Durante mis diez días en Marruecos tomé varias fotografías, aunque esta vez fui menos impulsivo al hacerlas. Fotografié patios, callejones, monumentos y dunas. También a personas, intentando conservar algo de la vida cotidiana que ocurría mientras yo recorría esos lugares.
La pregunta apareció después, durante la primera revisión de las imágenes. Quería seleccionar algunas para compartir y fui pasando de una a otra: la belleza que había ido a buscar, escenas de la calle, momentos que me gustaría recordar. Me gustaba lo que cada fotografía había conseguido guardar. Al mismo tiempo, recordaba cosas que no aparecían en ella.
Una fotografía nunca muestra todo lo que ocurrió frente a la cámara. A veces dejamos algo fuera deliberadamente para acercarnos a lo que nos llamó la atención. Otras veces ni siquiera advertimos lo que quedó fuera hasta mucho después. El encuadre conserva una parte de la realidad, pero también puede hacer que esa parte parezca una explicación completa.
No siento necesidad de disculparme por fotografiar lo hermoso. Fui a ver las madrasas, los zocos y las dunas. Me gustaron. Compré recuerdos. El Sahara me dejó con la boca abierta. Tampoco creo que fotografiar a alguien en su vida cotidiana me haya permitido comprender su vida por conservar un instante de ella.
Mientras elegía qué imágenes compartir, empecé a notar que hacía algo más que ordenar fotografías. Estaba decidiendo qué versión de Marruecos contar.
Una cercanía inesperada
Algunas cosas que encontré fuera de esas fotografías me resultaron familiares.
Había conversaciones que comenzaban con una oferta antes de llegar al asunto principal. La comida reunía a las personas. En ciertos mercados reconocía esa mezcla de comercio, charla y movimiento que también existe en México. Por momentos, la distancia que imaginaba entre ambos países se acortaba.
Esa cercanía no resolvía las diferencias. Las volvía más difíciles de despachar.
En Marruecos percibí la religión de una manera mucho más visible en la vida cotidiana y en ciertas expectativas sociales. En algunas conversaciones, al preguntar por qué algo debía hacerse de determinada forma, la explicación terminaba en una frase: «porque así lo dice el Corán».
Me quedé pensando en lo que ocurre cuando una respuesta así cierra una pregunta. Para quien comparte esa fe, puede remitir a una autoridad profunda. Para quien pregunta desde fuera, abre otras dudas: quién interpreta el texto, quién decide qué conducta exige y cuánto espacio queda para disentir. No podría deducir de unas conversaciones cómo viven esas preguntas todos los marroquíes.
También está la dimensión política. En Marruecos el islam es la religión del Estado y el rey tiene una función religiosa como Comendador de los Creyentes. La relación entre fe y gobierno no es una impresión que yo haya sacado sólo de observar la calle. Me pregunto cómo se discute una decisión pública cuando la autoridad política también habla desde ese lugar. Y me pregunto quién puede discutirla sin pagar un costo.
Al pensar en México, sería fácil tranquilizarme recordando que nuestra Constitución establece una república laica y la separación entre el Estado y las iglesias. Esa diferencia existe y tiene consecuencias. Pero el texto constitucional tampoco describe por sí solo nuestra vida pública. Conocemos a políticos que invocan símbolos religiosos para ganar cercanía o legitimidad, y conversaciones en las que una creencia se presenta como argumento suficiente para decidir sobre la vida de quienes no la comparten.
No son situaciones idénticas. La diferencia entre ambos países no borra la pregunta por las formas en que la religión adquiere poder político en cada uno.
Algo parecido me ocurrió al observar las expectativas sobre mujeres y hombres en ciertos espacios. Hubo cosas que me incomodaron y no quiero disolver esa incomodidad diciendo que se trata de otra cultura. Las restricciones a la libertad de una mujer merecen ser cuestionadas allí donde aparezcan. Al mismo tiempo, al volver mentalmente a México, recordé cuántas veces nosotros llamamos broma, costumbre o protección a maneras de limitar esa misma libertad.
Mirar hacia mi país no vuelve menos importante lo que observé en Marruecos. Me impide reservar la crítica para cuando resulta cómoda.
Lo que una conversación no puede representar
Había llegado con imágenes previas, como llegamos casi siempre a un lugar. Algunas eran hermosas: patios, colores, desierto. Otras mezclaban cosas que conviene distinguir: islam, cultura árabe, gobierno, velo, fundamentalismo. En esa mezcla, además, apenas quedaba sitio para la identidad berebere y las raíces africanas de Marruecos.
Las conversaciones no sustituyeron una versión por otra más completa. Hicieron algo menos satisfactorio: me obligaron a separar preguntas que antes llevaba juntas. Que una persona sea musulmana no me dice qué piensa sobre su gobierno. Que una práctica social se justifique mediante la religión no significa que todos los creyentes la entiendan del mismo modo. Y los grupos fundamentalistas no adquieren el derecho a representar a millones de personas por aparecer con frecuencia en las noticias.
En algunas conversaciones percibí también una imagen bastante reducida de Occidente: sociedades individualistas, familias que se deshacen, decadencia moral. Había críticas que merecían atención. Lo inquietante era reconocer el procedimiento por el que unos ejemplos, elegidos entre muchos, podían terminar hablando en nombre de sociedades enteras.
Conocía bien ese procedimiento. Yo mismo había llegado con una colección de ejemplos seleccionados sobre Marruecos.
Podría contar el viaje como una historia en la que descubrí que mis ideas eran equivocadas y salí con otras mejores. Sería una historia limpia, pero no sé si sería honesta. Algunas impresiones se complicaron; otras preguntas se hicieron más urgentes. Sigo creyendo que ciertas prácticas deben criticarse, aunque ahora me cueste más explicar a quién se las atribuía antes de viajar.
Tampoco quiero fingir que unas conversaciones me dieron acceso a un país escondido detrás de sus monumentos. Pasé diez días allí. Escuché a algunas personas y dejé de escuchar a muchísimas más. La vida cotidiana que intenté fotografiar continuó cuando yo bajé la cámara y seguí mi camino.
Esa limitación volvió a aparecer cuando preparé tres textos para compartir el viaje. En uno hablaba de la belleza. En otro, de las semejanzas y diferencias con México. En el tercero, de las imágenes que construimos de quienes viven lejos. Los tres decían algo que había pensado durante esos días. Ninguno alcanzaba a contener a los otros dos.
Al revisar las fotografías me había preguntado qué quedaba fuera de cada encuadre. Al escribir descubrí que ocurría lo mismo con las palabras. Podía escoger una conversación que confirmara mi crítica y omitir otra que la complicara. Podía mostrar únicamente aquello que me maravilló. Podía incluso convertir mis dudas en una conclusión demasiado ordenada.
No sé cómo contar Marruecos sin escoger. Cada fotografía y cada frase exigen una elección. Quizá lo que puedo evitar es olvidar que la hice, o presentar el resultado como si no hubiera quedado nada fuera.
Salí de Marruecos con fotografías que me gustan y preguntas que no salen en ellas. Diez días no bastan para conocer un país. Apenas me alcanzaron para mirar con más atención lo que daba por sabido sobre él, sobre México y sobre mí.
Y ahora me pregunto algo que ya no se limita a los lugares lejanos: cuando creo tener una imagen terminada de alguien cercano, ¿cuánto tiempo llevo sin mirar lo que dejé fuera?

