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No todas las opiniones valen lo mismo…

Hace unos días me encontré leyendo una discusión en internet. No recuerdo sobre qué era; tampoco importa. Podía haber sido de política, de fútbol, de medicina o de cuál era la mejor manera de preparar un café.

Lo curioso era que ninguno parecía dispuesto a cambiar de opinión. No discutían para entender. Discutían para ganar.

Mientras iba leyendo los comentarios, me di cuenta de algo que me incomodó un poco. Había opiniones con las que yo estaba de acuerdo, pero cuyos argumentos eran terribles. Y otras con las que no coincidía, pero estaban mucho mejor construidas.

Durante mucho tiempo creí que una buena discusión consistía en descubrir quién tenía razón. Hoy empiezo a sospechar que la pregunta correcta era otra.

¿Cómo sabemos cuándo una idea merece ser tomada en serio?

Vivimos en una época extraordinaria. Nunca antes había sido tan fácil opinar. Basta con tener un teléfono, una cuenta en alguna red social y unos cuantos segundos de valentía.

Lo difícil nunca ha sido opinar.

Lo difícil es pensar.

Y pensar exige algo que cada vez parece más escaso… estar dispuesto a que los argumentos pesen más que nuestro orgullo.

Fue entonces cuando empecé a fijarme en algo curioso. Muchas discusiones distintas terminaban pareciéndose demasiado. Como si, detrás de millones de conversaciones, existieran siempre los mismos trucos disfrazados con palabras diferentes.

No eran personas distintas cometiendo errores distintos.

Eran los mismos errores… repitiéndose una y otra vez.

No me refiero a mentiras. Mentir es relativamente fácil de detectar. Hablo de argumentos que suenan convincentes, pero que, cuando uno los observa con calma, empiezan a desmoronarse.

Muchas de esas trampas reciben un nombre en lógica: falacias.

Lo verdaderamente sorprendente es que no pertenecen a un partido político, a una ideología ni a una religión. Los usan todos.

Y, si soy completamente honesto…

yo también.

Los atajos que toma nuestra mente… las falacias

Uno de los primeros que aprendí a reconocer es, probablemente, el más común.

Alguien publica una noticia sobre un delito cometido por un extranjero.

Casi de inmediato aparece un comentario.

—Todos son iguales.

Una sola historia.

Millones de personas juzgadas.

Nos parece absurdo cuando lo vemos así. Sin embargo, basta mirar un poco nuestra propia vida para descubrir que todos hemos caído alguna vez en esa trampa.

Conocemos a un médico grosero y concluimos que los médicos son prepotentes.

Nos atiende mal un funcionario y decidimos que todos los burócratas son iguales.

Una relación termina mal y sentenciamos que ya no quedan hombres buenos. O mujeres.

Nuestro cerebro tiene una extraña habilidad para convertir una anécdota en una regla. Es una forma de ahorrar energía. Generalizar es rápido. Entender la complejidad exige mucho más trabajo.

A veces la conversación toma otro camino.

—Creo que deberíamos regular un poco las redes sociales.

—¿Ah, sí? Entonces lo que tú quieres es censurar internet.

Eso nunca fue lo que la primera persona dijo.

Pero, de pronto, la conversación deja de girar alrededor de la idea original.

Nadie responde el argumento real.

Responden una versión exagerada, simplificada o incluso absurda de lo que en realidad dijiste.

Es mucho más fácil derribar un muñeco de paja que enfrentarse a una persona de carne y hueso.

Es una de las falacias más frecuentes en cualquier debate.

Por eso funciona tan bien.

En otras ocasiones ni siquiera discutimos las ideas.

Discutimos a quien las expresa.

—¿Y tú qué vas a saber?

—Ni siquiera terminaste la universidad.

—Claro… como eres rico.

O como eres pobre.

O porque eres de derecha.

O porque eres de izquierda.

El argumento permanece exactamente igual. Lo único que cambia es la persona que lo pronunció.

Es curioso que nos parezca tan evidente cuando alguien descalifica a un científico por su religión o a un periodista por su ideología… y, al mismo tiempo, nos resulte tan natural hacerlo cuando quien habla piensa distinto a nosotros.

