Deshacer una maleta tiene algo de inventario.
La ropa sucia va hacia un lado. Los regalos esperan a que recordemos para quién era cada uno. Aparecen monedas que probablemente no volveremos a utilizar, recibos que conservamos sin saber por qué, algún boleto que perdió toda utilidad en cuanto terminó el trayecto y pequeños objetos que parecían más interesantes cuando estaban a miles de kilómetros de casa.
Después viene lo demás.
Lavamos la ropa. Repartimos los regalos. Guardamos algunas cosas y tiramos otras. Las fotografías pasan de las tarjetas de memoria al disco duro. La maleta vuelve a su sitio.
En unas horas podemos ordenar materialmente un viaje de un mes.
Lo extraño es que el viaje no siempre acepta el mismo orden.
La versión que aprendemos a contar
Desde que regresé de Marruecos y Andalucía me han hecho varias veces una pregunta inevitable:
—¿Cómo estuvo?
La pregunta es sencilla. El problema es el tamaño de la respuesta.
Podría decir que extraordinario. Cansado. Fascinante. Podría hablar del Sahara, de la Alhambra, de la Mezquita-Catedral de Córdoba o de alguna carretera entre pueblos blancos. Podría elegir una anécdota divertida, enseñar veinte fotografías y conseguir que un mes entero cupiera dentro de una conversación de diez minutos.
No estaría mintiendo.
Pero estaría seleccionando.
Supongo que no existe otra manera de contar un viaje. Nadie quiere escuchar una relación minuciosa de desayunos, lavanderías, estacionamientos, carreteras equivocadas, esperas, caminatas sin importancia y horas en las que no ocurrió nada digno de convertirse en anécdota.
Así que hacemos algo inevitable: editamos.
Elegimos los momentos que funcionan mejor. Encontramos un ritmo. Eliminamos los desvíos. Algunas escenas empiezan a ocupar más espacio porque las contamos muchas veces. Otras, que quizá fueron importantes mientras ocurrían, desaparecen porque nunca encontramos dónde colocarlas.
Poco a poco dejamos de contar el viaje como sucedió y comenzamos a contar el viaje como aprendimos a recordarlo.
Eso no significa que los recuerdos sean falsos.
La investigación sobre memoria autobiográfica lleva tiempo mostrando algo bastante más interesante: recordar no consiste simplemente en recuperar intacta una grabación. Reconstruimos desde el presente. Lo que ocurrió sigue ahí, pero también intervienen aquello que sentimos ahora, las fotografías que hemos visto, las historias que repetimos y el significado que los acontecimientos adquirieron después.
Quizá por eso una bitácora escrita durante el camino puede resultar tan extraña cuando la releemos al regresar.
Quien escribió aquellas páginas era yo.
Pero todavía no sabía cómo terminaría la historia.
Cuando empezó el regreso
Dos días antes de volver a México salí a caminar por Toledo.
Había recorrido la ciudad con la cámara durante el día, pero aquella tarde decidí dejarla en el hotel. No ocurrió nada extraordinario. Caminé. Pensé. Empezó a aparecer esa mezcla incómoda de quien todavía no quiere despedirse y, al mismo tiempo, comienza a necesitar su casa.
Al día siguiente conduje hasta Madrid, devolví el coche y pasé unas horas con parte de mi familia. Ya no hubo monumentos ni una nueva ciudad que intentar comprender. En la bitácora escribí algo que entonces parecía apenas una descripción del día: por primera vez no sentía que estuviera comenzando a conocer otro lugar.
Sentía que estaba regresando.
Ahora me interesa esa frase porque el avión todavía no había salido.
Quizá regresar empieza antes de llegar.
Durante semanas, la pregunta había sido qué encontraría al día siguiente. Otra ciudad. Otro edificio. Otra carretera. Otra comida. De pronto ya no había un lugar nuevo esperando. La dirección de la mirada había cambiado.
Casa volvía a estar delante.
En aquel momento interpreté esa sensación como parte del final del viaje. Ahora, unos días después, empiezo a sospechar que también era el principio de otra cosa.
Porque volver no consiste únicamente en recorrer la distancia contraria.
Lo que conservamos y lo que nos conserva
Podemos conservar miles de fotografías de un viaje sin volver a abrir muchas de ellas.
