Imaginemos a dos hermanos recordando una comida de hace veinte años. Uno está seguro de que su padre hizo un comentario antes de levantarse de la mesa. El otro recuerda que lo dijo al llegar, cuando todavía no habían servido. Coinciden en la casa, en los invitados y en el comentario. Incluso pueden repetir las mismas palabras. Pero la secuencia es distinta.
La conversación comienza como una anécdota y termina como una disputa. Cada uno siente que está defendiendo algo que vio, no una opinión. Ninguno pretende mentir. Los dos pueden estar equivocados en una parte; alguno podría tener razón. Su convencimiento, por sí solo, no permite decidirlo.
Me interesa esa seguridad con la que tratamos los recuerdos como si siguieran ocurriendo delante de nosotros. Decimos «lo recuerdo perfectamente» y sentimos que acabamos de presentar una prueba. Sin embargo, esa frase describe sobre todo nuestra experiencia de recordar. Todavía falta saber cuánto coincide con lo sucedido.
Lo que ponemos al recordar
En 1932, Frederic Bartlett publicó Remembering. Entre sus investigaciones estaba la reproducción de un relato indígena norteamericano, conocido como La guerra de los fantasmas, que resultaba extraño para sus participantes británicos. Al volver a contarlo aparecían omisiones y transformaciones: el relato tendía a acomodarse a formas de entender más familiares.
Bartlett propuso que recordar dependía de esquemas: organizaciones de conocimientos y experiencias previas que ayudan a interpretar información. Si alguien dice «fuimos a un restaurante», entendemos muchas cosas que no ha explicado. Suponemos mesas, comida, algún modo de pedir y de pagar. Ese conocimiento permite comprender una escena sin comenzar de cero.
Pero lo habitual también puede confundirse con lo particular. Al reconstruir aquella cena, podríamos incorporar algo propio de los restaurantes aunque no hubiera ocurrido en ése. El esquema ayuda a organizar el recuerdo y puede introducir expectativas en él. La propuesta de Bartlett abrió una línea de investigación; no constituye, por sí sola, una explicación completa de todos los errores de memoria.
Los trabajos posteriores distinguen varios momentos. Durante la codificación, cuando una experiencia deja información en la memoria, los conocimientos previos ayudan a organizarla e influyen en qué atendemos. Durante la recuperación, orientan la búsqueda y las inferencias con las que reconstruimos lo ocurrido. William Brewer y James Treyens estudiaron en 1981 cómo el conocimiento de lo que suele haber en una oficina intervenía en el recuerdo de una habitación.
Conviene separar esto de la percepción. Interpretar lo que tenemos delante y recordar después lo que vimos son procesos relacionados, pero diferentes. Un detalle puede faltar porque nunca le prestamos atención, porque se olvidó o porque lo confundimos al recuperarlo. Que el resultado sea una versión incompleta no nos dice todavía en qué momento apareció el error.
Recordar es reconstructivo porque recuperamos información conservada y la organizamos con otras aportaciones. No porque cada recuerdo sea inventado. Podemos conservar correctamente mucho de una experiencia y equivocarnos en una frase, un orden o una atribución.
Una palabra que llega después
Elizabeth Loftus y John Palmer mostraron en 1974 que la manera de preguntar podía influir en los informes sobre un accidente. Después de ver películas de colisiones, los participantes estimaron velocidades mayores cuando la pregunta empleaba un verbo equivalente a «estrellarse» que cuando utilizaba otro equivalente a «golpearse».
Aquello admitía una explicación prudente: quizá la palabra había cambiado la estimación sin alterar el recuerdo. Por eso importa el segundo experimento. Una semana después, más participantes del grupo que recibió el verbo más intenso afirmaron haber visto cristales rotos. En la película no los había.
Una estimación de velocidad y el recuerdo de un objeto inexistente no son el mismo resultado. Tampoco equivalen a recordar un accidente que nunca se vivió. La distinción parece pequeña, pero evita convertir un hallazgo específico en una afirmación desmesurada sobre nuestra vida entera.
El efecto de desinformación aparece cuando información posterior engañosa influye en el recuerdo o en el informe de un acontecimiento. No exige una campaña deliberada. Puede introducirse en una pregunta que presupone un detalle o en la versión de otra persona.
Una de las explicaciones relevantes es el error de atribución de la fuente. Podemos conservar cierta información y equivocarnos acerca de dónde proviene: de lo que vimos, de lo que alguien contó o de una inferencia propia. El marco de Marcia Johnson, Shahin Hashtroudi y Stephen Lindsay describe cómo hacemos esas atribuciones a partir de características del recuerdo y procesos de evaluación. No siempre acertamos.