Hay personas insoportables que tienen razón.

Y personas encantadoras que están completamente equivocadas.

Confundir ambas cosas suele ser el principio de una mala conversación.

Cuando sólo existen dos opciones

También están quienes sólo parecen conocer dos opciones.

O estás completamente conmigo…

o completamente contra mí.

O apoyas esta propuesta…

o quieres destruir el país.

O aceptas esta medida…

o no te importa la seguridad.

La realidad casi nunca funciona así.

La mayor parte de nuestras decisiones viven en esa enorme zona gris que tanto nos incomoda. Pero los extremos son mucho más fáciles de vender. Obligan a escoger entre dos caricaturas y hacen desaparecer todas las posibilidades intermedias.

Otras veces ni siquiera hace falta presentar pruebas. Basta con despertar un miedo.

—Si permitimos esto hoy, mañana cualquiera hará lo mismo. Después nadie respetará ninguna regla. Y acabaremos viviendo en el caos.

Tal vez.

O tal vez no.

Entre una decisión y una catástrofe suele haber muchos pasos que alguien decidió saltarse. Que algo pueda ocurrir no significa que necesariamente vaya a ocurrir.

Nuestro miedo suele llena los huecos con una facilidad impresionante. Muchas falacias funcionan precisamente así: aprovechan nuestros atajos mentales en lugar de responder al argumento.

No siempre tiene razón quien habla más fuerte

Algunas ideas parecen más fuertes simplemente porque mucha gente las repite.

—Millones de personas no pueden estar equivocadas.

Claro que pueden.

Durante siglos, millones de personas creyeron que el Sol giraba alrededor de la Tierra.

La verdad nunca ha organizado votaciones.

La realidad no cambia porque tenga más seguidores.

Algo parecido ocurre con la autoridad.

—Lo dijo un premio Nobel.

—Lo dijo un actor.

—Lo dijo un empresario exitoso.

—Lo dijo un médico.

Escuchar a quien sabe siempre es una buena idea.

Suponer que tiene razón únicamente por su prestigio… ya es otra muy distinta.

Cambiar de tema también es una estrategia

Con el tiempo descubrí otra respuesta casi automática.

—Pues ustedes hicieron lo mismo.

La he escuchado en política, en el fútbol, en discusiones de pareja y hasta entre hermanos.

No responde la pregunta.

No intenta justificar lo que ocurrió.

Simplemente cambia el foco de atención.

Es una forma elegante de decir:

—No quiero hablar de lo que hice.

Prefiero hablar de lo que hiciste tú.

Y, sorprendentemente, suele funcionar.

La conversación deja de buscar quién tiene razón y empieza a competir por descubrir quién fue menos hipócrita.

Después están los datos.

O, mejor dicho…

los pedazos de datos.

Elegimos únicamente las estadísticas que nos favorecen. Compartimos sólo los estudios que confirman lo que ya pensábamos e ignoramos todo lo demás.

No hace falta mentir.

Basta con contar únicamente la parte de la historia que nos conviene.

Pero, cuando los datos no alcanzan, solemos recurrir a algo todavía más poderoso: una historia.

—Mi abuelo fumó toda la vida y vivió noventa y cinco años.

—Conozco a alguien que nunca usó cinturón de seguridad y jamás tuvo un accidente.

Las historias personales nos conmueven. Las recordamos. Nos vemos reflejados en ellas. Pero una historia nunca sustituye a la evidencia. Si así fuera, bastaría conocer un solo caso para desmontar décadas de investigación.

Y, cuando ni los datos ni las historias parecen suficientes, nuestro cerebro hace una última pirueta.

Empecé a tomar este suplemento.

Mejoré.

Así que el suplemento fue la causa.

Quizá sí.

Quizá no.

Que dos acontecimientos coincidan no significa que uno haya provocado al otro. A veces la vida sucede y nosotros inventamos el hilo que une los puntos.

Porque nuestro cerebro detesta los vacíos.

Prefiere una explicación equivocada antes que reconocer un sencillo:

«No lo sé.»

Los argumentos que parecen completos

Las comparaciones también pueden engañarnos.

Sobre todo cuando parecen demasiado buenas para ser verdad.

—Regular las redes sociales es igual que prohibir los libros.

