Los mapas que llevamos dentro
El primer libro que recuerdo haber leído completo fue La vuelta al mundo en ochenta días. Todavía estaba en la primaria y, aunque he olvidado muchos detalles de aquella lectura, conservo algo más importante: la sensación de que un libro podía abrir una puerta hacia lugares cuya existencia apenas alcanzaba a imaginar.
Phileas Fogg partía de Londres, cruzaba continentes, abordaba barcos y trenes, calculaba horarios y avanzaba con la mirada puesta en un reloj. Yo avanzaba con él desde algún lugar mucho menos extraordinario: una habitación, una banca, quizá una tarde cualquiera de mi infancia. No recuerdo dónde leía. Recuerdo que, mientras lo hacía, el mundo se volvía más grande.
Mucho tiempo pensé que aquel libro me había enseñado a viajar. Ahora sospecho que sólo me enseñó la primera mitad.
Verne me permitió recorrer el mundo con la imaginación. Los viajes reales aparecerían años después y comenzarían a mostrarme algo que entonces no podía saber: aquel mundo imaginado también estaba construido con ideas incompletas, fotografías escogidas por otros, historias contadas desde lejos y palabras demasiado pequeñas para contener países enteros.
Tal vez todos viajamos así la primera vez.
Antes de llegar a un lugar, ya hemos estado ahí.
Hemos visto sus monumentos, escuchado su música, leído alguna novela, probado una versión de su comida o repetido lo que alguien nos contó acerca de su gente. Con esos fragmentos construimos un destino anticipado. Después compramos un boleto hacia él sin reconocer que llevamos otro guardado en la cabeza: un mapa donde ya decidimos qué será hermoso, qué resultará extraño y cómo suponemos que viven quienes nos esperan al otro lado.
Por eso me pregunto si Phileas Fogg realmente conoció los lugares que atravesó o si sólo consiguió pasar por ellos a tiempo. No lo digo para juzgar una novela que leí con fascinación ni para exigirle al personaje una sensibilidad que la historia nunca prometió. La pregunta me interesa porque también puede hacerse fuera del libro.
¿Es posible dar la vuelta al mundo sin permitir que el mundo nos cambie?
Por supuesto que sí.
Cuando el mundo no coincide
Podemos llegar a Japón buscando el Japón que ya conocíamos por las películas, las noticias y las fotografías: el de los trenes puntuales, los templos, los anuncios luminosos, el silencio, la tecnología y las ceremonias. Podemos encontrar cada una de esas cosas, fotografiarlas y volver convencidos de que comprendimos el país. Incluso podríamos regresar repitiendo que “los japoneses son” ordenados, reservados, disciplinados o cualquier otra palabra con la que intentemos reunir a más de cien millones de personas.
El problema no estaría necesariamente en que alguna observación fuera falsa. Estaría en creer que era suficiente.
Eso es algo que los viajes reales han ido corrigiendo en el mapa que comenzó a dibujar Verne. Llegar a un país no equivale a conocerlo. Permanecer algunos días tampoco nos concede autoridad sobre él. En ocasiones, apenas alcanzamos a descubrir que aquello que parecía extraño poseía una lógica que no habíamos entendido. Otras veces ni siquiera llegamos tan lejos: regresamos con la extrañeza intacta, pero un poco menos dispuestos a convertirla en juicio.
Quizá ahí comienza la diferencia entre recorrer un lugar y permitir que algo nos ocurra dentro de él.
No me interesa dividir a las personas entre viajeros profundos y turistas superficiales. Esa clasificación suele esconder una vanidad parecida a la de quien presume los sellos de su pasaporte. Todos hacemos turismo. Visitamos monumentos, seguimos itinerarios, compramos recuerdos, buscamos el mejor ángulo para una fotografía y llegamos a sitios que millones de personas fotografiaron antes. Nada de eso impide que un viaje pueda transformarnos.
La diferencia aparece en otro momento.
Hacemos turismo cuando encontramos exactamente lo que habíamos ido a buscar. El viaje comienza cuando algo no coincide.
