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Lo que decimos cuando no sabemos…

Alguien nos pregunta qué pensamos.

No se trata de una pregunta sencilla. Acaba de ocurrir algo, apenas conocemos una parte de la historia y cualquier respuesta exigiría información que todavía no tenemos. Sin embargo, la pausa comienza a incomodarnos. Dos o tres segundos bastan para que el silencio parezca demasiado largo.

Entonces hablamos.

No porque hayamos comprendido, sino porque sentimos que deberíamos haber comprendido ya. Reunimos un dato leído de prisa, una impresión, algo que escuchamos en otra conversación y, con esas piezas mal acomodadas, construimos una respuesta que suene completa.

Tal vez incluso nos escuchamos decirla con una seguridad que no teníamos unos segundos antes.

La pregunta original podía esperar. Nuestra imagen frente a la otra persona, al parecer, no.

El silencio que parece ignorancia

Hemos aprendido a relacionar la seguridad con la competencia. Confiamos en quien responde sin titubear, mantiene la mirada y no deja espacios vacíos entre una afirmación y la siguiente. En cambio, alguien que reconoce matices, corrige una frase mientras la pronuncia o admite que necesita pensarlo puede parecernos menos preparado.

Aunque quizá esté haciendo algo más difícil: permitir que escuchemos el límite de lo que sabe.

Una respuesta firme tranquiliza. Nos entrega la sensación de que el asunto tiene una forma definida, de que alguien entiende lo que está ocurriendo y de que podemos dejar de buscar. La duda hace lo contrario. Devuelve el problema a la habitación.

Por eso decir «no lo sé» puede sentirse como llegar con las manos vacías. No ofrece una conclusión, no protege nuestro prestigio y tampoco garantiza que los demás interpretarán la pausa como honestidad. Podrían pensar que no estudiamos, que no prestamos atención o que no tenemos criterio.

Y a veces tendrían razón.

No saber no es una prueba de inteligencia. Puede ser falta de preparación, indiferencia o simple desconocimiento. También podemos utilizar un «no sé» para terminar una conversación que no nos interesa. La frase no se vuelve honesta por el solo hecho de pronunciarla.

Pero existe otro «no lo sé». Uno que no cierra la pregunta, sino que se niega a cerrarla antes de tiempo. Significa que conocemos una parte, pero no el conjunto; que nuestra experiencia no alcanza para convertirla en regla; que hay varias explicaciones posibles o que todavía no aparece evidencia suficiente para escoger entre ellas.

Ese «no lo sé» no llega con las manos vacías.

Trae un mapa de los lugares que aún no hemos recorrido.

La seguridad también puede equivocarse

Todos hemos improvisado una explicación para no parecer ignorantes. A veces comenzamos con una opinión débil y terminamos defendiéndola con fuerza sólo porque ya la pronunciamos delante de alguien.

Sucede algo extraño cuando una respuesta sale de nuestra boca: deja de ser únicamente una posibilidad y comienza a parecernos una posición. Ya no estamos examinando si es cierta. Estamos intentando no contradecir a la persona que éramos hace treinta segundos.

La velocidad nos compromete antes de que el pensamiento alcance a llegar.

Las redes sociales intensifican esta presión, pero no la inventaron. Premian las frases concluyentes, las posiciones reconocibles y las respuestas que caben en poco espacio. Sin embargo, mucho antes de publicar cualquier cosa ya habíamos aprendido a llenar los silencios. Lo hacemos durante una comida, en una reunión, al comentar una noticia o cuando alguien nos pide una opinión sobre un problema cuya complejidad apenas empezamos a conocer.

No siempre nos engaña la información que recibimos. A veces nos engaña el tono con el que nosotros mismos la repetimos.

Podemos sentirnos completamente seguros y estar equivocados. Nuestra confianza no siempre crece al mismo ritmo que nuestro conocimiento. A veces basta con conocer una parte del problema para creer que ya vemos el conjunto. También podemos tener buenas razones para sostener algo y reconocer, al mismo tiempo, que queda un margen de incertidumbre. La sensación de certeza ocurre dentro de nosotros; la verdad no tiene obligación de corresponderle.

Quizá una parte de la inteligencia consista en observar esa distancia.