Eso tampoco significa que la información original haya sido borrada necesariamente. Un informe erróneo puede surgir de confusiones entre fuentes o de cómo se plantea la prueba. No existe una sola explicación que deba aplicarse a todos los casos.
Los falsos recuerdos también pueden aparecer sin una sugerencia externa explícita. En 1995, Henry Roediger y Kathleen McDermott retomaron un procedimiento de James Deese: presentar listas de palabras relacionadas con una palabra ausente. Al escuchar términos asociados con dormir, algunos participantes recordaban después que también había aparecido la palabra sueño, aunque no se les hubiera presentado.
El paradigma Deese–Roediger–McDermott permite estudiar ese error de forma controlada. Entre las explicaciones están la activación de asociaciones y la conservación del significado general con pérdida de detalles específicos. Lo que encaja con el conjunto puede sentirse como algo efectivamente escuchado.
La persona intenta recordar y se equivoca. Mentir supone presentar deliberadamente como verdadero algo que se considera falso. Son situaciones distintas, aunque desde fuera puedan producir una frase igualmente incorrecta.
Pero una lista de palabras no es una infancia. Loftus y Jacqueline Pickrell investigaron también la sugerencia de un episodio autobiográfico: haberse perdido de niño en un centro comercial. Algunas personas llegaron a informar recuerdos parciales o completos del episodio introducido por los investigadores.
Estos estudios requieren atender al procedimiento, la plausibilidad de la historia y los criterios para clasificar las respuestas. Creer que algo ocurrió, imaginarlo y experimentar un recuerdo no son equivalentes. Demuestran posibilidades bajo ciertas condiciones; no autorizan a declarar falso cualquier recuerdo complejo que resulte incómodo.
Recordar no siempre es reescribir
Podría parecer que un recuerdo, una vez establecido, sólo tiene dos destinos: conservarse o irse olvidando. La investigación sobre reconsolidación introdujo una tercera posibilidad: que, en determinadas condiciones, al reactivarse vuelva temporalmente a un estado en el que puede ser modificado.
Para entenderlo conviene comenzar antes. Después de aprender algo, el cerebro desarrolla procesos que ayudan a estabilizar ese aprendizaje. A eso se le llama consolidación. Pero esa estabilidad no siempre es definitiva. Si un recuerdo se reactiva y se vuelve inestable, necesita procesos que lo estabilicen nuevamente. Esa segunda estabilización recibe el nombre de reconsolidación.
Lo importante es que volver a estabilizar un recuerdo no significa necesariamente cambiar su contenido. La reconsolidación puede permitir que un aprendizaje se conserve o se actualice; no equivale, por definición, a producir un recuerdo falso.
En 2000, Karim Nader, Glenn Schafe y Joseph LeDoux estudiaron este proceso en ratas. Primero les enseñaron a asociar un sonido con una descarga. Después, cuando ese aprendizaje ya estaba establecido, volvieron a presentarles el sonido para reactivarlo.
La intervención decisiva vino entonces: administraron en la amígdala una sustancia que bloqueaba la producción de proteínas necesarias para ciertos procesos de memoria. En pruebas posteriores, las ratas mostraron una menor respuesta de miedo al sonido. El mismo tratamiento no producía ese efecto si el recuerdo no se había reactivado o si se administraba seis horas después.
¿Por qué importaba? Porque el aprendizaje ya estaba consolidado antes de la intervención. Los resultados indicaban que, al reactivarse, había atravesado un periodo de vulnerabilidad y requerido nuevamente procesos biológicos para mantenerse. No bastaba con haberlo estabilizado una primera vez.
En humanos también se han encontrado resultados compatibles con la reconsolidación. Almut Hupbach y sus colaboradores observaron que, después de un recordatorio de una lista de objetos aprendida previamente, las personas podían incorporar elementos de una segunda lista al recordar la primera. Bajo aquel procedimiento, información nueva terminaba mezclándose con el aprendizaje anterior.
Sin embargo, observar un cambio en lo que alguien recuerda no demuestra por sí solo qué mecanismo biológico lo produjo. En humanos existen resultados inconsistentes y explicaciones alternativas. Se sigue investigando cuándo una reactivación vuelve inestable un recuerdo y cuándo permite recuperarlo sin que eso ocurra.
Por eso sería excesivo afirmar que cada vez que recordamos reescribimos el pasado. La posibilidad de modificar un recuerdo depende de condiciones específicas; no significa que cualquier recuerdo pueda cambiarse a voluntad.
También conviene distinguir entre modificar lo que recordamos y cambiar nuestra interpretación. Puedo conservar la misma escena y comprenderla de otra manera porque ahora conozco sus consecuencias o entiendo mejor a quienes participaron. En ese caso puede haber cambiado mi juicio sobre el pasado, sin que hayan cambiado los detalles que recuerdo.
