Saltar al contenido

La paradoja de lo que somos…

En la Alhambra hay lugares donde resulta difícil decidir hacia dónde mirar.

Recuerdo haber recorrido los Palacios Nazaríes intentando comprender cómo alguien pudo imaginar aquella combinación de espacios, proporciones y detalles. La geometría de los muros, las inscripciones, los patios, el agua que forma parte de la arquitectura y la luz que cambia la apariencia de las superficies a medida que avanzamos.

Todo parece haber sido pensado para producir una impresión que, siglos después, continúa funcionando.

Me detuve especialmente en el Patio de los Leones. No era la primera vez que estaba allí. Ya conocía aquel espacio, pero volver a recorrerlo me permitió detenerme en detalles que quizá antes habían pasado inadvertidos. Hay lugares que no se agotan con una visita. Regresamos a ellos con otras experiencias, otras preguntas y una mirada que también ha cambiado.

Pensé en los arquitectos que concibieron aquellos espacios. En los artesanos que trabajaron la piedra, la madera y el yeso. En los conocimientos necesarios para conseguir que el agua circulara por donde debía hacerlo. En la cantidad de personas que participaron en una obra cuya belleza seguiría siendo admirada mucho después de que sus nombres desaparecieran.

Aquella admiración había aparecido también en otros momentos del viaje.

En Marrakech había recorrido la madrasa Ben Youssef, donde la arquitectura parece conceder una importancia extraordinaria a los detalles de un edificio destinado a la enseñanza. En Córdoba, la Mezquita-Catedral me había permitido caminar por un espacio en el que distintas épocas dejaron sus propias decisiones arquitectónicas. Y en Toledo había contemplado El entierro del señor de Orgaz, de El Greco, una pintura que consigue que una escena religiosa del siglo XVI continúe despertando emociones en personas que pertenecemos a un mundo muy distinto.

Cada uno de aquellos lugares me había provocado admiración.

Pero había una pregunta que regresaba mientras intentaba comprenderlos.

No apareció como una revelación repentina frente a un monumento. Era una inquietud antigua que el viaje había vuelto más difícil de ignorar.

¿Cómo puede una humanidad capaz de producir semejante belleza ser también responsable de algunas de las formas más terribles de sufrimiento?

Lo que también construimos

Unos días después de visitar la Alhambra recorrí las ruinas de Itálica.

Caminar por una ciudad romana permite imaginar una sociedad que había desarrollado conocimientos extraordinarios de ingeniería, urbanismo y organización. Las calles, las viviendas y los espacios públicos conservan suficientes vestigios para comprender que allí existió una vida mucho más compleja que la que solemos atribuir a las sociedades antiguas cuando las observamos desde la comodidad del presente.

Los romanos construyeron caminos, acueductos, edificios y ciudades que todavía nos sorprenden. Desarrollaron instituciones jurídicas cuyas transformaciones dejaron una influencia duradera y produjeron obras literarias que seguimos leyendo.

También conquistaron territorios mediante la violencia, sostuvieron una economía en la que la esclavitud desempeñó un papel fundamental y convirtieron determinados castigos y espectáculos públicos en manifestaciones del poder.

No eran dos civilizaciones distintas.

Eran aspectos de una misma sociedad.

La observación puede parecer evidente, pero sus consecuencias son menos cómodas.

Nos gusta imaginar el progreso cultural como una especie de ascenso moral. Suponemos que una sociedad capaz de desarrollar conocimientos sofisticados debería ser también más justa. Que la educación, la filosofía y el arte tendrían que conducir, casi naturalmente, hacia una mayor consideración por los demás.

Sin embargo, la historia ofrece suficientes ejemplos para desconfiar de esa relación automática.

La Europa que produjo algunas de las grandes obras de la pintura, la música y la literatura también participó en conquistas coloniales, persecuciones religiosas y sistemas de esclavitud. El desarrollo científico que permitió combatir enfermedades y prolongar la vida humana también hizo posibles armas capaces de destruir ciudades enteras.

Y durante el siglo XX, sociedades con universidades prestigiosas, instituciones culturales, industrias avanzadas y una larga tradición intelectual participaron en guerras, deportaciones y exterminios organizados.

