Saltar al contenido

Nunca discutí con Ecuador…

Hace unos días estaba discutiendo con Ecuador.

O, al menos, eso creía.

Después entendí que nunca discutí con Ecuador.

Discutí con unas cuantas publicaciones que un algoritmo decidió poner frente a mí.

Y esa diferencia…

Lo cambia todo.

No era la primera vez que caía.

Semanas antes ya había pasado por lo mismo durante las discusiones alrededor del Mundial. Algunos aseguraban que en México no existía la misma pasión por el fútbol, que nunca debió organizarse aquí y que el ambiente jamás sería comparable al de otros países. Del otro lado aparecieron las respuestas, las burlas y los insultos.

Recuerdo haber pensado que era importante responder.

Explicar.

Corregir.

Poner las cosas en perspectiva.

Después llegó Ecuador.

Y volví a caer exactamente en el mismo juego.

Y ahí estaba yo…

Leyendo…

Pensando…

Respondiendo…

Convencido de que estaba haciendo lo correcto.

Hoy creo que no.

Creía que estaba poniendo las cosas en perspectiva.

En realidad…

Cada respuesta ayudaba a que aquella discusión llegara a más personas.

Sin querer…

Yo también estaba alimentando el algoritmo.

Y el problema de algunos juegos es que uno sólo descubre que estaba participando cuando deja de hacerlo.

El país que imaginé

Durante unos minutos sentí que estaba discutiendo con un país.

No con una persona…

No con una publicación…

No con una cuenta de redes sociales…

Con un país.

Y eso debería parecernos absurdo.

¿De verdad unas cuantas publicaciones representan a casi veinte millones de ecuatorianos?

¿O a cuarenta y siete millones de argentinos?

¿O a más de ciento treinta millones de mexicanos?

La respuesta parece evidente.

Entonces…

¿Por qué seguimos cayendo?

Porque, mientras yo respondía un comentario…

Una familia en Quito estaba desayunando.

Un comerciante en Guayaquil abría su negocio.

Un estudiante en Cuenca iba camino a la universidad.

Millones de ecuatorianos seguían con su vida completamente ajenos a aquella discusión.

Mientras tanto, millones de mexicanos hacían exactamente lo mismo.

Vivían.

La vida real rara vez se parece a internet.

Pero bastan unos minutos dentro de una red social para empezar a sentir que el mundo entero gira alrededor de la discusión del momento.

Que todos están enojados…

Que todos piensan igual…

Que todos han tomado partido…

Y ahí aparece la primera trampa.

No creemos que estamos viendo una parte del mundo.

Creemos que estamos viendo el mundo.

La pregunta, entonces, ya no era qué estaba pasando entre Ecuador y México.

La verdadera pregunta era otra.

¿Por qué un puñado de publicaciones puede hacernos sentir que conocemos un país entero?

¿Por qué resulta tan fácil olvidar a los millones de personas que nunca participaron en esa discusión?

¿Por qué seguimos cayendo en la misma trampa una y otra vez?

Mucho antes de internet…

La respuesta no estaba en Ecuador.

Ni en Argentina.

Ni en las redes sociales.

Estaba mucho más atrás.

Durante cientos de miles de años, nuestro cerebro no tuvo que comprender un planeta entero.

Tuvo que sobrevivir.

Y sobrevivir significaba tomar decisiones rápidas.

Si un ruido entre los arbustos podía ser un depredador, era más seguro reaccionar y descubrir después que sólo era el viento…

Que ignorarlo y no tener una segunda oportunidad.

Equivocarse por exceso de precaución tenía un costo pequeño.

Equivocarse por falta de precaución podía costar la vida.

Con el tiempo, nuestro cerebro se volvió extraordinariamente bueno para encontrar patrones.

Para completar la información que faltaba.

Para distinguir rápidamente quién pertenecía al grupo…

Y quién no.

Para decidir antes de tener todas las respuestas.

Ese cerebro hizo tan bien su trabajo que aquí estamos hoy.

El problema es que el mundo cambió mucho más rápido que él.

Hoy utilizamos el mismo cerebro que ayudó a nuestros antepasados a sobrevivir para intentar comprender un planeta de más de ocho mil millones de personas… mirando una pantalla que cabe en la palma de la mano.

El premio Nobel de Economía y psicólogo Daniel Kahneman dedicó buena parte de su carrera a estudiar esos atajos mentales. No porque el cerebro funcione mal, sino porque buscar caminos rápidos suele ser mucho más eficiente que analizar cada detalle de la realidad.

Uno de esos atajos tiene incluso nombre: sesgo de confirmación.

Cuando creemos algo, prestamos mucha más atención a la información que nos da la razón que a la que la pone en duda.

Y si, además, esa información despierta miedo…

Indignación…

Orgullo…

O la sensación de pertenecer al grupo correcto…

Resulta todavía más difícil ignorarla.

No es casualidad. Diversas investigaciones han mostrado que el contenido que provoca emociones intensas tiene muchas más probabilidades de compartirse y difundirse que aquel que simplemente informa.

Fue entonces cuando entendí algo.

Los algoritmos no inventaron nuestras debilidades…

Simplemente descubrieron cómo aprovecharlas.

