

Vivimos instalados en un futuro que siempre parece estar a meses de distancia.

Solo que esos meses tienen la desagradable costumbre de convertirse en años.

Y los años…

En toda una vida.

La fortaleza nunca fue el verdadero enemigo

Mientras leía la novela, esperaba que apareciera un villano.

Que el enemigo fuera el ejército.

La disciplina militar.

La soledad.

El desierto.

Pero, poco a poco, uno entiende que la fortaleza no encierra a nadie.

Drogo podría irse.

Siempre podría irse.

Lo que ocurre es que siempre encuentra una razón para quedarse un poco más.

Y creo que esa es una de las observaciones más inteligentes que he leído sobre la condición humana.

Muchas veces no permanecemos donde estamos porque sea el mejor lugar.

Permanecemos porque ya nos acostumbramos.

Porque cambiar implica incertidumbre.

Porque la comodidad termina pareciéndose demasiado a la libertad.

Hasta que un día descubrimos que llevamos años viviendo una vida que nunca elegimos de manera consciente.

Simplemente…

La fuimos dejando pasar.

Los tártaros son solo una excusa

Durante toda la novela se espera la llegada de los tártaros.

Son casi una obsesión.

Una promesa.

Una posibilidad.

Pero creo que el libro nunca trató realmente sobre ellos.

Los tártaros son solo el nombre que Buzzati le da a esa gran promesa con la que justificamos la espera.

Ese día que justificará todos los sacrificios anteriores.

Ese momento extraordinario que dará sentido a tantos años de espera.

Solo que la realidad casi nunca funciona así.

La mayoría de las personas nunca vivimos una gran batalla.

Vivimos miles de días comunes.

Y esos días comunes son, precisamente, nuestra existencia.

El tiempo es el verdadero protagonista

Si tuviera que elegir al personaje principal de la novela, probablemente no diría Drogo.

Diría el tiempo.

Pocas obras consiguen que el paso de los años resulte tan tangible.

Los compañeros envejecen.

Los superiores cambian.

Las generaciones se sustituyen unas a otras.

Y nadie parece darse cuenta de cuándo ocurrió.

Es exactamente lo mismo que sucede fuera de la literatura.

Uno no siente que envejece.

Simplemente un día descubre que aquellos jóvenes ahora son los adultos.

Que los niños ya tienen hijos.

Que las fotografías muestran un rostro distinto al del espejo.

Y entiende que el tiempo nunca hizo ruido mientras pasaba.

El libro terminó hablándome de otra cosa

Al cerrar la novela pensé que había leído una historia sobre un militar destinado en una fortaleza perdida.

Horas después comprendí que no.

Había leído una historia sobre todos nosotros.

Sobre la facilidad con la que convertimos el futuro en una religión.

Sobre esa costumbre de posponer decisiones importantes porque creemos que todavía falta mucho tiempo.

Y quizá por eso me costó tanto leerla.

No porque fuera lenta.

Sino porque, de alguna manera, me obligaba a mirarme mientras avanzaba.

Cada vez que pensaba en dejar el libro para después, el propio libro parecía preguntarme:

”¿Y no es eso exactamente lo que haces con tantas otras cosas?”

¿Por qué sigue siendo una novela vigente?

No terminé pensando en Giovanni Drogo.

Terminé pensando en mí.

En todos esos proyectos que siguen esperando “el momento adecuado”.

En las llamadas que uno pospone.

En los viajes que siempre se harán el próximo año.

En los libros que compra y deja para después.

En las conversaciones que nunca tiene porque “ya habrá oportunidad”.

Quizá por eso El desierto de los tártaros no es una novela que invite a devorar páginas.

Es una novela que exige paciencia.

Que incomoda.

Que parece detener el tiempo para obligarnos a observar cómo se escapa.

Cerré el libro satisfecho de no haberlo abandonado.

No porque la última página recompensara la espera con una gran revelación.

Sino porque entendí que mi propia resistencia a seguir leyendo había sido parte de la obra.

Durante unos días, yo también viví esperando que “algo pasara”.

Y quizá esa sea la forma más brillante que encontró Dino Buzzati para demostrar que la espera no solo puede leerse…

…también puede vivirse.

Han pasado más de ochenta años desde su publicación y la novela sigue planteando la misma pregunta a cada generación:

¿Cuánto de nuestra vida estamos viviendo hoy y cuánto seguimos dejando para mañana?

No creo que El desierto de los tártaros termine cuando uno cierra el libro.

Creo que termina días después.

Cuando, sin esperarlo, descubres que aquello que más trabajo te costó leer no fue la lentitud de la historia.

Fue el reflejo que encontrabas en ella.

Y entonces entiendes que la gran batalla nunca estuvo en el horizonte.

Nunca fueron los tártaros.

Ni siquiera la fortaleza.

La verdadera batalla siempre fue contra esa silenciosa tentación de creer que la vida comenzará mañana.

Porque el mañana siempre llega.

Lo que no siempre llega…

…es el momento de vivirlo.

Tal vez por eso no creo que El desierto de los tártaros termine cuando uno cierra el libro.

Creo que termina días después.

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