La nitidez tampoco es una prueba
Queda una objeción muy humana: hay recuerdos que sentimos demasiado claros para estar equivocados. Sabemos dónde estábamos, quién nos habló, cómo entraba la luz. La emoción parece conservarlos con una fuerza especial.
Las llamadas flashbulb memories, o memorias de destello, suelen referirse a las circunstancias en que nos enteramos de una noticia impactante. En un estudio publicado en 2003, Jennifer Talarico y David Rubin compararon recuerdos de cómo estudiantes habían conocido los atentados del 11 de septiembre con recuerdos de acontecimientos cotidianos recientes.
Las versiones de ambos tipos perdieron consistencia con el tiempo. Sin embargo, la vividez y la confianza se mantuvieron mejor para la noticia impactante. Los participantes seguían sintiendo que recordaban con precisión aunque su relato hubiera cambiado.
Hay un límite importante: comparar versiones posteriores con un primer relato mide consistencia, no verifica de manera independiente cada detalle original. Aun así, el estudio muestra que la confianza y la estabilidad del informe pueden separarse.
La emoción no vuelve inútil un recuerdo. Tampoco certifica todos sus componentes. Puedo estar seguro de que una noticia me afectó profundamente y tener menos fundamento para asegurar quién estaba sentado junto a mí cuando la escuché.
No quisiera sustituir la confianza espontánea por una sospecha permanente. Una memoria falible sigue permitiéndonos reconocer personas, aprender y orientarnos. El problema aparece cuando pedimos a la sensación de nitidez que resuelva cuestiones que requieren comprobación.
La historia con la que seguimos viviendo
La pregunta se vuelve más difícil cuando dejamos de discutir una mesa o unos cristales y empezamos a decir quiénes somos.
Martin Conway y Christopher Pleydell-Pearce propusieron en 2000 un modelo que relaciona los recuerdos autobiográficos con conocimientos sobre la propia vida y con las metas del yo actual. Recordar un episodio supone situarlo dentro de periodos, experiencias generales y detalles particulares. Nuestra búsqueda del pasado también está orientada por lo que importa en el presente.
Robyn Fivush ha estudiado, además, cómo la memoria autobiográfica se desarrolla en conversaciones y contextos culturales. Aprendemos a contar lo vivido junto a otras personas: qué merece explicación, cómo se relaciona una emoción con un acontecimiento, de qué manera una experiencia se integra en una historia personal. Esa dimensión compartida puede enriquecer los recuerdos; también hace relevante preguntar de dónde procede cada detalle.
La continuidad no exige recuperar cada día de nuestra vida. Incluye saber dónde crecimos, reconocer vínculos y conectar algunas experiencias con quien somos ahora. La memoria participa en esa continuidad, pero nuestra identidad también se expresa en el cuerpo, las relaciones, los compromisos y las acciones presentes.
Ya he escrito sobre la posibilidad de llegar tarde a nosotros mismos. Aquí me interesa una dificultad anterior a cualquier reinvención: la persona que mira hacia atrás tampoco dispone de una descripción definitiva de quien fue.
Podemos convertir ciertos episodios en pruebas de carácter. «Siempre he sido así», decimos, y reunimos escenas que parecen demostrarlo. Mi cautela empieza en ese siempre. Un conjunto de recuerdos puede ser verdadero y, aun así, insuficiente para explicar una vida. También puede contener errores. Ninguna de esas posibilidades elimina lo ocurrido; obliga a revisar el alcance de la conclusión.
No todo desacuerdo sobre el pasado se resuelve diciendo que cada quien tiene su verdad. Hay hechos comprobables, documentos y testimonios que pueden contrastarse. Una conversación no ocurrió antes y después de la comida sólo porque dos personas lo aseguren. Reconocer la falibilidad tampoco debería convertirse en una herramienta para desautorizar automáticamente la experiencia de alguien.
Lo sucedido, lo recordado y su significado se relacionan sin ser idénticos. Podemos corregir un detalle sin perder el vínculo que una escena representa. Podemos descubrir que una interpretación era injusta aunque el episodio se conserve. Y podemos seguir sin saber exactamente qué pasó.
Los hermanos de aquella mesa imaginaria quizá encuentren una fotografía que aclare quién estaba presente. Tal vez nadie pueda resolver cuándo se dijo el comentario. Su padre existió, la comida ocurrió y hubo una conversación; lo incierto no ocupa necesariamente toda la escena.
Quisiera conservar esa proporción al escribir sobre mi propia vida. Necesito recuerdos para reconocerme y palabras para contarlos. Algunos detalles podrán corregirse; otros seguirán fuera de mi alcance. Mientras tanto, seguiré diciendo «yo estuve ahí», sabiendo que haber estado no me permite regresar a cada cosa que ocurrió.

