Saltar al contenido

Voy a morir y no sé qué hacer con eso…

Últimamente he pensado sobre mi propia muerte.

Sé que aún no llego a los cincuenta y que para muchos esto puede parecer prematuro, sobre todo sin una enfermedad que me sentencie. Pero es que, en realidad, uno nunca sabe cuándo va a morir.

No hay un diagnóstico detrás de estas palabras. Tampoco una razón para pensar que mi final esté cerca. Hay algo más sencillo, aunque me cueste decirlo: mi muerte también existe. Y no necesita anunciarse para formar parte de mi vida.

Como médico, conozco la diferencia entre una posibilidad y una certeza sobre cuándo ocurrirá algo. Puedo reconocer riesgos, cuidar la salud y hacer planes razonables. Ninguna de esas cosas me concede una cantidad de años que ya pueda considerar mía.

Eso no significa que deba vivir esperando una desgracia. La incertidumbre permite imaginar muchos años por delante. Lo que no permite es darlos por hechos.

Decir que todos vamos a morir resulta relativamente fácil. La frase es tan amplia que puedo pronunciarla sin sentirme aludido. Habla de la humanidad, de una condición compartida, de algo que sé desde hace mucho.

Decir «yo voy a morir» cambia el lugar desde donde pienso. De pronto, el asunto incluye mis palabras sin decir, mis deseos y la costumbre de contar con otra oportunidad.

Lo que sé y lo que hago

En mi brazo derecho llevo tatuada una calavera dorada. Tiene que ver con mi mortalidad, con lo que ha cambiado en mí y con el cuidado de aquello que considero valioso conservar.

No necesito explicar otra vez sus símbolos. Me interesa una incomodidad que el tatuaje no resuelve: puedo llevarlo en la piel y seguir tomando decisiones como si el tiempo fuera inagotable.

Una imagen permanece. La atención se distrae. También me distraigo de lo que digo creer.

Tal vez espero demasiado de ese recordatorio. La calavera puede hacerme volver a una pregunta, pero no responderla por mí. Reconocer que voy a morir no me dice cuándo insistir, qué necesito cambiar o cómo aceptar lo que no puedo resolver. Eso tengo que ir decidiéndolo mientras vivo, con dudas que el tatuaje tampoco puede quitarme.

Mi experiencia como médico, particularmente con adultos mayores, me ha acercado a distintas maneras de mirar el final. He escuchado miedo, nostalgia y serenidad. Esa cercanía ha modificado mi manera de pensar, pero sería excesivo presentarla como una preparación suficiente para mi propia muerte.

Puedo comprender algo de la fragilidad ajena y seguir protegiéndome de reconocer la mía. La profesión me permite atender; no me coloca fuera de aquello que atiendo.

Por eso me interesa Morrie Schwartz, el profesor de Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom. Su enfermedad vuelve concreta una pregunta que suelo mantener a distancia: ¿qué merece seguir ocupando mi vida cuando ya no puedo suponer que habrá tiempo para todo?

Morrie recibió un diagnóstico de esclerosis lateral amiotrófica. Mi situación es distinta. No quiero borrar esa diferencia ni apropiarme de la claridad que Albom relata. Su historia me sirve para pensar, desde donde estoy, en asuntos que no necesitan esperar una enfermedad para volverse importantes.

Mientras alguien pueda escucharlo

Hay un episodio del libro que concentra esa inquietud. Morrie reúne a personas cercanas para celebrar una especie de funeral en vida. Puede escuchar el afecto que otros expresan y responder mientras todavía está ahí.

La escena me hace pensar en nuestra facilidad para hablar bien de alguien cuando ya no puede oírnos.

Mientras vive, parece haber tiempo. El agradecimiento puede esperar una ocasión especial. La admiración nos avergüenza. El cariño queda sobreentendido. Una disculpa se demora porque reconocer el daño amenaza la imagen que tenemos de nosotros mismos.

A veces callamos por miedo al rechazo. Otras, por orgullo. También porque imaginamos una conversación futura donde las palabras saldrán mejor y el otro estará dispuesto a recibirlas.

Esa conversación puede ocurrir. También puede quedarse para siempre en nuestra imaginación.

Me pregunto cuántas veces confiamos demasiado en que los demás saben lo que significan para nosotros. Tal vez lo saben. Aun así, escucharlo tiene un valor que no siempre puede sustituirse con suposiciones.

