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Todo lo que no cabrá en una vida…

Hay una habitación que recuerdo con bastante claridad, aunque nunca he estado en ella.

Es pequeña. Tiene una ventana, un escritorio, algunos muebles modestos. Puedo imaginar la luz entrando con cierta timidez, el ruido de una oficina al otro lado de la puerta y a un hombre que, sin saberlo todavía, está a punto de enamorarse. No sabría dibujar un plano exacto. Tampoco podría describir el color de las paredes. Sin embargo, cuando pienso en Martín Santomé escribiendo su diario en La tregua, aquella habitación aparece en mi memoria con la familiaridad de un lugar al que alguna vez entré.

Lo extraño es que no existe.

O quizá sí, pero no de la forma en que existen mi casa, el consultorio o las calles que recorro todos los días. Nadie puede llevarme hasta ella. No podría volver para comprobar si la recordaba bien. Benedetti dejó algunas palabras sobre una página y mi imaginación hizo el resto. Ahora conservo el recuerdo de un sitio en el que nunca estuve y de un hombre que jamás conocí.

No es el único.

Recuerdo la fortaleza Bastiani, aunque nunca he esperado allí la llegada de un enemigo. Recuerdo el Hotel Metropol, a pesar de que jamás he bebido una copa con el conde Rostov. He viajado bajo el mar, entrado en casas que parecían respirar, examinado cadáveres junto a detectives insoportablemente atentos y sentido miedo en ciudades que sólo existieron mientras alguien las estaba leyendo.

¿Cuántos recuerdos que llevamos dentro pertenecen realmente a nuestra propia vida?

Recuerdos de lugares donde nunca estuvimos

Tal vez ésta sea una de las cosas más desconcertantes de los libros: terminan, regresan al estante y, sin embargo, dejan en nosotros algo parecido a una experiencia. No confundimos la ficción con lo vivido. Sé que nunca conocí a Martín Santomé. Pero esa certeza no impide que, al recordarlo, aparezca una emoción semejante a la que dejan algunas personas reales.

Durante años pensé que leer consistía, sobre todo, en conocer historias. Ahora empiezo a sospechar que ocurre algo más extraño. Mientras leemos no sólo sabemos lo que le sucede a alguien. Durante unas horas aceptamos mirar desde un lugar que no es el nuestro.

Y eso importa porque una vida, incluso una vida larga, resulta inevitablemente pequeña.

Nacemos en una época que no escogemos, dentro de un cuerpo, una familia y una geografía determinadas. Podemos viajar, cambiar de oficio, aprender otros idiomas, amar a distintas personas, equivocarnos muchas veces. Aun así, la mayor parte de las vidas posibles permanecerá fuera de nuestro alcance. Nunca sabremos por experiencia propia lo que significa crecer en otro siglo, esperar una guerra detrás de los muros de una fortaleza o descubrir que el Estado pretende gobernar incluso las palabras con las que pensamos.

Tampoco podremos ocupar todos los lugares de nuestra propia época. No seremos al mismo tiempo médico y explorador, víctima y verdugo, anciano y niño, detective y sospechoso. Algunas puertas se cierran apenas elegimos abrir otras.

Pero a veces basta sentarse, abrir un libro y comenzar a leer para que una de esas puertas imposibles ceda un poco.

Una vida inevitablemente pequeña

Julio Verne permitió que generaciones enteras descendieran al centro de la Tierra antes de subir a un tren. Muchos de sus lectores recorrieron océanos, volcanes y continentes sin haber salido de la ciudad en la que nacieron. No conocieron esos lugares como se conoce una fecha o una coordenada. Escucharon el crujido de una embarcación, imaginaron la oscuridad debajo del mar y sintieron el vértigo de avanzar hacia un sitio que nadie podía asegurar que existiera.

Yo también he comenzado un libro y he terminado abriendo mapas, buscando ciudades, siguiendo expediciones o tratando de entender una época. Un libro conduce a otro y después a una pintura, una canción, una pregunta científica o un viaje. Ya hemos hablado de esa curiosidad que se mueve por caminos inesperados. Pero aquí sucede algo distinto. Antes de investigar el mundo al que el libro nos lleva, hemos vivido un momento dentro de él.

Acompañar no es lo mismo que saber

Saber que alguien espera no es lo mismo que esperar a su lado.

Podemos resumir El desierto de los tártaros diciendo que Giovanni Drogo pasa buena parte de su existencia aguardando una batalla que dé sentido a su vida. La idea cabe en una oración. Lo que no cabe es la espera. Para acercarnos a ella tenemos que permanecer con Drogo mientras los días dejan de parecer días y empiezan a convertirse en años; mientras aquello que iba a ser provisional adquiere la forma de una vida completa.