Sería un error reunir todos esos acontecimientos como si fueran idénticos. Sus circunstancias, responsabilidades, víctimas y mecanismos fueron diferentes. También sería injusto reducir civilizaciones enteras a sus actos más violentos.

Pero hay algo que no podemos evitar reconocer.

El desarrollo cultural no ha impedido, por sí mismo, la crueldad.

Quizá porque hemos supuesto una relación entre dos capacidades que no necesariamente avanzan juntas.

La capacidad de comprender cómo funciona el mundo y la disposición a respetar a quienes lo habitan.

La comodidad de separar a las personas

Hasta aquí, la contradicción todavía permite una explicación tranquilizadora.

Podríamos decir que las civilizaciones están formadas por millones de individuos. Algunos construyen, otros destruyen. Unos escriben poemas mientras otros organizan guerras. Hay personas admirables y personas terribles, y la historia simplemente conserva las consecuencias de sus acciones.

El problema es que esa división no siempre funciona.

Una persona puede poseer una sensibilidad artística extraordinaria y comportarse cruelmente con otros seres humanos.

Puede emocionarse escuchando música, cuidar amorosamente a sus hijos y participar en decisiones que condenan al sufrimiento a familias que nunca conocerá.

Puede defender principios elevados y encontrar argumentos para no aplicarlos cuando hacerlo amenaza sus intereses.

No necesariamente estamos hablando de hipocresía.

La hipocresía supone cierta conciencia de la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Lo que me inquieta es que, en ocasiones, las personas parecen capaces de mantener ambas conductas sin experimentar una contradicción que las obligue a detenerse.

¿Cómo consigue alguien conservar una imagen respetable de sí mismo mientras participa en algo que provoca sufrimiento?

El psicólogo Albert Bandura estudió mecanismos que ayudan a comprender esa posibilidad. Entre ellos, la tendencia a justificar una conducta dañina mediante una finalidad supuestamente superior, repartir la responsabilidad entre muchas personas, minimizar las consecuencias de nuestras acciones o presentar a quienes sufren como responsables de lo que les ocurre.

No necesitamos dejar de considerarnos buenas personas para actuar de manera injusta.

A veces encontramos una explicación que nos permite seguir considerándonos así.

Es una diferencia importante.

Quien participa en una persecución puede convencerse de que está defendiendo a su comunidad. Quien obedece una orden puede interpretar que la responsabilidad pertenece exclusivamente a quien la dictó. Quien se beneficia de una injusticia puede persuadirse de que las personas perjudicadas merecen su situación.

Estas explicaciones no eliminan la responsabilidad individual ni convierten a todos los participantes en igualmente culpables. Tampoco demuestran que cualquier persona actuaría del mismo modo bajo las mismas circunstancias.

Pero permiten entender algo inquietante: no siempre necesitamos renunciar a nuestros valores para contradecirlos.

En ocasiones basta con encontrar una excepción.

Y somos extraordinariamente hábiles para hacerlo.

La inteligencia tampoco elige por nosotros

Hay otra posibilidad que me parece todavía más desconcertante.

Quizá algunas de las capacidades que admiramos en los seres humanos no sean buenas o malas por sí mismas.

Pensemos en la inteligencia.

Gracias a ella hemos desarrollado tratamientos médicos, comprendido enfermedades, construido sistemas de saneamiento y encontrado maneras de aliviar sufrimientos que durante siglos parecían inevitables.

Pero esa misma capacidad para observar, experimentar, calcular y resolver problemas puede utilizarse para perfeccionar instrumentos de destrucción.

La inteligencia no decide qué problemas merecen ser resueltos.

Podemos utilizarla para salvar una vida o para encontrar la manera más eficiente de terminar con ella.

Algo parecido ocurre con la disciplina.

Admiramos la paciencia de quien dedica años a dominar un instrumento musical, desarrollar una técnica artística o realizar una investigación. Reconocemos el esfuerzo, la constancia y la capacidad de trabajar hacia un objetivo que quizá no veremos cumplido durante mucho tiempo.

Sin embargo, esas mismas cualidades pueden sostener organizaciones dedicadas a perseguir, controlar o destruir.

La capacidad de organizar personas alrededor de una finalidad no nos dice nada, por sí sola, sobre la legitimidad de esa finalidad.