Los psicólogos llaman metacognición a nuestra capacidad para evaluar nuestros propios procesos mentales. El término puede sonar más complicado que la experiencia que describe. Es ese instante en que no sólo pensamos una respuesta, sino que intentamos reconocer cuánto confiamos en ella y por qué.

No se trata de desconfiar de todo. Se trata de distinguir entre saber, creer que sabemos y advertir que todavía no sabemos lo suficiente.

Lo difícil es que esa evaluación tampoco es perfecta. Podemos equivocarnos acerca de nuestra propia equivocación. Podemos dudar de una respuesta correcta por miedo, o confiar en una respuesta falsa porque nos resulta familiar. Mirarnos pensar no nos convierte en jueces imparciales de nosotros mismos.

Sólo añade una pausa.

Y algunas veces esa pausa evita que una impresión se disfrace de conclusión.

La obligación de saberlo todo

Michel Foucault decía desconfiar incluso de la palabra «intelectual». No porque despreciara el trabajo del pensamiento, sino porque esa etiqueta puede convertir a una persona que sabe mucho sobre algo en alguien de quien esperamos respuestas para todo.

Foucault rechazaba esa figura del intelectual universal: la voz que pretende hablar en nombre de la verdad y decirles a los demás qué deben pensar o cómo deben vivir. Imaginaba una tarea más modesta y, quizá por eso, más incómoda: examinar desde un campo concreto aquello que aceptamos como evidente, sin confundir conocimiento con autoridad absoluta.

Tal vez la inteligencia no se reconozca por la cantidad de preguntas que alguien puede responder, sino también por saber ante cuáles ya no tiene derecho a fingir que sabe.

Pero no hace falta que los demás nos llamen intelectuales para caer en esa tentación. Basta con que alguna vez hayan confiado en nuestra opinión. Basta con haber acertado antes, tener experiencia en un área o disfrutar la sensación de ser la persona a quien otros consultan.

El prestigio, incluso en pequeñas cantidades, puede volverse una obligación. Si esperan que sepamos, reconocer una duda parece decepcionarlos. Y entonces respondemos fuera de los límites de nuestra experiencia, como si admitir una frontera pudiera borrar todo lo que sí conocemos.

También participamos del otro lado. Preguntamos a un médico sobre política, a un empresario sobre educación, a un actor sobre ciencia o a un escritor sobre cualquier asunto imaginable. Después confundimos la visibilidad de su respuesta con el valor de sus razones.

No siempre buscamos a quien sabe.

A veces buscamos a quien ya reconocemos.

Una pregunta bien formulada

La ciencia suele presentarse como un conjunto de respuestas. Recordamos nombres, leyes, tratamientos, cifras y descubrimientos. Pero, vista desde dentro, también es una manera de organizar lo que todavía no sabemos.

Una investigación puede comenzar cuando alguien consigue formular una duda con precisión. No basta con decir que algo es misterioso. Hay que distinguir qué se observó, qué explicación se propone, qué resultado la pondría en problemas y hasta dónde permite llegar la evidencia disponible.

Una hipótesis puede estar bien fundamentada sin convertirse en una verdad intocable. Puede haber sobrevivido pruebas exigentes y seguir expuesta a corrección. Ésa no es una debilidad vergonzosa del conocimiento científico. Es una de las condiciones que le permiten avanzar.

Claro que la ciencia la hacemos seres humanos. También hay egos, incentivos, resistencias, errores y personas que se enamoran de sus propias explicaciones. Una bata, una publicación o un título académico no eliminan nuestra necesidad de tener razón.

Pero la práctica científica conserva una idea valiosa: una explicación no se fortalece fingiendo que ya no puede equivocarse. Se fortalece cuando sabemos qué evidencia la sostiene y qué evidencia nos obligaría a revisarla.

Fuera del laboratorio, rara vez hablamos de hipótesis. Aun así, podríamos aprender algo de esa provisionalidad. Podemos decir que esto es lo que entendemos hasta ahora, que éstas son nuestras razones y que existen datos capaces de hacernos cambiar.

Eso no vuelve equivalentes todas las opiniones. Algunas cuentan con mucha más evidencia que otras. Reconocer un margen de incertidumbre no significa que cualquier respuesta sea igualmente válida. Significa no pedirle a una conclusión más de lo que realmente puede darnos.

Dudar con precisión puede exigir más conocimiento que responder con ligereza. Quien observa un problema desde lejos quizá vea una salida evidente. Quien se acerca comienza a distinguir condiciones, excepciones y consecuencias que antes no estaban a la vista.

