Hubo momentos en que quise aventar este libro. Seguí leyendo. Liliana Blum consigue algo que me cuesta explicar sin hablar del cuerpo: sus escenas tienen olor, peso, una cercanía que incomoda. Con Pandora sentí que estaba dentro de una relación que me habría gustado interrumpir. Y cuanto más avanzaba, más difícil me resultaba descalificarla como una exageración. Lo peor era creerla.
La novela, publicada por Tusquets en 2015, reúne a Pandora, una mujer acostumbrada al rechazo por su gordura; Gerardo, un hombre casado cuyo deseo encuentra en ella dónde desplegarse; y Abril, su esposa, empeñada en responder a una idea de perfección que tampoco le garantiza sentirse querida. Blum construye entre los tres una relación en la que el cuerpo se convierte en objeto de deseo, instrumento de control y medida del propio valor.
Lo que cuesta sentirse elegida
Me sentí más cerca de Pandora. Puedo comprender el alivio de sentirse deseado después de haber aprendido a esperar rechazo. También me desesperaba verla entregar cada vez más espacio de su vida a esa relación. Su subordinación, su renuncia a decidir por sí misma, despertaban en mí una mezcla incómoda de compasión y enojo. Quería que pusiera un límite, aun entendiendo por qué le costaba tanto hacerlo.
Porque Pandora alcanza a reconocer que algo está mal. Esa conciencia vuelve más doloroso lo que ocurre: advertir el daño no basta para detenerlo cuando hacerlo amenaza el vínculo del que depende la posibilidad de sentirse elegida. Yo leo ahí una confusión entre deseo y aceptación. Gerardo desea su cuerpo, y ella encuentra en ese deseo una promesa de reconocimiento que está dispuesta a sostener a un costo creciente.
Gerardo me produjo rechazo. Su egoísmo y su hipocresía resultan convincentes precisamente porque no necesita desprenderse de su respetabilidad para aprovechar la vulnerabilidad ajena. Lo percibí como un cazador: alguien que encuentra en la necesidad de afecto de otra persona condiciones favorables para satisfacer lo suyo. Lo perturbador está en la facilidad con que el bienestar de Pandora queda subordinado a su placer.
Abril también sufre intentando encajar. Persigue aquello que cree que su marido desea, apoyada en las expectativas sociales sobre cómo debe verse y comportarse una mujer para conservar su lugar. Su cercanía con Pandora me parece uno de los aciertos de la novela. Aunque ocupan posiciones distintas, ambas buscan seguridad mediante la adaptación a una mirada ajena. Sus diferencias no borran esa necesidad compartida.
La crudeza de lo creíble
Como me ocurrió al leer Out, de Natsuo Kirino, terminé pensando en las condiciones que hacen posible la violencia que la novela retrata. Blum sostiene esta tensión con personajes que me resultaron creíbles y un ritmo que no me dio tregua. El paso entre sus perspectivas ensancha el conflicto y permite comprender necesidades que, vistas desde fuera, sería fácil juzgar. Las escenas en que Gerardo alimenta a Pandora, o aquellas en que su movilidad queda comprometida, hacen físicamente perceptible esa dependencia. La crudeza me hizo sentir más real la novela. Me costaba leer y me costaba todavía más apartarme.
El cierre me encantó. Prefiero preservar lo que ocurre allí: fue parte decisiva de una lectura que me atrapó y me convenció hasta el final. Pero la incomodidad que me dejó sigue ligada a Pandora y a mi propia reacción frente a ella. Me desesperaba que cediera tanto. Ahora pienso que yo podía permitirme exigirle un límite desde la comodidad de no tener que perder aquello a lo que ella se aferraba. Sigo preguntándome cuánto pesa la posibilidad de volver a ser rechazada cuando uno apenas ha empezado a sentirse elegido.