Incluso la lealtad, una virtud que solemos celebrar, puede adquirir consecuencias opuestas.

Ser leales a quienes amamos puede llevarnos a realizar sacrificios extraordinarios. Pero cuando esa lealtad exige considerar enemigos a quienes están fuera de nuestro grupo, puede convertirse en una justificación para negarles derechos que consideramos indispensables para nosotros.

Quizá el problema no esté en esas capacidades.

Está en lo que decidimos hacer con ellas y en los límites que aceptamos reconocer.

Pero esa respuesta abre otra dificultad.

Porque nuestras decisiones no siempre se presentan como una elección evidente entre hacer el bien y hacer el mal.

Con frecuencia elegimos entre aquello que deseamos, aquello que tememos perder, lo que nos enseñaron a considerar correcto y lo que estamos dispuestos a justificar para no cuestionarlo.

Y entonces la contradicción deja de pertenecer exclusivamente a los personajes de los libros de historia.

Empieza a acercarse demasiado.

Las excepciones que nos concedemos

Me resultaría sencillo escribir sobre las atrocidades del pasado desde una posición de superioridad.

Conozco sus consecuencias. Puedo identificar a muchas de sus víctimas. Dispongo de información que quienes vivieron determinados acontecimientos quizá no tuvieron y de una perspectiva histórica que permite reconocer errores que entonces algunos defendían como decisiones necesarias.

Pero esa ventaja no significa que yo esté libre de contradicciones.

Tampoco significa que nuestra época haya encontrado una manera de impedirlas.

Podemos defender la dignidad humana como principio y descubrir que nuestra disposición a respetarla cambia dependiendo de quién esté frente a nosotros.

Nos indignamos ante determinadas injusticias y encontramos explicaciones para otras que ocurren mucho más cerca.

Podemos considerar inaceptable que alguien sea discriminado por su origen y, sin embargo, utilizar generalizaciones cómodas cuando hablamos de personas que pertenecen a una cultura distinta.

Podemos exigir comprensión para nuestras equivocaciones mientras interpretamos las ajenas como pruebas definitivas de su carácter.

No estoy equiparando estas conductas con los crímenes históricos que mencionaba antes. La diferencia de gravedad, intención, consecuencias y responsabilidad es inmensa.

Pero algunas formas de justificarnos merecen atención precisamente porque aparecen en situaciones que consideramos ordinarias.

Cuando decimos que alguien se lo buscó.

Cuando suponemos que una persona no merece nuestra consideración porque pertenece a determinado grupo.

Cuando convertimos una circunstancia particular en una excepción permanente a los principios que afirmamos defender.

Cuando dejamos de preguntarnos por las consecuencias de una decisión porque reconocerlas nos obligaría a modificarla.

No necesitamos participar en una atrocidad para descubrir que somos capaces de proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos mediante explicaciones convenientes.

Y quizá por eso deberíamos desconfiar un poco de la facilidad con la que nos declaramos incapaces de cometer ciertas injusticias.

No porque todos seamos igualmente propensos a realizarlas.

Sino porque reconocer una posibilidad de equivocarnos puede ser más útil que considerarnos definitivamente a salvo de ella.

Lo que una obra de arte no puede prometernos

Hay algo que todavía me cuesta aceptar.

Durante mucho tiempo he querido pensar que la cultura amplía nuestra capacidad de comprender a los demás.

Sigo creyendo que puede hacerlo.

Una novela nos permite acompañar experiencias que nunca viviremos. Una pintura puede detenernos frente a un sufrimiento que de otro modo ignoraríamos. La música puede conmovernos sin necesidad de compartir el idioma, la historia o las creencias de quien la compuso.

Los viajes también pueden obligarnos a reconocer que nuestras costumbres no son las únicas posibles.

Pero ninguna de esas experiencias garantiza lo que haremos después.

Podemos leer una novela extraordinaria y continuar despreciando a quienes viven de manera diferente.

Podemos conmovernos frente a una pintura que representa el dolor humano y permanecer indiferentes ante una persona que necesita ayuda.

Podemos admirar una civilización desaparecida sin sentir curiosidad por las personas que hoy viven en el territorio donde floreció.

Quizá porque reconocer la belleza y reconocer la dignidad de otro ser humano exigen operaciones distintas.

La primera puede detenerse en la contemplación.