Aunque descubrir la complejidad también puede ofrecernos un escondite.

Cuando la prudencia se vuelve refugio

Hay una duda que nos protege. Nos lleva a comprobar una acusación antes de repetirla, a buscar la fuente de una noticia, a escuchar otra explicación o a reconocer que una experiencia personal no basta para describir la vida de todos.

Y hay otra duda que parece prudencia, pero en realidad espera una garantía imposible.

Pedimos una opinión más, leemos otra comparación, imaginamos una nueva consecuencia. Nos decimos que todavía estamos investigando, aunque la siguiente respuesta difícilmente cambiará lo que ya sabemos. No buscamos comprender mejor. Buscamos una certeza que nos evite cargar con el resultado.

La frontera entre ambas dudas no está marcada en el suelo. Una pausa razonable puede alargarse hasta convertirse en refugio. Una investigación necesaria puede continuar mucho después de haber dejado de aportar algo. Incluso podemos adornar el miedo con palabras como cautela, análisis o responsabilidad.

¿Cuánta seguridad necesitamos antes de actuar?

No hay un porcentaje que sirva para todas las decisiones. No exigimos la misma evidencia para compartir una noticia que para elegir un tratamiento. Tampoco tienen el mismo costo equivocarnos en una recomendación de lectura que acusar a una persona o abandonar un proyecto de vida.

Pero vivir exige decidir con información incompleta.

No sabemos si una relación funcionará, si un cambio profesional resultará acertado o si extrañaremos aquello que estamos a punto de dejar. Podemos reunir razones, evaluar riesgos y escuchar a quienes conocen mejor el terreno. Lo que no podemos obtener es una visita de nuestro futuro que venga a confirmar la elección.

Aun así, elegimos.

O dejamos que el tiempo elija por nosotros, que también es una manera de hacerlo.

La duda puede evitar una decisión precipitada. También puede ayudarnos a conservar todas las posibilidades abiertas para no pagar el precio de ninguna. Mientras no escogemos, imaginamos que todavía podríamos vivir cada una de las vidas disponibles. Pero las posibilidades no permanecen inmóviles mientras pensamos. Algunas se cierran sin hacer ruido.

Tal vez por eso confundimos con frecuencia la certeza con el permiso. Decimos que actuaremos cuando estemos seguros, pero en ocasiones lo que esperamos es sentirnos libres de responsabilidad. Si el resultado pudiera conocerse de antemano, ya no tendríamos que decidir: bastaría con obedecerlo.

Elegir sin fingir

La duda madura no elimina el compromiso. Lo vuelve más consciente.

Podemos tomar una decisión y reconocer al mismo tiempo que no conocemos todas sus consecuencias. Podemos comprometernos con una respuesta sin convertirla en parte inamovible de nuestra identidad. Podemos actuar con las mejores razones disponibles y conservar la capacidad de corregir el rumbo.

Eso exige dos incomodidades a la vez.

La primera es admitir que no sabemos.

La segunda es aceptar que, incluso después de admitirlo, quizá tengamos que elegir.

Resulta tentador resolver la tensión quedándonos sólo con una mitad. Podemos fingir seguridad para avanzar sin sentir el vértigo de la incertidumbre. O podemos seguir dudando para no sentir el peso de una elección. En un caso ocultamos lo que ignoramos. En el otro utilizamos lo que ignoramos para no movernos.

Quizá la inteligencia no consista siempre en encontrar rápidamente una respuesta. A veces consiste en reconocer con cierta precisión qué sabemos, qué estamos suponiendo y qué continúa fuera de nuestra vista.

Pero reconocerlo no decide por nosotros.

La duda puede abrir una investigación, corregir el exceso de confianza o impedir una injusticia. También puede convertirse en la habitación tranquila donde esperamos que el riesgo desaparezca solo. Y acaso una misma duda pueda ser ambas cosas en momentos distintos: primero una forma de mirar mejor; después, una forma de no salir.

No necesitamos presentarnos ante cada decisión como si ya conociéramos el desenlace. Tampoco podemos pedirle a la incertidumbre que nos excuse para siempre.

Si ninguna certeza vendrá a elegir por nosotros, ¿qué necesitamos comprender antes de atrevernos a avanzar?

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