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Tener la razón es una droga…

Hoy quiero proponerte hacer un experimento.

O, pensándolo mejor…

quizá ya lo hiciste sin darte cuenta.

La próxima vez que le preguntes algo importante a una inteligencia artificial, observa qué sucede si la primera respuesta no coincide con lo que esperabas.

Tal vez pienses que le faltó contexto.

Y puede que tengas razón.

Así que agregas algunos detalles.

Frunces el ceño.

Reformulas la pregunta.

Cambias la instrucción.

Vuelves a intentarlo.

A veces, incluso descubres que la primera respuesta era demasiado superficial y la conversación mejora.

Pero otras veces…

sigues haciéndolo.

Una vez más.

Y otra.

Hasta que, finalmente, aparece una respuesta muy parecida a la que querías leer desde el principio.

Sonríes.

Levantas la pantalla hacia quien tienes enfrente y dices:

—¡¿Ves?! ¡Te lo dije! Hasta ChatGPT dice lo mismo que yo.

Si nunca te ha pasado, probablemente conoces a alguien a quien sí.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que el experimento nunca había sido sobre la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial no había revelado un problema nuevo.

Sólo había puesto un espejo frente a uno muy antiguo.

El espejo

Durante mucho tiempo pensé que las discusiones servían para descubrir quién tenía razón.

Que, si encontrábamos el dato correcto, el estudio definitivo o el argumento perfecto, cualquiera estaría dispuesto a cambiar de opinión.

Después de todo, ésa debería ser la función de una buena conversación.

Pero basta sentarse a escuchar cualquier discusión para empezar a sospechar que no funciona así.

Discutimos sobre política.

Sobre religión.

Sobre fútbol.

Sobre dietas.

Sobre vacunas.

Sobre marcas de teléfonos.

Sobre inteligencia artificial.

Cambiamos de tema…

pero rara vez cambia el resultado.

Nadie se levanta diciendo:

—Gracias. Nunca lo había visto de esa manera.

Y, si soy completamente honesto…

yo tampoco.

Entonces la pregunta dejó de ser por qué discutimos.

Pero verdadera pregunta era otra.

¿Por qué es tan difícil cambiar de opinión?

Cuando una idea deja de ser una idea

Creía que el problema era la falta de información.

Pensaba que, cuando alguien se aferraba a una idea equivocada, bastaba con mostrarle mejores argumentos.

Más datos.

Más evidencia.

Más lógica.

Con el tiempo descubrí que estaba confundiendo dos cosas muy distintas.

Una cosa es cambiar de opinón.

Otra muy distinta es cambiar la historia que contamos sobre quiénes somos.

Hay ideas que simplemente tenemos.

Y hay otras que terminan echando raíces.

Se mezclan con nuestros afectos.

Con nuestra familia.

Con nuestros amigos.

Con el grupo al que sentimos que pertenecemos.

Con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Y entonces ocurre algo curioso.

Dejar de defender una idea empieza a sentirse como dejar de defendernos a nosotros mismos.

Quizá por eso el psicólogo Leon Festinger describió hace décadas la disonancia cognitiva: esa incomodidad que aparece cuando dos creencias importantes chocan entre sí.

A nadie le gusta sentir esa tensión.

Así que intentamos hacerla desaparecer.

A veces cambiando de opinión.

Otras…

haciendo algo mucho más sencillo.

Cambiando la explicación.

Buscando una excepción.

Restándole importancia a la evidencia.

O encontrando cualquier argumento que nos permita seguir creyendo exactamente lo mismo.

Con los años aparecieron otros conceptos.

Uno de ellos recibió un nombre curioso: motivated reasoning, que podríamos traducir como razonar para defender aquello que ya queremos creer.

El nombre suena técnico. La idea es profundamente humana.

Nos gusta pensar que razonamos para descubrir la verdad.

Pero muchas veces razonamos para proteger aquello con lo que construimos nuestra identidad.

Y, de pronto, aquel experimento con la inteligencia artificial dejó de parecer una anécdota tecnológica.

Se convirtió en una radiografía de nosotros mismos.

Porque quizá no reformulábamos la pregunta para obtener una respuesta mejor.

Quizá la reformulábamos hasta obtener una respuesta que nos permitiera seguir siendo quienes creíamos ser.

Lo que realmente está en juego

Eso también explica por qué algunas discusiones parecen imposibles.

No porque falten argumentos.

Sino porque aceptar uno de ellos puede sentirse demasiado costoso.

Si una opinión también representa a mi familia…

a mi grupo…

a mi equipo…

a mi comunidad…

o a la imagen que tengo de mí mismo…

dejar de defenderla deja de ser una decisión intelectual.

Empieza a sentirse como una traición.

Y pocas necesidades humanas son tan profundas como la necesidad de pertenecer.