Puede ser una costumbre que primero nos irrita y después adquiere sentido al conocer el contexto. Una conversación que vuelve imposible seguir hablando de “la gente de ese país” como si se tratara de una sola persona. Una regla que desconocíamos. Un gesto que interpretamos mal. O la incómoda sospecha de que eso que llamábamos normal no era una ley de la naturaleza, sino únicamente la manera en que aprendimos a hacer las cosas en casa.
Durante unas horas somos la persona que no entiende
En nuestros recorridos habituales casi siempre sabemos comportarnos. Entendemos las señales, calculamos las distancias, conocemos los horarios y sabemos qué tono utilizar para pedir ayuda. Esa competencia cotidiana nos permite olvidar cuántas convenciones hacen posible el día.
Basta con llegar a un lugar donde no comprendemos el idioma para que las tareas más sencillas recuperen su dificultad. Pedir algo, abordar el transporte correcto o entender una indicación puede obligarnos a mirar con atención, imitar a otros y, finalmente, aceptar que no sabemos.
Durante unas horas somos la persona que no entiende.
No quiero exagerar esa vulnerabilidad. Perderse puede convertirse en una buena historia cuando existe dinero, tiempo, seguridad y un hotel al cual volver. No hablar el idioma es una incomodidad pasajera para quien visita un país y puede ser una barrera diaria para quien tuvo que migrar. La desorientación elegida no se parece al desarraigo.
Stefan Zweig lo sabía de una manera que ningún recorrido turístico podría enseñarnos. Había viajado por una Europa que sentía suya antes de verse obligado a cruzar fronteras porque aquella Europa se destruía y dejaba de admitirlo. En El mundo de ayer, el desplazamiento ya no puede separarse de la pérdida. El cosmopolita que se movía entre ciudades, lenguas y libros terminó convertido en exiliado.
Para algunos de nosotros, una frontera es una fila, un sello y unos minutos de impaciencia. Para otra persona puede decidir si tendrá dónde vivir.
Pensar en Zweig me obliga a desconfiar de una frase que repetimos con demasiada ligereza: salir de la zona de confort. El viajero puede elegir una pequeña incomodidad y después regresar. Quien huye no ha contratado una experiencia transformadora. Ha perdido la posibilidad de quedarse.
Sin embargo, reconocer esa distancia no vuelve inútil la fragilidad momentánea del viaje. Necesitar la paciencia de un desconocido puede dejar una pregunta que nos acompañe al regresar: ¿cómo tratamos nosotros a quien llega sin conocer nuestros códigos? No garantiza que seremos más empáticos. Pero al menos nos impide decir que nunca hemos sentido, aunque sea por unas horas y bajo circunstancias incomparablemente más seguras, la torpeza de no saber cómo funciona el mundo alrededor.
Una persona no explica a un país
La psicología lleva décadas preguntándose si el contacto entre personas de grupos distintos puede reducir los prejuicios. Gordon Allport propuso que podía ocurrir, sobre todo cuando existía cierta igualdad entre quienes se encontraban, objetivos compartidos, cooperación y un entorno que respaldara ese acercamiento. Investigaciones posteriores, entre ellas un gran análisis de más de quinientos estudios, encontraron que el contacto suele relacionarse con una disminución del prejuicio.
“Suele” es una palabra importante.
No todo contacto nos corrige. Un encuentro desigual, hostil o superficial también puede confirmar lo que ya pensábamos. Podemos conversar con alguien sin escucharlo, observar una costumbre únicamente para burlarnos de ella o tratar cada experiencia como evidencia de una sentencia previa. El sesgo de confirmación también viaja. De hecho, casi nunca necesita documentar nada: lleva las conclusiones preparadas desde casa.
Antes de viajar existe “la gente de aquel país”. Después aparece una persona.
Tiene un nombre, un sentido del humor, opiniones contradictorias, una historia y quizá muy pocas ganas de representar a millones de desconocidos ante nosotros. Si el encuentro realmente funciona, no debería enseñarnos que todas las personas de su país son tan amables como ella. Tampoco una mala experiencia demostraría lo contrario. El aprendizaje más difícil consiste en dejar de utilizar a cada ser humano como prueba a favor o en contra de una categoría.
Una persona no explica a un país.
Pero puede arruinar para siempre la comodidad de una etiqueta.
