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Llegar tarde a nosotros mismos…

Mi viaje por Marruecos y Andalucía ya comenzó.

Durante mucho tiempo existió únicamente como una posibilidad: lecturas, mapas, lugares guardados, conversaciones, un itinerario que cambiaba mientras intentaba convertir el deseo en algo que pudiera ocurrir de verdad. Ahora hay boletos, fechas y decisiones que ya no pertenecen al futuro.

En un aeropuerto, llegar tarde tiene un significado bastante preciso. Existe una hora. Una puerta se cierra. El avión parte sin nosotros.

En la vida resulta más difícil saberlo.

No hay una pantalla que anuncie que acaba de cerrarse la puerta de una vocación, un proyecto, un amor, una conversación o una versión de nosotros mismos. Tampoco sabemos si aquello que sentimos como retraso realmente lo es. Tal vez perdimos una oportunidad. Tal vez todavía no estábamos preparados. Tal vez confundimos paciencia con miedo. Tal vez necesitábamos convertirnos en otra persona antes de poder reconocer lo que deseábamos.

¿Por qué podemos tardar tantos años en reconocer la vida que queremos vivir?

La pregunta parece referirse al tiempo. Empiezo a sospechar que también se refiere a la identidad.

La persona que cumplía

Desde niño planeé ser médico.

No fue una profesión que alguien eligiera por mí ni una vida que aceptara resignadamente. La medicina formó parte de la imagen que construí de mi futuro desde el preescolar. La perseguí con obstinación, la ejercí con amor y durante muchos años me reconocí dentro de ella.

Por eso sería fácil, pero falso, contar esta historia como la de un hombre que vivió demasiado tiempo apartado de su verdadera vocación y un día reunió el valor necesario para abandonarlo todo.

La vida casi nunca cambia de género con tanta limpieza.

La medicina no fue un error. Me dio una forma de mirar a los demás, me acercó a la fragilidad humana y me permitió entrar en conversaciones que difícilmente habrían ocurrido en otro lugar. El hombre que hoy escribe no existiría sin el médico que aprendió a escuchar. Tampoco el fotógrafo observaría igual el paso del tiempo si no hubiera visto tantas veces lo que éste hace con el cuerpo.

Y, sin embargo, hubo un momento en que aquella identidad dejó de contenerme por completo.

No dejó de ser verdadera.

Se volvió insuficiente.

Eso puede ocurrir con una profesión, una relación, una ciudad o una forma de entendernos. Algo que elegimos honestamente continúa siendo parte de nosotros, pero ya no alcanza para explicar a la persona en que nos hemos convertido.

El problema es que muchas veces seguimos viviendo dentro de esa versión anterior por lealtad, por miedo o porque hemos invertido demasiado en ella. Cambiar parece una forma de traicionarla. Como si toda decisión posterior tuviera que demostrar que aquella primera elección fue correcta para siempre.

Quizá una de las maneras más silenciosas de llegar tarde a nosotros mismos consiste precisamente en eso: continuar representando con absoluta disciplina a una persona que alguna vez fuimos.

Tarde según qué reloj

Las sociedades construyen calendarios que no aparecen colgados en ninguna pared.

Hay una edad para elegir profesión, conseguir estabilidad, formar una familia, comprar una casa y abandonar ciertas ilusiones. También parece haber una edad después de la cual debemos dejar de cambiar, experimentar o comenzar proyectos cuyo resultado no está garantizado.

La psicología y la sociología han estudiado esas expectativas como normas de edad o relojes sociales. No sólo sentimos que el tiempo pasa. También sentimos que avanzamos demasiado rápido o demasiado despacio en comparación con los demás.

Podemos cumplir puntualmente con todos esos horarios y, aun así, llegar tarde a nuestra propia vida.

O incumplirlos y pasar años sintiendo vergüenza por un retraso que sólo existe cuando nuestra vida se compara con una secuencia ajena.

Pero tampoco basta con repetir que cada persona tiene su tiempo. Esa frase consuela porque elimina la posibilidad de haber llegado tarde. La realidad es menos amable.