Quiero poder expresar cariño, agradecimiento y admiración. También dolor, cuando haga falta, y una disculpa cuando corresponda. Para hacerlo necesito aceptar algo que vuelve más difícil la sinceridad: no puedo decidir lo que sucederá después.

Decir lo que siento no me da derecho a exigir reciprocidad. Pedir perdón no obliga a concederlo. Mi necesidad de hablar tampoco convierte al otro en alguien disponible en cualquier momento.

Hay palabras que requieren oportunidad, consentimiento para la conversación y cuidado en la manera de decirlas. Pueden ser honestas y, aun así, llegar como una carga.

La muerte no debería servirme de argumento para presionar a nadie. Que mi tiempo sea limitado no reduce la libertad ajena.

Quizá lo más difícil de expresarme sea eso: ofrecer algo verdadero y admitir que no controlo su recepción. Poder decirlo sin esconder una deuda dentro de la frase.

Pero para cuidar la manera en que mis palabras llegan a alguien, necesito escucharlo también. En el texto de Arnoldo Kraus que recogí en el blog como «El lenguaje de los moribundos», esa escucha incluye lo que una persona expresa cuando hablar se vuelve difícil: un gesto, una mano que busca otra, la necesidad de cercanía. Eso me hace pensar que decir lo que siento requiere prestar atención a quien tengo enfrente. Si sólo me importa sacar lo que llevo dentro, puedo pasar por alto su cansancio, su silencio o su necesidad de que, por un momento, sea yo quien escuche.

Los deseos que caben

Pensar en mi muerte también me hace preguntar qué lugar concedo a lo que deseo.

Es fácil reservarlo para cuando el trabajo disminuya, las preocupaciones se acomoden o aparezca una seguridad que vuelva razonable empezar. Algunas esperas tienen motivos sólidos. Otras se prolongan porque comenzar me expone a descubrir mis capacidades reales.

Mientras algo permanece en proyecto, todavía puede salir perfecto.

No quiero convertir esta reflexión en una invitación a hacerlo todo de inmediato. Tengo responsabilidades, recursos limitados y un cuerpo al que también debo escuchar. Pero quisiera distinguir mejor cuándo una condición es necesaria y cuándo se ha vuelto una manera de aplazar.

A veces existe un comienzo pequeño: escribir unas páginas, aprender algo sin convertirlo en una profesión, cuidar una relación, reservar tiempo para una actividad que no produzca nada vendible.

También puede haber un deseo de descansar. De compartir una comida sin prisa. De sostener una vida cotidiana que no necesite acontecimientos extraordinarios para resultar habitable.

Me preocupa que, al hablar de vivir, acabemos describiendo un catálogo de experiencias costosas o logros visibles. Como si una existencia tuviera que demostrar su valor con fotografías, distancias recorridas o proyectos terminados.

Quiero que mis sueños tengan espacio, pero también revisar cuánto hay en ellos de deseo propio y cuánto de necesidad de parecer alguien que vive plenamente.

Morrie continúa interesado en conversar y enseñar mientras pierde capacidades. Eso me permite pensar en deseos que cambian de escala sin volverse insignificantes. Su historia tampoco borra lo perdido: conservar vínculos y propósitos no le devuelve el movimiento de su cuerpo.

Hay cosas que pueden reformularse. Otras se terminan. Me gustaría poder reconocer ambas sin obligarme a llamar oportunidad a cada pérdida.

Lo que no puedo vencer

Aceptar los límites tiene un peso menos atractivo que invitar a perseguir sueños.

Nos gusta la perseverancia porque permite imaginar que el resultado depende de cuánto insistamos. Sin embargo, hay dificultades que admiten trabajo y realidades que no van a modificarse con más esfuerzo.

El problema es distinguirlas cuando estoy dentro de ellas.

Puedo abandonar algo que todavía era posible por cansancio o miedo. También puedo lastimarme intentando conservar un proyecto cuya forma dejó de ser viable. No siempre hay una señal clara que separe la constancia de la obstinación.

El tiempo, el cuerpo, los recursos y las circunstancias cuentan. La voluntad de los demás también. Ninguna intensidad de mi deseo convierte una relación en una obligación para otra persona.

Reformular un sueño puede ser doloroso. Abandonarlo también. No necesito fingir que ambas cosas se sienten bien para reconocer que pueden ser decisiones responsables.

Y si algo no ocurre, quisiera no convertir esa ausencia en el juicio definitivo sobre mi vida. Habrá posibilidades que no supe aprovechar y otras que nunca estuvieron a mi alcance. No realizar todo lo imaginado no vuelve fallido lo que sí pude vivir.