La segunda puede obligarnos a actuar.

Admirar una obra no necesariamente exige renunciar a algo. Podemos dedicarle tiempo, emocionarnos, fotografiarla y continuar nuestro camino conservando intactas nuestras convicciones.

Reconocer una injusticia, en cambio, puede exigirnos modificar una conducta, cuestionar una lealtad, aceptar una responsabilidad o renunciar a una ventaja.

No siempre ocurre así. También existen obras que nos incomodan y experiencias estéticas que transforman profundamente nuestra manera de pensar. Del mismo modo, reconocer el sufrimiento ajeno no implica necesariamente que sepamos cómo responder a él.

Pero me pregunto si hemos confundido demasiado a menudo la capacidad de emocionarnos con la disposición a hacernos responsables de aquello que comprendemos.

Una persona puede llorar sinceramente frente a una obra de arte.

Y seguir siendo injusta.

No porque aquella emoción fuera falsa.

Sino porque la emoción, por auténtica que sea, no constituye por sí misma una decisión moral.

Volver a la Alhambra

He regresado varias veces a las fotografías de la Alhambra.

Me siguen impresionando los detalles. La precisión de los trabajos artesanales. La manera en que la arquitectura utiliza el agua, la luz y los espacios para producir una experiencia que todavía consigue sorprendernos.

Nada de lo que he pensado después disminuye esa admiración.

Tampoco creo que debamos contemplar cada monumento buscando una atrocidad que nos impida disfrutarlo. Sería otra forma de reducir el pasado a una sola de sus dimensiones.

La Alhambra sigue siendo extraordinaria.

La madrasa de Marrakech continúa pareciéndome una obra admirable. Las ruinas de Itálica siguen despertando mi curiosidad por quienes habitaron aquella ciudad. Y El entierro del señor de Orgaz no pierde su capacidad de conmoverme porque reconozca las contradicciones de las sociedades que produjeron algunas de nuestras grandes obras culturales.

Pero ahora encuentro algo más en esa admiración.

Durante el viaje pensé muchas veces en el talento necesario para construir aquellos lugares. En la imaginación, la paciencia, los conocimientos y el trabajo que hicieron posible su existencia.

Quizá presté menos atención a una pregunta igualmente importante.

¿Qué relación existe entre la capacidad de producir algo hermoso y la manera en que tratamos a las personas?

Me gustaría encontrar una respuesta que uniera ambas cosas.

Que la sensibilidad artística nos hiciera necesariamente más compasivos. Que el conocimiento nos volviera más justos. Que la educación nos protegiera de la crueldad. Que alguien capaz de emocionarse frente a una obra extraordinaria hubiera aprendido también a reconocer el valor de cualquier vida humana.

Sería una idea reconfortante.

Pero no estoy seguro de que sea verdadera.

Y tampoco quiero concluir que la cultura sea inútil para nuestra formación moral. Eso sería ignorar las muchas ocasiones en que un libro, una conversación, una película o una experiencia han conseguido modificar nuestra manera de comprender a los demás.

Tal vez el problema sea esperar que esa transformación ocurra automáticamente.

Que baste con contemplar, conocer o admirar.

Mientras reviso las fotografías del Patio de los Leones, pienso en algo que no aparece en ninguna de ellas.

No sabemos qué clase de personas fueron todos los que participaron en su construcción. Podemos admirar su trabajo sin conocer sus virtudes, sus defectos, sus lealtades o sus injusticias.

Y quizá sea mejor no inventarles una personalidad moral a partir de la belleza que dejaron.

Lo que sí puedo preguntarme es qué significa mi propia admiración.

Porque resulta relativamente fácil reconocer la delicadeza de una obra realizada por manos que desaparecieron hace siglos.

Lo verdaderamente difícil puede comenzar cuando esas manos pertenecen a alguien que está frente a nosotros, cuya vida no nos resulta hermosa ni interesante, cuyas ideas nos incomodan y cuya dignidad exige algo más que nuestra capacidad de contemplar.

Entonces ya no estamos frente a una obra de arte.

Estamos frente a otra persona.

Y todavía no sé por qué nos resulta tan natural suponer que haber aprendido a reconocer la belleza debería prepararnos para reconocerla también a ella.

Deja un comentario