El cuerpo cambia. Las condiciones materiales también. Hay viajes que ya no podremos realizar de la misma manera, personas que mueren antes de que tengamos ciertas conversaciones y oportunidades que no permanecen abiertas indefinidamente. Algunas decisiones pueden aplazarse. Otras sólo pueden perderse.

Preguntarnos «¿tarde según qué reloj?» sirve para desafiar los calendarios inventados, no para negar los límites reales.

Un viaje realizado a los 47 años no es el mismo viaje que habría hecho a los veinte. Quien parte ahora verá cosas que aquel joven quizá no habría observado. También llevará cansancios, ausencias y temores que el joven todavía no conocía.

Este viaje no reemplaza al que no hice.

Tampoco es una versión inferior.

Lo que mi padre preguntó

En octubre de 2021 fui a tomar un café con mi padre. La pandemia había modificado mi relación con el proyecto profesional al que había dedicado casi toda mi vida y, a los 42 años, comenzaba a enfrentar la posibilidad de empezar de nuevo.

Yo no sabía cómo explicarle lo que me ocurría. Me preocupaba decepcionarlo.

Él me escuchó y, con esa manera directa que tenía de colocar unas cuantas palabras exactamente donde hacían falta, me dijo:

—¡Manda todo al carajo y pon tu café, tu bar y toma fotos!

También me preguntó qué estaba esperando.

Entonces entendí su pregunta como una invitación a tomar una decisión profesional. Ahora, varios años después, ya no estoy seguro de que terminara ahí.

No puse exactamente el café o el bar que imaginábamos. No abandoné por completo la medicina. Mi vida no obedeció el argumento limpio de la reinvención que podía contarme en aquel momento. Seguí escribiendo. Seguí tomando fotografías. Continué modificando mi manera de trabajar y comenzaron a aparecer proyectos que ninguno de los dos habría podido anticipar durante aquella conversación.

Llegar a nosotros mismos tampoco consiste en cumplir literalmente los planes de una versión anterior.

Algunos deseos revelan una dirección, no necesariamente un destino.

La pregunta de mi padre permaneció. Sólo fue cambiando aquello hacia lo que apuntaba.

¿Qué estaba esperando para escribir?

¿Qué estaba esperando para viajar?

¿Qué estaba esperando para aceptar que podía amar la medicina sin permitir que explicara todo lo que soy?

Hay preguntas cuyas respuestas aparecen cuando la persona que las formuló ya no está para escucharlas. No las vuelve más profundas ni las convierte en señales del destino. Las vuelve más difíciles de contestar.

Porque ya no existe la posibilidad de volver a aquella mesa y decirle lo que he ido comprendiendo.

Ése también es el costo de llegar tarde.

Las personas que pudimos ser

Los psicólogos Hazel Markus y Paula Nurius llamaron «yoes posibles» a las representaciones de aquello que podríamos llegar a ser, lo que esperamos convertirnos y también aquello en lo que tememos terminar.

Todos cargamos algunas de esas vidas imaginadas.

La profesión que ejerceríamos. La ciudad donde viviríamos. Los lugares que conoceríamos. La persona con quien compartiríamos nuestra vida. Los libros que escribiríamos cuando tuviéramos tiempo. La conversación que iniciaríamos cuando encontráramos las palabras.

Esas versiones pueden orientarnos, pero también perseguirnos.

Algunas envejecen junto con nosotros hasta que resulta necesario aceptar que ya no ocurrirán. No porque hayamos fracasado necesariamente, sino porque elegir una vida siempre implica renunciar a muchas otras.

Nunca podremos comprobar quiénes habríamos sido si hubiéramos elegido otro camino. Esa vida queda protegida por la imaginación: no envejece, no se equivoca, no paga cuentas, no enferma ni enfrenta las consecuencias de sus decisiones. Por eso suele parecer más perfecta que la que sí vivimos.