Desde fuera resulta fácil juzgarlo. Bastaría decir que debió marcharse, que desperdició el tiempo, que nadie tendría que postergar su vida a la espera de un acontecimiento extraordinario.

Dentro de la fortaleza la respuesta ya no parece tan sencilla.

La narración nos concede algo que rara vez tenemos frente a las decisiones ajenas: tiempo. En la vida real solemos encontrarnos con el resultado. Vemos al hombre que permaneció demasiado, a la mujer que volvió con quien le hacía daño, al amigo que dejó pasar una oportunidad. Observamos el último movimiento y creemos entender toda la partida.

Una novela puede obligarnos a retroceder. Nos muestra las pequeñas renuncias, las esperanzas razonables, los temores que nadie confesó, las decisiones insignificantes que fueron cerrando las salidas. No convierte en correcta cualquier elección. Sólo impide que la juzguemos como si hubiera ocurrido en el vacío.

Ensayar la mirada de otra persona

Quizá ahí comienza esa capacidad que los psicólogos llaman teoría de la mente: el esfuerzo por imaginar que otras personas poseen pensamientos, deseos, miedos e intenciones distintos de los nuestros. Lo hacemos todos los días. Tratamos de adivinar por qué alguien guardó silencio, qué quiso decir con una frase o qué estará pensando mientras nos mira.

La ficción parece un territorio especialmente fértil para ensayar ese movimiento. Un personaje actúa, pero no siempre nos entrega sus razones. Tenemos que seguir sus gestos, recordar lo que oculta, sospechar de lo que dice y construir una mente detrás de las palabras.

Agatha Christie lo convirtió en juego. Después de acompañar a Poirot, uno empieza a mirar con cierta desconfianza una taza fuera de lugar, una hora mencionada con demasiada precisión o la aparente inocencia de quien se apresura a explicar algo que nadie le preguntó. Durante unas páginas aprendemos a sospechar como un detective. Cerramos el libro y quizá observamos el mundo de otra manera, aunque sólo sea hasta la hora de cenar.

Otros libros nos prestan miradas bastante más incómodas.

Leer El extranjero no significa aprobar a Meursault. Camus no nos pide que lo defendamos. Nos obliga a permanecer cerca de un hombre cuya relación con el dolor, las convenciones y la muerte puede resultarnos ajena e incluso irritante. Desde fuera podríamos resolverlo con una etiqueta. Desde dentro, la etiqueta empieza a quedar pequeña.

Tal vez ésa sea una de las diferencias entre saber que algo ocurre y acompañar a alguien mientras le ocurre. Los datos nos dicen cuántas personas sufren una guerra, una enfermedad, una condena o una pérdida. Son indispensables. Nos permiten medir el mundo. Pero una historia puede detenerse en una sola persona y mostrarnos cómo se modifica una mañana cuando el miedo entra en ella.

Viktor Frankl escribió desde una experiencia histórica que la mayoría de nosotros conoce sólo de lejos. Leer El hombre en busca de sentido no nos permite afirmar que comprendemos un campo de concentración. Sería una falta de respeto suponerlo. Ningún libro puede transferir el hambre, el frío, la humillación o el miedo de quien estuvo allí.

Lo que sí puede hacer es impedir que aquella experiencia permanezca reducida a una cifra. Durante un momento escuchamos a alguien que intenta conservar una razón para vivir dentro de un lugar construido para destruirla. No vivimos su sufrimiento. Nos acercamos a la forma en que él trató de comprenderlo.

La distancia sigue existiendo, pero ya no es la misma.

Lo que la ciencia puede decir sobre la ficción

La ciencia ha intentado averiguar si ese desplazamiento sobrevive fuera de las páginas. Algunos estudios encontraron que quienes leen ficción con frecuencia obtienen mejores resultados en ciertas pruebas relacionadas con la comprensión de otras mentes. También se propuso que leer unas páginas de ficción literaria podía producir una mejoría inmediata.

La idea era hermosa. Quizá demasiado.

Varios intentos posteriores no consiguieron repetir con claridad ese efecto inmediato. Los metaanálisis encuentran, en el mejor de los casos, beneficios pequeños y difíciles de separar de otras posibilidades: tal vez la ficción ejercite nuestra capacidad de comprender a otros, pero también es posible que quienes ya sienten mayor interés por otras mentes busquen más historias. Influyen la educación, el lenguaje, el tipo de texto, la atención del lector y hasta la manera en que intentamos medir algo tan complejo como la empatía.