Los medios de comunicación.

Los gobiernos.

Los políticos.

Los influencers.

Las marcas.

Todos compiten por lo mismo…

Nuestra atención.

Y saben que un cerebro emocionado comparte más.

Comenta más.

Responde más.

No hace falta convencerlo de una mentira.

Muchas veces basta con mostrarle una verdad incompleta…

Para que él mismo complete el resto.

Y eso fue exactamente lo que hice.

Confundí unas cuantas publicaciones con un país entero.

Sí, ése era el problema…

La solución no podía ser pasar más tiempo mirando la misma pantalla.

Tenía que dejar de pedirle a una pantalla que me enseñara el mundo.

Tenía que volver a conocer el mundo.

Actualizar el mapa

Después de darle muchas vueltas, llegué a una conclusión.

No podemos cambiar el cerebro con el que nacimos.

Pero sí podemos decidir qué mundo le mostramos.

Si nuestro cerebro construye un mapa de la realidad con la información que recibe…

Entonces la calidad de ese mapa dependerá de la calidad y la diversidad de nuestras experiencias.

Un cerebro que sólo escucha una versión de la realidad terminará creyendo que esa versión es la realidad.

Un cerebro que sólo convive con personas que piensan igual…

Que sólo consume el mismo tipo de noticias…

Que sólo sigue a quienes confirman lo que ya cree…

Difícilmente tendrá motivos para corregirse.

Por el contrario, un cerebro que se expone constantemente a nuevas experiencias se ve obligado a actualizar ese mapa una y otra vez.

Quizá por eso viajar nunca me ha parecido sólo cambiar de lugar.

Viajar es permitir que la realidad contradiga nuestros prejuicios.

Es descubrir que un país jamás se parece a sus redes sociales.

Que un gobierno nunca representa por completo a su gente.

Que una noticia casi nunca cuenta la vida cotidiana de millones de personas.

Uno termina conversando con quien imaginaba completamente distinto…

Y descubre que, en el fondo, comparte preocupaciones muy parecidas.

Trabajo, familia, salud, sueños, miedos, esperanzas.

Las diferencias siguen ahí.

Pero dejan de ser lo único que vemos.

Y no hace falta cruzar un océano para que eso ocurra.

También se viaja cuando recorremos un barrio que nunca habíamos visitado.

Cuando entramos a un mercado donde jamás habíamos estado.

Cuando aceptamos una invitación que normalmente rechazaríamos.

Cuando nos detenemos a escuchar antes de responder.

Leer produce un efecto muy parecido.

Cada libro nos permite vivir una vida que nunca hemos vivido.

Pensar con una cabeza que no es la nuestra.

Habitar otra época.

Otra cultura.

Otra religión.

Otra forma de entender el mundo.

A veces, un libro también nos obliga a descubrir que alguien con quien no estamos de acuerdo tiene razones que nunca habíamos considerado.

Y pocas cosas corrigen tanto nuestros prejuicios como comprender aquello que antes sólo juzgábamos.

Sin movernos de una silla, un buen libro puede obligar a nuestro cerebro a corregir el mapa con el que interpreta la realidad.

Lo mismo ocurre cuando escuchamos, con verdadera curiosidad, a alguien que piensa distinto.

No para decidir quién tiene razón.

Sino para entender por qué una persona inteligente, honesta y bien intencionada puede llegar a conclusiones completamente diferentes a las nuestras.

Eso no siempre cambia nuestras ideas.

Pero casi siempre cambia la forma en que miramos a los demás.

Y cada vez que nuestro mapa se vuelve un poco más amplio…

Resulta un poco más difícil que unas cuantas publicaciones nos convenzan de que conocemos un país entero.

O una religión.

O una generación.

O una postura política.

Actualizar el mapa no nos vuelve inmunes a la manipulación.

Pero sí hace más complicado que una pequeña parte de la realidad vuelva a hacerse pasar por el mundo entero.

La próxima vez…

No creo que exista una forma de volvernos inmunes a la manipulación.

Seguiremos sintiendo miedo.

Seguiremos buscando pertenecer.

Seguiremos emocionándonos.

Seguiremos cayendo.

Yo volveré a caer.

Pero espero hacerlo un poco menos.

Aquella discusión con Ecuador terminó.

Como terminaron las de Argentina.

Como terminará la siguiente polémica que, mientras lees estas líneas, probablemente ya está naciendo en algún rincón de internet.

Mañana será otro país.

Otra religión.

Otra elección.

Otra generación.

Otro enemigo perfecto.

Y el algoritmo volverá a hacer exactamente lo mismo.

La diferencia…

Es que la próxima vez quiero recordar algo.

Detrás de cada publicación hay millones de personas que nunca la escribieron.

Detrás de cada tendencia hay una realidad mucho más grande.

Quizá la próxima vez, antes de discutir con un país…

Intentaré conocerlo primero.


Si quieres profundizar más en el tema, te recomiendo

  • The Spread of True and False News Online (Science, 2018)
    Investigación de Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral que demuestra cómo la información falsa puede difundirse más rápido y alcanzar a más personas que la verdadera en redes sociales.
    https://www.science.org/doi/10.1126/science.aap9559 

Deja un comentario