El arrepentimiento por lo que hicimos puede ser intenso, pero las acciones tienen límites visibles. Sabemos qué ocurrió. En cambio, algunas omisiones crecen con los años porque dejan abierta una vida entera que podemos imaginar sin contradicciones.

Sin embargo, el arrepentimiento no siempre señala el camino correcto. A veces sólo muestra la distancia entre la vida vivida y algo que valorábamos. Puede servir como advertencia, pero no como condena.

Despedirnos de una vida posible también forma parte de reconocernos.

Quizá nunca abriré aquel café exactamente como lo imaginé. Eso no vuelve falsa la necesidad de cambio que aquel proyecto representaba. Tal vez lo que buscaba no era una barra, unas mesas o una máquina de espresso. Tal vez necesitaba imaginar un lugar donde la conversación, la escritura, la fotografía y una relación distinta con los demás pudieran convivir.

Con el tiempo, algunos sueños cambian de forma sin desaparecer.

Otros sí desaparecen.

Y madurar quizá también consista en aprender a distinguirlos.

El tiempo que ocupa sobrevivir

Sería injusto explicar toda demora como falta de valentía.

Hubo periodos en los que sabía qué actividades podían ayudarme y, aun así, no podía acercarme a ellas. La bicicleta acumulaba polvo. Los libros permanecían cerrados. La cámara, la libreta y las cartas parecían estar detrás de una distancia imposible de recorrer.

La depresión no era una reflexión sobre el sentido de la vida. Era una enfermedad.

Comprender intelectualmente lo que podía hacer no significaba tener la fuerza necesaria para hacerlo. Tampoco bastaba contar con personas alrededor para dejar de sentirse solo.

Por eso desconfío de las historias que dividen la existencia entre quienes se atreven y quienes permanecen inmóviles. A veces no avanzamos porque tenemos miedo. Otras veces estamos enfermos, cuidamos a alguien, carecemos de recursos, desconocemos otra posibilidad o hacemos lo único que podemos hacer durante ese periodo: mantenernos vivos.

Sobrevivir también ocupa tiempo.

No todo sufrimiento nos transforma. No toda herida contiene una enseñanza escondida. Hay experiencias que preferiríamos no haber vivido y años que no necesitamos llamar necesarios para poder integrarlos a nuestra historia.

Pero la persona que hoy mira hacia atrás fue construida también durante esos años.

Ésa es la contradicción que no sé resolver.

No quiero agradecer la depresión ni convertirla en una etapa indispensable para llegar hasta aquí. Tampoco puedo fingir que atravesarla no modificó mi manera de reconocer el dolor de los demás, mi escritura y la persona que soy ahora.

Podemos lamentar lo vivido sin expulsarlo de nuestra historia.

La claridad tampoco basta

En mi brazo derecho llevo tatuada una calavera dorada.

La veo mientras escribo, trabajo, tomo una fotografía o extiendo la mano. Es un recordatorio de que la vida termina y de la transformación que puede ocurrir después de atravesar ciertos periodos de oscuridad.

Pero llevar una idea grabada en la piel no significa vivir siempre de acuerdo con ella.

Podemos comprender que el tiempo es limitado y seguir aplazando. Podemos acompañar a personas mayores y observar cómo cambian sus prioridades cuando perciben que la vida se agota, para después regresar a nuestra propia rutina y comportarnos como si dispusiéramos de una cantidad inagotable de mañanas.

Ver morir a otros no nos vuelve expertos en vivir.

La experiencia médica me enseñó que, cuando el horizonte se acorta, algunas palabras cambian de peso. Lo urgente pierde importancia y aquello que se postergó demasiado puede ocupar de pronto toda la habitación.

La investigación sobre la percepción del tiempo sugiere algo parecido: cuando sentimos que el futuro es amplio, solemos privilegiar la exploración y las recompensas que llegarán después. Cuando comenzamos a percibirlo como limitado, podemos volvernos más selectivos y conceder mayor importancia a los vínculos y experiencias que tienen significado emocional.

No se trata simplemente de cumplir años. Una enfermedad, una pérdida, una despedida o un viaje también pueden modificar temporalmente ese horizonte.