No.

Puede haber semejanzas.

Pero una semejanza no convierte dos cosas distintas en la misma cosa.

Las analogías sirven para ayudarnos a comprender una idea.

No para reemplazar el razonamiento.

Otras veces alguien afirma algo…

y espera que seas tú quien demuestre que está equivocado.

—Prueba que eso no existe.

—Demuéstrame que nunca pasó.

La responsabilidad de demostrar una afirmación debería recaer en quien la hace.

No en quien la cuestiona.

De lo contrario, cualquiera podría afirmar cualquier cosa y exigir que los demás demostraran lo contrario.

Mi favorita, tal vez, es una de las más discretas.

—No puedes demostrar que no sea cierto.

Y como no podemos demostrarlo…

algunos concluyen que debe ser verdad.

Pero nuestra ignorancia nunca ha sido una prueba.

No saber algo no convierte automáticamente en correcta la explicación que más nos gusta.

Puede que la más difícil de detectar sea ésta.

Consiste en usar la conclusión como si fuera la prueba.

—¿Por qué estás tan seguro de que ese periódico miente?

—Porque publica noticias falsas.

—¿Y cómo sabes que publica noticias falsas?

—Porque es un periódico que miente.

La conversación parece avanzar.

Pero, en realidad, nunca salió del mismo sitio.

La conclusión intenta demostrarse a sí misma.

Descubrir el truco… reconociendo falacias

Durante siglos, filósofos y estudiosos de la lógica fueron poniendo nombre a muchas de estas trampas del razonamiento. Hoy las conocemos como falacias. La palabra puede sonar técnica, pero todos nos hemos encontrado con ellas mucho antes de saber cómo se llamaban. Son argumentos que parecen sólidos hasta que uno los observa con un poco más de atención. Lo curioso es que no viven encerrados en los libros de filosofía. Están en la política, en los anuncios, en las sobremesas familiares, en las redes sociales… y, si somos honestos, también aparecen en nuestras propias conversaciones.

Carl Sagan decía que la ciencia era mucho más que un conjunto de conocimientos; era, sobre todo, una manera de pensar. Siempre me ha gustado esa idea porque, al final, aprender a reconocer una falacia no consiste en memorizar nombres. Consiste en desarrollar el hábito de preguntarnos si una idea es cierta… o simplemente nos resulta cómoda. Quizá ésa sea una de las mejores herramientas que podemos cultivar, no sólo para entender mejor el mundo, sino también para entendernos un poco mejor a nosotros mismos.

El argumento más difícil de cuestionar

Mientras aprendía a reconocer todos estos errores, descubrí algo que no esperaba.

El problema nunca habían sido únicamente los demás.

Era yo.

Porque encontré ejemplos de cada una de estas trampas en conversaciones que había tenido, en discusiones que creía haber ganado y en opiniones que defendí con una seguridad que hoy ya no tengo.

Y, curiosamente, eso no me hizo sentir más débil.

Me hizo sentir un poco más libre.

Porque dejar de cometer falacias no garantiza que tengamos razón. Pero sí aumenta mucho las posibilidades de acercarnos a ella.

Desde entonces intento discutir menos para vencer y más para entender. No siempre lo consigo. Hay días en los que mi orgullo responde antes que mis argumentos, y conversaciones en las que sigo confundiendo seguridad con razón. Sospecho que eso nunca desaparecerá por completo.

Quizá pensar bien se parezca mucho más a cuidar un jardín que a ganar un debate. No basta con arrancar una mala hierba una sola vez. Hay que volver una y otra vez, con paciencia, con humildad y con la disposición de aceptar que también nosotros podemos estar equivocados.

Bertrand Russell escribió que uno de los problemas del mundo era que los necios estaban completamente seguros de sí mismos, mientras las personas más sensatas vivían llenas de dudas. No sé si siempre tenga razón… pero cada vez entiendo mejor lo que quería decir.

Vivimos rodeados de opiniones. Eso ya no va a cambiar.

Lo que todavía depende de nosotros es decidir cuáles merecen quedarse un momento más en nuestra cabeza. Y, sobre todo… tener el valor de preguntarnos si las nuestras también lo merecen.

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