Eso quizá ayuda a entender por qué compartir idioma tampoco elimina la distancia. En Argentina o Colombia podemos reconocer las palabras y aun así desconocer el peso que tienen, la música con la que se pronuncian, los gestos que las acompañan y las historias que han dejado dentro de ellas. La lengua común produce una cercanía engañosa: creemos haber entendido porque no necesitamos traducción.
Sin embargo, un país no se vuelve transparente sólo porque podemos leer el menú.
La cercanía también puede ocultarnos diferencias, del mismo modo que la distancia puede hacernos exagerarlas. En los países nórdicos, por ejemplo, resulta fácil viajar hacia una idea ya terminada: sociedades prósperas, ordenadas, igualitarias, quizá un poco frías. Después basta encontrar datos o comportamientos que encajen para regresar repitiendo la descripción. Todo lo que no coincide puede convertirse en excepción.
Así funcionan los mapas mentales. No necesitan ser completamente falsos. Les basta con omitir aquello que los contradice.
Incluso una experiencia positiva puede llevarnos a otro error. Regresar diciendo que los colombianos son hospitalarios no deja de convertir a millones de personas en una sola personalidad. A veces sustituimos un estereotipo negativo por uno agradable y confundimos ese cambio con comprensión. La etiqueta parece más generosa, pero sigue siendo una etiqueta.
El viaje debería hacernos más difícil decir “ahora sé cómo son”.
Tal vez su resultado más honesto sea otro: ahora sé que no eran como yo creía, pero todavía no sé cómo son.
La mirada también viaja
Paul Theroux ha pasado buena parte de su vida viajando y escribiendo sobre lo que encuentra. El Tao del viajero reúne esa relación entre desplazarse, observar, conversar y leer, pero también deja entrever algo que conviene no olvidar: ningún relato de viajes es una ventana limpia. El viajero escoge lo que mira, recuerda algunas conversaciones y olvida otras, se entusiasma, se irrita y convierte la experiencia en una historia.
Eso hacemos todos, aunque no publiquemos un libro.
Marco Polo volvió con relatos de un mundo que muchos de sus lectores difícilmente podían imaginar. Desde entonces seguimos preguntándonos cuánto había en ellos del lugar recorrido y cuánto de la mirada que lo narraba. La pregunta no ha envejecido. Cada vez que contamos un viaje elegimos una versión. Dejamos fuera las horas ordinarias, los malentendidos que nunca resolvimos y todo aquello que no cupo en la historia que deseábamos traer.
No volvemos únicamente con recuerdos.
Volvemos con una interpretación.
Dentro de unas semanas viajaré a Marruecos y al sur de España. He llamado provisionalmente a esa ruta “el viaje moro”, sabiendo que la palabra reúne épocas, pueblos e historias demasiado diferentes. Quiero seguir algunas huellas que cruzaron el estrecho: edificios, alimentos, sonidos, palabras y costumbres que vuelven menos clara la frontera con la que hoy dividimos África de Europa.
Pero el viaje todavía no ha ocurrido. Por ahora sólo existe el Marruecos que he construido antes de conocer Marruecos y una Andalucía hecha con libros, fotografías, planes, mapas e historia. Llevo conmigo la tentación de encontrar continuidades, de reconocer al-Ándalus en cada arco y de mirar el presente buscando señales del pasado.
Es otra forma de prejuicio, aunque parezca curiosidad.
También podemos obligar a un lugar a representar la historia que deseamos contar sobre él. Podemos romantizar ocho siglos, imaginar una convivencia sin conflictos o reducir sociedades enteras a la huella que dejaron en la arquitectura. Quizá mi próximo viaje no deba confirmar que las orillas del estrecho se parecen más de lo que pensamos. Quizá deba mostrarme dónde he simplificado sus relaciones, exagerado sus semejanzas o ignorado sus rupturas.
Zweig vio en Brasil una posibilidad frente a la Europa que se deshacía. Su mirada estaba hecha también de esperanza y pérdida. No veía únicamente el país que tenía enfrente; veía algo que necesitaba encontrar.
¿No hacemos todos un poco lo mismo?