La muerte de mi padre cambió el mío.

No hizo que dejara de desperdiciar tiempo ni me concedió una claridad definitiva. Sólo volvió más difícil seguir creyendo que todas las conversaciones importantes podían esperar.

La conciencia de la muerte no ofrece instrucciones. Únicamente vuelve menos convincente la excusa de que algún día nos ocuparemos de vivir.

Llegar tarde o llegar después

Cuando miro hacia atrás, puedo construir una historia en la que todo parece conducir hasta la persona que soy ahora: la medicina me enseñó a escuchar, las pérdidas cambiaron mi relación con el tiempo, la depresión modificó mi mirada, los libros ampliaron las vidas que podía imaginar, la fotografía me obligó a detenerme y los viajes comenzaron a corregir algunas de mis certezas.

Es una historia coherente.

Tal vez demasiado.

La vida no fue planeada para producir este desenlace. Algunas decisiones fueron errores. Algunas oportunidades se perdieron. No todo dolor escondía una lección y no todos los rodeos eran indispensables.

Cuando cambiamos, reescribimos la historia que contamos acerca de nosotros mismos. Un fracaso puede convertirse en un giro y una etapa aparentemente inútil puede adquirir otro significado. Eso nos permite integrar el pasado, pero también puede llevarnos a fingir que todo ocurrió exactamente como debía ocurrir.

No lo creo.

Quizá pude comenzar antes algunas cosas. Quizá me faltó valor. Quizá confundí responsabilidad con permanencia y prudencia con miedo. Quizá esperé condiciones que nunca iban a existir.

También es posible que no pudiera haber sido antes la persona que hoy cuestiona aquellas decisiones.

Llegar tarde supone que había una hora correcta y que la dejamos pasar.

Llegar después sólo reconoce una secuencia.

Después de estudiar, trabajar, cuidar, perder, enfermar, recuperarnos, equivocarnos y cambiar, podemos descubrir deseos que antes no existían o que no habríamos sabido reconocer.

No toda llegada posterior es tardía.

Pero algunas sí.

Aceptar esa diferencia impide tanto condenar a la persona que fuimos como absolverla con la comodidad de una frase esperanzadora.

El Roberto de hace veinte años merece ser juzgado con lo que sabía, deseaba y podía entonces. No tengo derecho a exigirle la claridad que sólo apareció después de vivir su vida.

Pero tampoco puedo utilizar su desconocimiento como excusa para que el Roberto de ahora permanezca quieto.

El hombre que hace este viaje

Al otro lado de este viaje me esperan lugares que existían mucho antes de que yo los imaginara.

No espero encontrarme en Marruecos ni regresar de Andalucía convertido en una versión definitiva de mí mismo. También llevo en la maleta los miedos, las ausencias, las contradicciones y los papeles que suelo representar. Ningún avión puede dejarlos en tierra por mí.

El viaje sólo demuestra algo más pequeño: todavía existen movimientos posibles.

No viaja el joven que alguna vez habría recorrido estos lugares con otro cuerpo, otras urgencias y una ignorancia distinta. Viaja el hombre que llegó después de la medicina, de la pregunta de su padre, de la pérdida, de la depresión, de los libros, de las fotografías y de todas las versiones anteriores que todavía lo acompañan.

No sé si ese hombre llegó tarde.

Sé que finalmente puede reconocerse un poco mejor.

Y quizá llegar a nosotros mismos no consista en encontrar una identidad escondida, sino en dejar de vivir exclusivamente al servicio de la persona que alguna vez decidimos ser. Aquella versión merece gratitud. Hizo elecciones con lo que sabía y sostuvo una vida que también fue verdadera.

Pero no tenemos que dedicar el futuro entero a demostrar que nunca cambió.

La pregunta de mi padre sigue conmigo, aunque ahora ya no señala un café, un bar ni una cámara.

Se dirige a la persona que ha llegado.

Y ahora que por fin puedo reconocerla… ¿cuánto tiempo más tengo derecho a pedirle que espere?

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