Podemos colocar un objeto sobre una repisa hasta que deje de recordarnos dónde lo compramos y se convierta simplemente en parte de la casa.
Podemos repetir una historia tantas veces que terminemos recordando mejor su versión narrada que el desorden con el que realmente ocurrió.
Nada de eso vuelve inútiles los recuerdos.
Pero quizá existe una diferencia entre aquello que conservamos del viaje y aquello que el viaje consigue conservar dentro de nuestra manera de mirar.
Lo segundo es mucho más difícil de reconocer.
Puede aparecer semanas después, al caminar por una calle conocida y descubrir algo que antes nos parecía normal. En una conversación en la que una palabra que utilizábamos con demasiada facilidad ya no resulta suficiente. En una comida. En una incomodidad. En la forma de recibir a alguien que no entiende nuestros códigos. Incluso en una pregunta que antes del viaje no habríamos sabido formular.
No necesitamos regresar convertidos en otra persona.
De hecho, empiezo a desconfiar un poco de esa necesidad.
Nos gusta decir que un viaje nos cambió.
La frase le concede importancia a lo vivido y, de paso, vuelve un poco más interesante a quien lo cuenta. Parece una conclusión apropiada después de cruzar fronteras, dormir en lugares desconocidos y llenar tarjetas de memoria.
Pero quizá la decimos demasiado pronto.
Unos días después de regresar todavía estamos cerca de la emoción. Comparamos. Extrañamos. Enseñamos fotografías. Intentamos conservar ciertas costumbres. Durante un tiempo parece evidente que algo cambió.
Después vuelve el lunes.
Y eso no es una tragedia.
Regresan el trabajo, los horarios, las conversaciones pendientes, los mismos trayectos y las pequeñas obligaciones que no tuvieron la cortesía de transformarse mientras estábamos lejos.
Tal vez sea precisamente entonces cuando comienza la prueba más interesante.
No qué sentimos al regresar.
Qué sobrevivió después.
También podemos traer cosas equivocadas
Hay una tentación todavía más incómoda.
Podemos volver de un lugar con nuevas maneras de simplificarlo.
Diez días en Marruecos no me convirtieron en alguien que comprende Marruecos. Un mes recorriendo parte de España tampoco me concede una explicación sobre España. Ya he escrito sobre lo fácil que resulta seleccionar una fotografía, una conversación o una escena y permitir que represente mucho más de lo que realmente vimos.
Pero el problema no termina cuando guardamos la cámara.
También traemos comparaciones.
Esto funciona mejor allá.
Aquí somos más cercanos.
Ellos viven de otra manera.
Nosotros hemos perdido esto.
Allá todavía conservan aquello.
Algunas comparaciones pueden revelar algo. Otras sólo convierten una impresión breve en una teoría demasiado grande.
Incluso la nostalgia puede empezar a editar.
El calor deja de ser tan insoportable. El cansancio pierde algunas horas. Las carreteras equivocadas se vuelven divertidas. Un inconveniente termina convertido en anécdota porque ya conocemos el final y sabemos que todo salió bien.
No creo que debamos desconfiar de cada recuerdo agradable.
Pero tampoco quiero confundir la versión que me gusta contar con una especie de verdad definitiva sobre lo vivido.
La maleta invisible no vuelve llena únicamente de aprendizajes.
También puede traer prejuicios renovados, idealizaciones, comparaciones injustas y una versión bastante favorecedora de nosotros mismos.
Quizá por eso la pregunta intermedia que más me interesa no sea si un viaje nos cambia.
Es otra:
¿qué parte del viaje seguimos llevando y qué parte aprendimos solamente a contar?
Lo que aparece tarde
Mientras viajaba, muchas cosas parecían importantes porque estaban delante de mí.
Una fachada. Una explicación del guía. Una comida. Una conversación. Una luz que duraba unos segundos y había que fotografiar antes de que desapareciera.
Ahora esas urgencias han perdido su jerarquía.
Y algunas escenas pequeñas empiezan a crecer.
Pienso, por ejemplo, en aquella caminata por Toledo sin cámara.