Tal vez llegue a Marruecos buscando una continuidad y encuentre una frontera. Tal vez mire Andalucía esperando reconocer el norte de África y descubra cuánto de esa expectativa pertenece más a mí que a los lugares recorridos. No lo sé. Ésa es, precisamente, la parte del viaje que todavía vale la pena conservar.
Viajar hacia la memoria
Francia y el norte de España permanecen en mi semillero, aunque no son territorios completamente desconocidos. Estuve ahí de niño y conservo recuerdos endulzados por aquella mirada: imágenes sueltas, quizá más cercanas a la emoción que a los lugares reales. Volver también será viajar hacia una ficción personal, pero una construida por la memoria. A veces no regresamos para encontrar el sitio que dejamos, sino para descubrir cuánto de él conservamos y cuánto inventó el niño que fuimos.
Para eso no siempre hace falta cruzar un océano.
Hay barrios de nuestra propia ciudad que conocemos apenas por lo que otros cuentan. Mercados a los que nunca entramos, calles que sólo atravesamos en automóvil y personas cuya vida ocurre a pocos kilómetros, pero fuera de todo lo que consideramos cotidiano. No pretendo decir que un paseo cercano sustituye un viaje lejano ni ignorar que viajar requiere tiempo, dinero y privilegios que no todos poseen. La distancia ayuda a producir extrañeza. Lo que no puede hacer es garantizarnos una mirada distinta.
Podemos recorrer diez mil kilómetros sin alejarnos una sola vez de nosotros mismos.
También podemos doblar una esquina y descubrir que nuestra ciudad no era la ciudad que creíamos conocer. Algo parecido me ocurrió al comprender que el algoritmo no te conoce… te entrena: la realidad que aparece ante nosotros depende, en parte, de los recorridos que repetimos. Si siempre caminamos por las mismas calles, hablamos con personas semejantes y consultamos fuentes que confirman nuestras ideas, terminamos confundiendo nuestro trayecto con el mundo.
Nunca discutí con Ecuador, pero durante un tiempo una pantalla pudo hacerme sentir que sí. Basta una pequeña selección de voces para fabricar la impresión de que sabemos cómo piensa un país. Viajar podría corregir esa ilusión, aunque también podemos llevarla en el bolsillo y usar cada encuentro para alimentar la misma historia.
La curiosidad empieza cuando dejamos de preguntar por qué otros hacen algo tan raro y nos preguntamos por qué nuestra manera de hacerlo nos parecía la única normal.
No exige aceptar todas las costumbres ni suspender cualquier juicio moral. Comprender no significa aprobar. Algunas prácticas pueden seguir pareciéndonos injustas después de conocer su contexto. La diferencia está en no utilizar nuestra ignorancia como argumento. La empatía tampoco consiste en afirmar que sentimos exactamente lo que otra persona siente. A veces basta con admitir que nuestra primera interpretación dejó algo fuera.
Encontrar el próximo error
Quizá por eso viajar puede ayudarnos a equivocarnos menos.
No porque acumulemos respuestas, sino porque algunas preguntas dejan de parecernos tan sencillas. No porque conozcamos “a los japoneses”, “a los argentinos” o “a los marroquíes”, sino porque hemos conocido personas que volvieron insuficientes esas palabras. No porque regresemos libres de prejuicios, sino porque aprendemos a reconocer alguno justo cuando intentaba hacerse pasar por conocimiento.
El niño que leyó La vuelta al mundo en ochenta días creyó descubrir que el mundo era enorme. El adulto todavía intenta comprender algo un poco más incómodo: el mundo no dejó de ser extraordinario, pero tampoco cabe en los mapas que ha ido construyendo sobre él.
Sigo cargando los míos.
Algunos están hechos de libros. Otros, de fotografías, noticias, recuerdos y conversaciones. Los viajes no los han destruido. Apenas han tachado ciertas líneas, dibujado fronteras donde yo no las veía y borrado otras que consideraba indiscutibles.
Supongo que por eso todavía quiero salir.
No para comprobar que el mundo se parece a lo que imagino, sino para encontrar el próximo error.
Porque, si viajamos únicamente hacia aquello que esperábamos encontrar, ¿qué tan lejos hemos ido en realidad?