Nos gusta pensar que nuestras ideas nacen de un análisis objetivo.

Pero basta mirar alrededor para sospechar que muchas de ellas también cumplen otra función.

Nos ayudan a responder una pregunta silenciosa.

¿Quién soy?

Y, quizá más importante todavía…

¿con quién estoy?

Cuando los argumentos no bastan

Durante algunos años se habló mucho del backfire effect, o efecto rebote.

La hipótesis era fascinante.

Cuando una persona recibía evidencia que contradecía sus creencias, podía terminar aferrándose todavía más a ellas.

Era una idea poderosa. Quizá por eso se volvió tan popular.

Con el tiempo llegaron estudios que matizaron bastante esa conclusión.

Hoy sabemos que ese efecto existe en algunos contextos, pero la evidencia ya no permite considerarlo una regla general.

Lejos de debilitar la historia…

eso la vuelve más interesante.

Porque significa que no existe una sola explicación.

Cambiar de opinión depende del contexto.

Del momento.

Del tema.

De quién tenemos enfrente.

Y, sobre todo…

de cuánto sentimos que está en juego.

No somos computadoras procesando información.

Somos seres humanos intentando proteger una historia sobre quiénes creemos ser.

Después del ruido

Entonces volví a pensar en aquel experimento.

La inteligencia artificial nunca intentó convencerme de nada.

Sólo respondió a las preguntas que yo decidí hacerle.

Era yo quien elegía cuáles respuestas aceptar… y cuáles volver a cuestionar.

Era yo quien decidía cuándo una respuesta necesitaba más contexto…

y cuándo, en realidad, lo que necesitaba era parecerse un poco más a lo que ya pensaba.

En ese momento entendí que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para poner a prueba nuestras ideas.

O en una máquina increíblemente eficiente para reafirmarlas.

La diferencia no está en el algoritmo.

Está en nosotros.

Y sospecho que lo mismo ocurre con los libros que elegimos.

Con las noticias que compartimos.

Con los videos que vemos.

E incluso con las personas a las que les pedimos consejo.

No siempre buscamos respuestas.

Muchas veces buscamos confirmaciones.

Las ideas también necesitan tiempo

Pero hay algo que me parece todavía más interesante.

Las discusiones pocas veces cambian nuestra forma de pensar.

Lo que realmente la cambia es todo lo que ocurre cuando la discusión termina.

Cuando ya no tenemos que responder.

Cuando el ego deja de pelear.

Cuando el silencio empieza a hacer su trabajo.

Quizá por eso las personas rara vez cambian de opinión en medio de una discusión.

Casi siempre lo hacen después.

Cuando un libro las deja pensando.

Cuando una película sigue dando vueltas en la cabeza mucho después de que aparecieron los créditos.

Cuando una noticia les hace ruido.

Cuando un viaje las obliga a mirar el mundo desde otra perspectiva.

A veces un país lejano.

A veces, simplemente, la sala de la casa de alguien que entiende la vida de otra manera.

No cambiamos de opinión en el instante en que alguien termina un argumento.

Lo hacemos después.

Al volver a casa.

Cuando un libro insiste en una idea que preferíamos ignorar.

Viendo una película que nos deja incómodos.

Si una noticia se niega a desaparecer de la cabeza.

En un viaje que nos obliga a aceptar que el mundo también puede verse de otra manera.

O, simplemente, cuando el silencio empieza a hacer preguntas que nadie más hizo.

Tal vez no cambiamos porque alguien nos derrotó con mejores argumentos.

Quizá cambiamos porque, poco a poco, dejamos de sentir que hacerlo significaba perder.

Porque las ideas importantes casi nunca cambian en medio del ruido.

Maduran en voz baja, acunadas por una buena pregunta que se niega a marcharse.

La pregunta más difícil

Desde entonces intento discutir un poco menos.

Y preguntar un poco más.

No siempre lo consigo.

Todavía hay temas que despiertan en mí esa necesidad casi infantil de demostrar que tengo razón.

Pero ahora, cuando aparece ese impulso…

procuro hacerme una pregunta antes de responder.

No si el otro está equivocado.

Sino qué parte de mí se siente amenazada si resulta que tiene razón.

Porque empiezo a sospechar que tener razón se parece a una droga.

No porque produzca euforia.

Sino porque produce tranquilidad.

Nos reafirma.

Nos recuerda quién creemos ser.

Y quizá ése sea el verdadero riesgo.

Que llegue un momento en que ya no busquemos la verdad.

Sólo la tranquilidad de seguir teniendo razón.

Quizá ése sea el experimento más difícil de todos.

No preguntarle algo a una inteligencia artificial.

Sino atrevernos a hacer una pregunta cuya respuesta quizá no queramos escuchar… y escucharla de todos modos.

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