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El mundo no dejó de ser extraordinario

Hace unos días me detuve frente a un colibrí.

No ocurrió nada excepcional. El ave revoloteaba alrededor de unas flores, se alejaba unos metros y regresaba casi al mismo punto. Lo he visto muchas veces. Seguramente tú también.

Pero aquella mañana me quedé observándolo.

Suspendido en el aire, movía las alas con una rapidez que mis ojos apenas podían seguir. Avanzaba, retrocedía, cambiaba de dirección y permanecía inmóvil frente a una flor, como si las reglas que gobiernan a los demás aves no terminaran de aplicarle.

Mi primer impulso fue sacar el teléfono.

Quería grabarlo.

Entonces pensé que, mientras buscaba el encuadre, ajustaba el enfoque y comprobaba si la imagen se veía bien, probablemente dejaría de mirar al colibrí. Tendría un video que quizá nunca volvería a reproducir y habría perdido aquello que pretendía conservar.

Guardé el teléfono.

Durante unos segundos no hice nada más.

Tal vez hacía mucho tiempo que no miraba algo sin intentar fotografiarlo, compartirlo, identificarlo o convertirlo en una anécdota.

Sólo mirarlo.

Y me pregunté…

¿Cuándo dejamos de sorprendernos?

La edad de los porqués

Los niños parecen llegar al mundo convencidos de que todo merece una explicación.

¿Por qué el cielo es azul?

¿Por qué los peces no se ahogan?

¿Por qué la Luna nos sigue cuando caminamos?

¿Por qué una mariposa puede volar y nosotros no?

¿Por qué los flamencos son rosas?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

A veces sus preguntas nos parecen ingenuas porque ya conocemos la respuesta. O creemos conocerla. Decimos que el cielo es azul por la dispersión de la luz, que los peces respiran mediante branquias y que el color de los flamencos proviene de su alimentación.

Después seguimos con nuestra vida, satisfechos de haber cerrado el asunto.

Pero basta con detenerse un poco para descubrir que cada respuesta contiene nuevas preguntas.

¿Qué es exactamente la luz? ¿Cómo puede el agua contener el oxígeno que necesita un pez? ¿Por qué ciertos pigmentos terminan depositándose en las plumas de un ave? ¿Cómo consiguió la evolución construir unas alas capaces de mantener a una mariposa suspendida en el aire?

El niño no pregunta porque sea ignorante.

Pregunta porque todavía no ha aprendido a fingir que entiende.

Nosotros, en cambio, comenzamos a sentir vergüenza de no saber. En algún momento descubrimos que una respuesta rápida suele producir mejor impresión que una buena pregunta. Aprendemos a asentir, a aceptar palabras aunque no comprendamos las ideas y a guardar silencio cuando tememos que nuestra duda resulte demasiado elemental.

Quizá no perdemos la curiosidad al hacernos adultos.

Quizá aprendemos a disimularla.

Cuando yo era niño y comenzaba en la edad de los porqués, mi padre casi nunca me dejaba con una pregunta sin respuesta. Pero tampoco me entregaba siempre la solución. Muchas veces me enseñaba a buscar las respuestas.

Entonces abríamos un tomo de la enciclopedia, después otro, y luego otro. Una respuesta conducía a una nueva pregunta y, cuando me daba cuenta, había varios libros abiertos sobre la mesa o habíamos salido al jardín para intentar comprobar alguna idea con un pequeño experimento.

Creo que algo de aquello permaneció conmigo. 

Hoy sospecho que el mejor regalo que me hizo no fue responder mis preguntas, sino enseñarme a disfrutar buscándolas.

Todavía hoy puedo comenzar una novela o un ensayo y detenerme en una palabra, un personaje o una idea que desconozco. La busco. Encuentro otra pregunta y después otra. Al final quizá he leído las trescientas páginas del libro, pero también cientos de páginas en internet, visto algunos videos, consultado varios mapas y seguido caminos que el autor nunca imaginó.

No ocurre siempre.

Pero cuando ocurre, siento que no sólo terminé un libro. También recorrí un pequeño laberinto de preguntas.

Cuando aprender significaba responder

No todos tuvimos la misma suerte. Y, aun así, sospecho que muchos comenzamos a perder esa costumbre en la escuela.

La escuela debería ser uno de los lugares más asombrosos que existen. Allí descubrimos que hubo animales tan grandes de los que todavía podemos reconstruir sus esqueletos millones de años después; que nuestro cuerpo está formado por células invisibles a simple vista; que la Tierra se mueve aunque el suelo parezca inmóvil; que las estrellas que observamos quizá ya no existen y que buena parte de la historia humana dependió de personas que tomaron decisiones sin saber qué ocurriría después.

Sin embargo, muchas veces aprendimos todo eso como si se tratara de un trámite.

Memorizamos las partes de una célula antes de preguntarnos cómo puede estar viva.

Aprendimos fórmulas sobre la gravedad antes de maravillarnos de que la Luna no caiga sobre nosotros.

Repetimos nombres de reyes, batallas y tratados sin detenernos a imaginar a las personas que despertaron aquella mañana sin saber que estaban a punto de entrar en la Historia.

