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No eres tan racional como crees…

Hace algún tiempo estaba viendo un partido de fútbol con unos amigos.

Hubo una jugada polémica dentro del área. Para unos era un penal clarísimo. Para otros, el delantero se había dejado caer. Lo curioso no fue que hubiera opiniones distintas. Lo sorprendente fue la seguridad con la que cada uno defendía la suya.

Nadie parecía estar mintiendo.

Nadie intentaba engañar a los demás.

Simplemente, cada quien estaba convencido de haber visto algo diferente.

Durante mucho tiempo pensé que eso ocurría porque unas personas analizaban mejor las cosas que otras. Que, con suficiente información, todos terminaríamos llegando a la misma conclusión.

Hoy ya no estoy tan seguro…

Con el tiempo descubrí que la explicación tenía menos que ver con la inteligencia y más con la forma en que funciona nuestro cerebro y los sesgos cognitivos que utiliza para ahorrar energía.

El cerebro ahorrador y el pensamiento rápido

Uno de los descubrimientos que más me ha hecho desconfiar de mis propias certezas vino de la mano del psicólogo Daniel Kahneman, cuando leí su libro Pensar rápido, pensar despacio.

Su propuesta es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda.

Nuestro cerebro tiene dos maneras de enfrentarse al mundo.

Una es rápida, automática e intuitiva. La usamos sin darnos cuenta. Reconoce rostros, termina frases antes de que acaben, interpreta gestos y toma decisiones en cuestión de segundos.

La otra es lenta. Requiere esfuerzo. Es la que usamos para resolver un problema matemático complicado, aprender algo nuevo o cuestionar una primera impresión.

Kahneman las llamó Sistema 1 y Sistema 2. Son dos formas de pnesar que explican buena parte de los sesgos cognitivos.

Lo interesante es que el primero lleva la mayor parte del trabajo.

Y tiene sentido.

Aunque apenas representa alrededor del dos por ciento de nuestro peso corporal, el cerebro consume cerca de una quinta parte de toda la energía que utilizamos. Si analizara cada decisión con calma, terminaríamos agotados antes de llegar al desayuno. Así que aprendió a ahorrar recursos utilizando atajos.

La mayoría de las veces esos atajos funcionan extraordinariamente bien.

El problema es que esos mismos atajos también pueden engañarnos.

Nuestro cerebro no fue diseñado para buscar la verdad. 

Fue diseñado para sobrevivir.

Los atajos mentales del cerebro

Y fue entonces cuando empecé a verlo por todas partes.

Si una noticia aparece una y otra vez en todos lados, terminamos creyendo que el problema es mucho más frecuente de lo que realmente es. Nuestro cerebro confunde facilidad para recordar con frecuencia real. Es lo que los psicólogos llaman heurística de disponibilidad.

También tendemos a buscar, casi sin darnos cuenta, la información que confirma lo que ya pensábamos y a ignorar la que nos contradice. Es el famoso sesgo de confirmación.

Por eso dos personas pueden leer exactamente las mismas noticias y salir todavía más convencidas de que tenían razón desde el principio.

Sucede cuando compramos un teléfono, un automóvil o una motocicleta. Si una marca nos dejó una buena impresión, tendemos a asumir que todo lo que fabrica será igual de bueno. Es el efecto halo.

Y también cuando negociamos un precio. El primer número que escuchamos, aunque sea completamente arbitrario, termina influyendo en cuánto estamos dispuestos a pagar. Ese es el efecto de anclaje.

Lo mismo ocurre en medicina.

Un paciente escucha una experiencia negativa sobre un tratamiento y esa historia pesa más que decenas de estudios bien realizados. No porque sea irracional, sino porque una historia concreta suele impresionar más que una estadística.

Una y otra vez…

Distintos nombres.

El mismo cerebro intentando simplificar un mundo demasiado complejo.

Todos ellos son ejemplos de lo que conocemos como sesgos cognitivos: atajos mentales que normalmente nos ayudan, pero que también pueden llevarnos a conclusiones equivocadas.

Cuando los sesgos nos hacen sentir seguros

Entre todos ellos hay uno que siempre me ha parecido especialmente irónico.

Se conoce como efecto Dunning-Kruger.

Describe cómo, en algunos temas, quienes menos saben pueden sentirse sorprendentemente seguros de lo que creen, mientras que quienes realmente dominan un campo suelen ser mucho más conscientes de todo lo que aún ignoran.

No significa que la confianza sea señal de ignorancia.

Pero sí nos recuerda que sentirse muy seguro no siempre es una prueba de tener razón.

Cuando perder pesa más que ganar

Y, si tuviera que elegir un solo sesgo para explicar muchas de nuestras decisiones, probablemente sería la aversión a la pérdida.

Perder nos duele más de lo que nos alegra ganar.

Por eso conservamos inversiones que ya no tienen sentido “para no perder”.

Seguimos en relaciones que dejaron de funcionar porque sentimos que irnos sería desperdiciar los años compartidos.

Defendemos ideas que quizá ya no creemos del todo, simplemente porque cambiarlas implica aceptar que estábamos equivocados.

A veces creemos que estamos defendiendo la verdad… cuando en realidad estamos defendiendo aquello que más nos dolería perder.


Desde que entendí esto, intento mirar las discusiones con un poco más de humildad.

No sólo las de política.

También las de fútbol, medicina, compras o cualquier conversación donde dos personas parecen vivir en mundos distintos.

Quizá ninguno de nosotros está viendo la realidad completa.

Ambos estamos observándola a través de los mismos atajos mentales que permitieron a nuestra especie sobrevivir… pero que también nos hacen tropezar una y otra vez.

Por eso dos personas honestas pueden mirar exactamente la misma realidad… y salir convencidas de haber visto cosas distintas.

Desde entonces intento hacerme una pregunta cada vez que estoy absolutamente convencido de algo.

No si el otro está equivocado…

Sino qué parte de mi certeza podría estar construida por un cerebro que, simplemente, intenta ahorrar un poco de energía.

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