Por eso no podemos decir que leer nos vuelva automáticamente mejores personas. La historia está llena de lectores cultos capaces de una crueldad extraordinaria. Un libro también puede reforzar prejuicios, encerrarnos en mundos parecidos al nuestro o enseñarnos a comprender a alguien sin que por eso nos importe su dolor.

La literatura no es una vacuna contra la indiferencia.

Pero quizá tampoco necesite serlo para transformar algo.

Un mapa un poco más grande

Mientras una historia nos atrapa, hacemos un trabajo silencioso. Construimos habitaciones que no vemos. Prestamos una voz a quien sólo tiene tinta. Imaginamos lo que un personaje sabe y también lo que ignora. A veces comprendemos sus decisiones; otras, las rechazamos. En cualquier caso, hemos permanecido durante un tiempo dentro de una lógica que no era la nuestra.

No salimos necesariamente más bondadosos. Salimos con un mapa un poco más grande.

En ese mapa existen formas de amar que no hemos vivido, pérdidas que todavía no nos alcanzan y miedos que probablemente nunca conoceremos. También hay épocas anteriores a nuestro nacimiento y futuros que quizá nadie llegará a ver. Orwell no se limitó a explicar cómo un poder político puede deformar la verdad. Construyó un mundo donde era posible sentir el cansancio de vigilar cada gesto y descubrir que, cuando alguien controla las palabras, también estrecha aquello que puede pensarse.

Una idea puede discutirse desde fuera.

Una narración nos permite habitar sus consecuencias.

Cervantes llevó esta relación entre lectura y vida hasta un lugar más extraño. Alonso Quijano leyó tanto que el mundo dejó de bastarle tal como era. Ya no vio ventas, rebaños o campesinas. Vio castillos, ejércitos y damas. Sus libros no ampliaron simplemente su realidad: terminaron reorganizándola.

Solemos recordar aquello como una forma de locura. Sin embargo, quizá nos incomoda porque exagera algo que todos los lectores hacemos. Ninguno sale a pelear contra molinos, pero algunos libros alteran durante años nuestra manera de mirar la justicia, el amor, la muerte o el tiempo. Nos proporcionan palabras para emociones que ya sentíamos sin saber nombrarlas. Y una emoción cambia cuando por fin tiene nombre.

Después de La tregua, la rutina ya no parece del todo vacía. Puede contener una vida que espera, casi sin atreverse, una última oportunidad. Después de Buzzati, ciertas promesas de “algún día” adquieren un sonido peligroso. Después de Camus, algunas certezas dejan de resultar tan cómodas. No porque esos autores nos hayan entregado respuestas, sino porque nos dejaron recuerdos con los cuales pensar.

Recuerdos de hechos que nunca ocurrieron.

Recuerdos de hechos que nunca ocurrieron

Ésa es la paradoja que más me interesa. Una conversación inventada puede acompañarnos durante décadas. Una muerte ficticia puede dolernos. Podemos extrañar a una persona que jamás estuvo viva y sentir nostalgia por una ciudad construida con palabras. Sabemos que nada de aquello nos sucedió y, al mismo tiempo, reconocemos que sucedió en algún lugar de nosotros.

Quizá por eso ciertos personajes permanecen en la memoria casi como personas a las que conocimos hace mucho. Con el paso de los años olvidamos partes de la trama, confundimos escenas y perdemos nombres. Pero conservamos una impresión: la manera en que alguien aguardaba frente a una ventana, una decisión que no comprendimos hasta mucho después, el silencio que quedó cuando cerramos el libro.

Nuestra vida seguirá siendo una sola. Ninguna biblioteca puede cambiar eso. Habrá países que no visitaremos, oficios que nunca aprenderemos, personas a las que no llegaremos a conocer y versiones de nosotros mismos que quedarán sin existir.

Tal vez leer no corrija ese límite.

Tal vez sólo abra pequeños pasadizos dentro de él.

Esta noche podría quedarme en casa y, aun así, acompañar a un hombre que espera detrás de los muros de una fortaleza. Podría recorrer un océano que no aparece en ningún mapa, investigar una muerte ocurrida hace cien años o despertar en un futuro donde hasta mis pensamientos fueran sospechosos. Después cerraría el libro, apagaría la luz y volvería a ser yo.

Pero ¿seguiría siendo únicamente el mismo que comenzó a leer?

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