No odiábamos la ciencia. Odiábamos las fórmulas sin preguntas.

No odiábamos la Historia. Odiábamos las fechas sin historias.

Nos enseñaron respuestas que debían caber en un examen. La pregunta no era una puerta, sino el espacio vacío que había que llenar correctamente. Había una fecha, un nombre o una definición esperándonos al final. Cuando la encontrábamos, podíamos pasar al siguiente tema.

Así, poco a poco, aprender dejó de significar descubrir.

Comenzó a significar responder.

Y responder correctamente no siempre exige curiosidad. A veces basta con recordar lo que alguien más dijo.

La ciencia antes de las fórmulas

Antes de convertirse en ecuaciones, gráficas y libros de texto, la ciencia fue una persona mirando algo que no comprendía.

Alguien observó que ciertos objetos caían de una forma parecida.

Alguien notó que las estaciones regresaban.

Alguien miró las conchas incrustadas en una montaña y se preguntó cómo habían llegado hasta allí.

Alguien vio enfermar a unas personas mientras otras permanecían sanas.

La ciencia no nació cuando apareció la primera respuesta.

Nació cuando alguien se tomó en serio una pregunta.

Aristóteles escribió que los seres humanos comenzaron a filosofar movidos por el asombro: primero ante las dificultades más cercanas y después ante la Luna, el Sol, las estrellas y el origen del universo. El reconocimiento de la propia ignorancia no era para él una humillación, sino el comienzo de la búsqueda.

Hay algo hermoso en esa idea.

No empezamos a pensar porque sabemos.

Empezamos porque algo no encaja.

Richard Feynman sostenía que comprender una flor científicamente no disminuye su belleza. Al contrario: conocer sus células, su evolución, los insectos que la perciben de otra manera y los procesos que ocurren dentro de ella añade nuevas formas de admirarla.

Sin embargo, solemos comportarnos como si explicar algo lo volviera menos extraordinario.

Un eclipse deja de parecernos misterioso cuando entendemos la alineación de la Tierra, la Luna y el Sol. Una mariposa pierde parte de su magia cuando aprendemos que antes fue una oruga. El arcoíris parece menos prodigioso después de conocer la refracción de la luz.

Como si el conocimiento cancelara el asombro.

Pero saber cómo ocurre algo no explica por qué hemos dejado de verlo.

Un eclipse no es menos impresionante porque podamos predecirlo. Tal vez sea más asombroso que podamos hacerlo.

Una semilla no pierde su misterio cuando comprendemos la germinación. Sigue siendo una pequeña estructura capaz de esperar meses, incluso años, hasta encontrar las condiciones necesarias para convertirse en un árbol.

Y una mariposa no se vuelve ordinaria porque conozcamos su metamorfosis.

Lo extraordinario es que la metamorfosis exista.

Saber algo en treinta segundos

Nunca habíamos tenido tantas respuestas al alcance de la mano.

Puedo escuchar una canción compuesta hace tres siglos, observar la superficie de Marte, recorrer virtualmente una ciudad que nunca he visitado, identificar una constelación o descubrir qué cazan los capibaras antes de terminar mi café.

Casi cualquier duda puede resolverse en unos segundos.

Pero no estoy seguro de que eso nos haya vuelto más curiosos.

A veces ocurre lo contrario.

Buscamos una respuesta, leemos las primeras líneas, sentimos que ya entendimos y seguimos deslizando la pantalla. No permanecemos suficiente tiempo frente a ninguna idea para permitir que se vuelva verdaderamente extraña.

Vemos un video sobre agujeros negros mientras esperamos otro sobre una receta, una motocicleta o una guerra ocurrida hace quinientos años. Todo aparece en la misma pantalla, dura unos segundos y exige la misma clase de atención.

Lo extraordinario se mezcla con lo trivial hasta que ambos parecen equivalentes.

Un telescopio fotografía una galaxia situada a millones de años luz. Deslizamos el dedo.

Un pulpo resuelve un problema. Deslizamos el dedo.

Encuentran una nueva especie en el fondo del océano. Deslizamos el dedo.

Durante un instante sentimos una sacudida, una curiosidad sin consecuencias. Después llega la siguiente imagen.

Confundimos haber visto algo con haberlo observado.

Confundimos información con conocimiento.

Y comenzamos a confundir conocimiento con comprensión.

Tal vez el problema no sea que recibimos demasiada información, sino que casi ninguna permanece con nosotros el tiempo suficiente para transformarnos.

Internet puede responder qué distancia existe entre la Tierra y el Sol.

Pero no puede obligarnos a imaginarla.

El mundo domesticado

Con el tiempo, casi todo se vuelve familiar.

Encendemos una lámpara sin pensar en la electricidad. Subimos a un avión sin recordar que durante la mayor parte de nuestra historia los seres humanos sólo pudieron mirar a las aves. Enviamos un mensaje al otro lado del planeta y nos impacientamos si tarda unos segundos en llegar.

Aquello que habría parecido milagroso para nuestros antepasados se convierte en parte del mobiliario.