Durante el viaje no la habría colocado entre sus grandes momentos. No ocurrió nada que justificara haber recorrido miles de kilómetros. No descubrí una verdad escondida en una calle española. Ni siquiera tengo fotografías de aquella tarde que puedan ayudarme a reconstruirla.
Sin embargo, es una de las escenas que han regresado conmigo.
Tal vez porque durante aquellas semanas mirar estuvo muchas veces asociado a buscar algo: un edificio, una historia, una fotografía, una dirección. Aquella tarde simplemente caminé.
No quiero convertir ahora ese paseo en una revelación que no tuvo.
Eso sería otra manera de editar el pasado.
Puede que dentro de seis meses apenas lo recuerde.
Pero hoy me sirve para reconocer algo que no había pensado mientras preparaba el viaje: algunas experiencias sólo empiezan a mostrar qué significaban cuando dejan de competir con todo lo que está ocurriendo alrededor.
Necesitan regresar con nosotros y encontrarse otra vez con nuestra vida.
No para revelarnos necesariamente una enseñanza.
A veces sólo para incomodarla un poco.
La vida a la que volvemos
Existe una forma fácil de hablar de los viajes que siempre me ha producido cierta desconfianza.
Consiste en colocar de un lado la aventura y del otro la rutina. Lejos está lo extraordinario. Aquí, lo cotidiano. Entonces viajar parece una interrupción luminosa de la vida verdadera y regresar, una especie de derrota inevitable.
No lo siento así.
La vida cotidiana no es aquello de lo que escapamos para poder vivir.
Es precisamente el lugar donde podremos descubrir si algo de lo vivido lejos tuvo alguna consecuencia.
Si después de observar otra manera de ocupar una calle miramos de forma distinta las nuestras.
Si haber sido durante unas horas la persona que no entendía modifica nuestra paciencia con quien llega a nuestro mundo sin conocer sus reglas.
Si una costumbre que creíamos inevitable deja de parecernos tan natural.
Si alguna comparación se vuelve pregunta en lugar de sentencia.
O si no ocurre nada.
También existe esa posibilidad.
Un viaje no tiene la obligación de justificarse convirtiéndonos en mejores personas.
Podemos haber disfrutado, descansado, aprendido historia, comido extraordinariamente, tomado fotografías que nos gustan y regresado casi exactamente a nuestras costumbres anteriores.
No sería un fracaso.
Viajar tampoco es una virtud.
Una conversación puede alterar una vida. Un libro puede hacerlo. Una enfermedad, una pérdida, una mudanza o una caminata por nuestra propia ciudad pueden mover certezas que sobrevivieron intactas a varios pasaportes.
La distancia no concede profundidad.
Sólo cambia el lugar desde donde miramos.
Lo que ocurra con esa mirada después depende de algo mucho menos espectacular.
De cómo volvemos a utilizarla.
Después de deshacer la maleta
Mi maleta ya puede vaciarse.
Las fotografías quedarán ordenadas. Algunos objetos encontrarán un sitio. Otros terminarán olvidados en un cajón. Las anécdotas irán adquiriendo una forma cada vez más estable a medida que las repita.
Todo eso pertenece al viaje.
Pero comienzo a pensar que su parte más difícil de reconocer aparecerá después.
Quizá dentro de unos meses una calle de Aguascalientes me recuerde algo que no supe mirar hasta caminar por otra ciudad.
Quizá una conversación me devuelva una pregunta nacida en Marruecos.
Quizá descubra que una idea que creí importante desapareció en cuanto recuperé mis costumbres.
O que algo aparentemente insignificante siguió trabajando sin que yo lo notara.
Tal vez ésa sea otra tentación del regreso: exigir demasiado pronto una conclusión.
Decir qué aprendimos.
En qué cambiamos.
Para qué sirvió.
Como si cada viaje tuviera que presentar un informe antes de poder considerarse terminado.
Prefiero dejar algunas cosas sin ordenar.
Después de todo, ya sé dónde guardar la ropa, las monedas, las fotografías y los regalos.
Lo que todavía no sé es qué ocurrirá con aquello que no pude poner junto a ellos.
Y quizá ésa sea la pregunta que realmente comienza al volver:
¿Qué trajimos del viaje que sólo podremos descubrir cuando vuelva a aparecer en nuestra vida cotidiana?