En Morrie hay otra dificultad que me importa: aceptar ayuda. Albom relata su resistencia y la vergüenza inicial ante una dependencia cada vez mayor; también cuenta cómo llegó a encontrar afecto en los cuidados que recibía.

No quisiera convertir su respuesta en una exigencia para otros. Necesitar ayuda puede sentirse de maneras muy distintas. Me basta con la pregunta que abre: ¿por qué me resultaría tan difícil seguir reconociendo mi valor si ya no pudiera hacer ciertas cosas solo?

Como médico he trabajado desde el lugar de quien ofrece atención. Pensarme del lado de quien la necesita modifica la perspectiva. Puedo entender que recibir cuidados no disminuye a nadie y, aun así, no saber cómo viviría yo esa dependencia.

En «El médico y la Muerte» recurrí a La peste, de Camus, para pensar en el doctor Rieux y sus victorias provisionales. Saber que no puede eliminar la muerte no le impide atender el sufrimiento.

Esa tensión sigue teniendo sentido para mí. Aceptar que moriré puede convivir con cuidar mi salud, buscar tratamiento y pedir alivio. No tengo que elegir entre reconocer el límite y hacer lo posible dentro de él.

También me cuesta esa manera de hablar del sufrimiento como si siempre tuviera algo que enseñarnos. Es posible comprender algo de nosotros después de una experiencia dolorosa, pero eso no significa que necesitáramos pasar por ella. Y hay dolores de los que no obtenemos ninguna enseñanza: apenas conseguimos atravesarlos. Quisiera poder reconocerlos sin sentir que todavía les debo una explicación que los vuelva aceptables.

Esto también toca mis límites como médico y como persona. No siempre podré aliviar el dolor, ni el ajeno ni el mío, y me cuesta admitirlo. Encontrarle un propósito puede hacer más soportable esa impotencia, pero también puede llevarme a dar una explicación donde hace falta cuidado. Quisiera poder acompañar y dejarme acompañar incluso cuando no hay respuestas, sin exigirnos que, además de sufrir, tengamos que salir de ahí más sabios o mejores.

Una tarde sin justificar

Todo esto podría convertirse fácilmente en otra lista de obligaciones.

Ahora, además de trabajar, cuidar, resolver y cumplir, tendría que recordar que voy a morir y aprovechar de manera impecable cada minuto. Hasta el descanso necesitaría demostrar su utilidad.

No quiero hacerle eso al tiempo que tengo.

Si una tarde tranquila acaba convertida en motivo de culpa porque pude haber escrito, aprendido o visitado algún lugar, la conciencia de la muerte habrá añadido una vigilancia más.

Quisiera poder estar en una conversación sin preguntarme si será memorable. Leer sin terminar el libro. Descansar sin justificarlo mediante la productividad que vendrá después.

Eso también requiere renunciar: aceptar que mientras hago una cosa quedan muchas sin hacer, incluso algunas que importan.

En Martes con mi viejo profesor, la continuidad de los encuentros me interesa tanto como las ideas que se dicen. Hay tiempo dedicado a estar con alguien. Al volver la atención hacia mi vida, me pregunto cuánto espacio dejo para esa presencia cuando no promete un resultado.

Morrie no puede responder por mí. Tampoco quisiera usarlo como medida de serenidad. Su manera de afrontar una enfermedad pertenece a su historia; no establece cómo debería sentirme yo ni cómo tendría que morir nadie.

Quizá por eso mi calavera dorada necesita seguir siendo una pregunta. Quiero que me recuerde lo que vale la pena cuidar, sin convertir cada distracción en una falta ni cada día difícil en una oportunidad desperdiciada.

Empecé estas líneas pensando en que mi muerte puede llegar sin avisarme. Después de escribirlas, esa incertidumbre sigue ahí. No he encontrado una manera de volverla cómoda.

Lo que cambia es la atención que me pide ahora: hacia las palabras que puedo ofrecer con cuidado, los deseos que aún tienen lugar y los límites que también forman parte de mi vida.

Seguiré haciendo planes. Algunos supondrán años que no tengo garantizados. No veo cómo vivir sin esa confianza, aunque tampoco quiera volver a confundirla con una certeza.

Y entre esa confianza y ese límite, ¿cómo quiero vivir el día de hoy, sin dejarlo siempre para después ni exigirle que contenga toda mi vida?

Deja un comentario