En una carta anterior sobre esta misma crisis recordé el asombro que provocó el telégrafo en el siglo XIX: por primera vez, una noticia podía viajar más rápido que una persona. Países separados por montañas y mares comenzaron a compartir un mismo presente. Hoy llevamos en el bolsillo una tecnología que habría resultado inconcebible para quienes contemplaron aquel prodigio y, sin embargo, la usamos muchas veces sin detenernos a pensar en ella.

La costumbre es útil. No podríamos vivir maravillándonos cada mañana de que el agua salga del grifo o de que un automóvil se ponga en movimiento. Necesitamos que una parte del mundo se vuelva previsible para poder ocuparnos de lo demás.

Pero existe una diferencia entre acostumbrarnos a algo y dejar de verlo.

Cuando dejamos de mirar, el mundo se vuelve plano.

Los árboles se convierten en paisaje. Las estrellas, en decoración. Las personas, en funciones. El camarero sirve café, el médico atiende pacientes, la mujer que limpia la calle recoge basura. Dejamos de imaginar las vidas que existen detrás de aquello que vemos todos los días.

La pérdida del asombro no afecta únicamente nuestra relación con la naturaleza o con la ciencia.

También empobrece nuestra manera de mirar a los demás.

Creemos conocer a alguien porque sabemos su nombre, su trabajo y algunas de sus costumbres. Después dejamos de hacer preguntas. Ya decidimos quién es.

Quizá una de las formas más silenciosas de perder a una persona consiste en creer que ya no puede sorprendernos.

La tranquilidad de creer que entendemos

El asombro tiene algo incómodo.

Nos obliga a reconocer que el mundo es más grande que nuestras explicaciones.

Por eso quizá preferimos las certezas rápidas. Una etiqueta nos tranquiliza. Una opinión firme nos protege. Una explicación sencilla nos permite sentir que el asunto ha quedado resuelto.

La curiosidad, en cambio, mantiene abierta la herida.

Nos hace preguntar si estamos equivocados, si falta algo, si la realidad podría ser distinta de como la imaginamos. Nos obliga a acercarnos a una idea sin saber de antemano qué encontraremos.

No siempre queremos comprender.

A veces sólo queremos dejar de sentir incertidumbre.

Por eso las respuestas simples circulan mejor que las preguntas difíciles. Una afirmación rotunda cabe en una imagen. La duda necesita espacio. La certeza puede repetirse. La curiosidad exige detenerse.

Y detenerse se ha vuelto casi una forma de resistencia.

Leer algo hasta el final.

Escuchar sin preparar una respuesta.

Mirar una pintura más de unos segundos.

Observar la Luna sin fotografiarla.

Preguntarle a alguien por qué piensa de cierta manera y permanecer lo suficiente para escuchar una respuesta que quizá complique la nuestra.

Nada de eso parece extraordinario.

Tal vez por eso lo sea.

Conservar algo que ya existe

Rachel Carson pensaba que los niños poseen de manera natural una sensibilidad hacia el misterio del mundo y que la tarea de los adultos no consiste tanto en enseñarles datos como en ayudarles a conservar esa disposición. The Sense of Wonder, publicado después de su muerte, surgió precisamente de su reflexión sobre la necesidad de nutrir el asombro infantil ante la naturaleza.

Me gusta que hablara de conservarlo.

No de fabricarlo.

Quizá el asombro no es una habilidad que debamos aprender, sino algo que alguna vez tuvimos y fuimos cubriendo con prisa, respuestas, preocupaciones y costumbre.

Aún aparece de vez en cuando.

Cuando entramos por primera vez en una ciudad.

Cuando miramos el cielo desde un lugar sin luces.

Cuando un niño nos hace una pregunta que no sabemos responder.

Cuando encontramos un fósil, escuchamos una historia improbable o descubrimos que una persona a la que creíamos conocer había guardado durante años una parte de sí misma.

Esos momentos abren una pequeña grieta.

Durante unos segundos el mundo deja de parecernos terminado.

Tal vez recuperar el asombro no exige viajar más lejos, saber menos ni fingir que todo es nuevo. Tampoco consiste en celebrar cada cosa como si nunca la hubiéramos visto.

Bastaría con prestar atención.

Mirar un poco más.

Resistir el impulso de buscar inmediatamente la respuesta.

Permitir que una pregunta permanezca abierta mientras caminamos con ella.

La curiosidad no es acumular datos. Es concederle a algo el tiempo suficiente para descubrir que todavía no lo comprendemos.

Aquella mañana el colibrí terminó alejándose.

No grabé el video.

No sé cuánto tiempo permanecí observándolo. Probablemente fueron apenas unos segundos. Después regresé a lo que estaba haciendo y el día continuó como cualquier otro.

Pero durante un instante recordé algo que había olvidado.

El mundo no se había vuelto menos interesante.

Yo había empezado a mirarlo demasiado deprisa.

Quizá la crisis de asombro no comenzó cuando dejamos de encontrar respuestas…

sino cuando dejamos de vivir como si todavía pudiera existir una pregunta capaz de cambiarnos.

¿Cuándo fue la última vez que miraste algo conocido y descubriste que, en realidad, nunca lo habías visto?

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