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El cerebro no nos muestra el mundo: lo inventa…

Mira una habitación al caer la tarde. Una pared recibe la luz de la ventana; otra permanece en sombra. Sobre una silla hay una camisa blanca que, en ciertas zonas, devuelve menos luz que algunos objetos oscuros colocados junto al cristal. Sin embargo, sigues viendo una camisa blanca. No necesitas levantarte, medir la iluminación ni recordar deliberadamente de qué color era cuando la compraste.

Parece una observación demasiado sencilla para detenerse en ella. Precisamente por eso me interesa. Casi nunca nos preguntamos cómo conseguimos reconocer las propiedades de las cosas mientras cambia la luz que nos permite verlas. Abrimos los ojos y encontramos una habitación organizada, con superficies, distancias y objetos. El trabajo necesario para conseguirlo permanece fuera de nuestra experiencia.

Cuando fotografío, elijo dónde colocar la cámara y qué dejar fuera del encuadre. Al mirar ocurre algo anterior a esa elección: mi sistema visual ya está organizando la información con la que podré decidir qué merece una fotografía.

De ahí surge una tentación: decir que el cerebro inventa el mundo. Es un título atractivo, aunque necesita corregirse antes de que nos lleve demasiado lejos. La habitación no depende de que yo la mire para existir. Lo que depende de mi sistema nervioso es la experiencia que tengo de ella.

Entre ambas cosas hay una diferencia considerable.

La luz no trae los objetos explicados

La luz que llega a los ojos no viene acompañada de instrucciones. No señala qué parte de una imagen corresponde a una sombra, qué contorno pertenece a un objeto o qué superficie continúa detrás de otra.

En la retina, los fotorreceptores transforman la luz en cambios de actividad eléctrica. Esa transformación, llamada transducción, permite que un acontecimiento físico participe en la comunicación entre células nerviosas. Otras células retinianas procesan las señales y las células ganglionares envían información hacia el cerebro a través del nervio óptico. Todavía no hemos llegado a ver una silla.

El procesamiento continúa por distintas vías y regiones. Se analizan relaciones espaciales, contrastes, orientaciones y otras características que contribuyen a percibir formas y objetos. No hay una pequeña pantalla interior frente a la cual alguien se siente a contemplar el resultado. Esa imagen sólo trasladaría el problema: tendríamos que explicar quién mira la pantalla.

La dificultad es que una misma distribución de luz admite distintas causas. Una región puede enviar poca luz hacia nuestros ojos porque pertenece a una superficie oscura, porque recibe escasa iluminación o por una combinación de ambas cosas. Para desenvolvernos necesitamos distinguirlas, aunque la señal disponible no las separe de antemano.

Por eso resulta útil hablar de información ascendente y descendente. La primera procede de las señales sensoriales y de su procesamiento hacia niveles sucesivos. La segunda corresponde a influencias que regresan desde otros niveles del sistema. Ver implica interacciones entre ambas direcciones; la información disponible se relaciona con regularidades que el organismo ha aprendido.

Esto no significa que pensemos primero «silla» y después fabriquemos una a voluntad. Tampoco que toda creencia pueda modificar lo que vemos. Reconocer una palabra parcialmente tapada puede beneficiarse del contexto de una frase, pero ese acierto, por sí solo, no demuestra que hayamos visto las letras ocultas.

Dos grises que se niegan a parecer iguales

Edward Adelson creó una imagen especialmente incómoda para nuestra confianza visual: un tablero con casillas claras y oscuras sobre el que un cilindro proyecta una sombra. Dos regiones señaladas parecen tener tonos diferentes, aunque están representadas con el mismo valor de gris.

La igualdad puede comprobarse aislando las regiones o comparando sus valores en la imagen digital. Aun después de conocerla, la diferencia aparente suele persistir al volver a mirar la escena completa.

Para entenderlo hay que regresar a la camisa de la habitación. Nuestro sistema visual necesita relacionar la luz recibida con las propiedades de las superficies. En el tablero, el contraste con las regiones vecinas y las pistas de iluminación contribuyen a esa organización. Una casilla situada bajo una sombra puede parecer una superficie clara poco iluminada; otra, fuera de ella, una superficie oscura.

La señal local equivalente recibe un tratamiento distinto dentro de cada contexto. La apariencia de claridad depende de relaciones que exceden los límites de la casilla. La explicación general no exige suponer una decisión consciente, y el detalle de estos fenómenos sigue siendo objeto de distintos modelos.

Lo interesante es aquello que la ilusión conserva de la visión cotidiana. Necesitamos reconocer una camisa blanca al sol y a la sombra, aunque la cantidad de luz que llega de ella cambie considerablemente. Esa capacidad de mantener cierta estabilidad puede producir una discrepancia en una imagen construida para ponerla a prueba.

Saber cómo está hecho el tablero tampoco basta para desactivar su apariencia. Puedo aceptar la medición y continuar viendo dos tonos. Mi conocimiento de la figura y mi experiencia visual de ella no tienen por qué coincidir.

Cuando los labios participan en lo que oímos

Algo parecido ocurre fuera de la visión, aunque aquí intervienen dos sentidos.

En 1976, Harry McGurk y John MacDonald publicaron un experimento en el que combinaron el sonido de una sílaba con movimientos de la boca correspondientes a otra. En una de sus condiciones, el audio era «ba», mientras los labios articulaban «ga». Los adultos participantes informaban escuchar «da».

La combinación producía una experiencia del habla que no coincidía con el sonido presentado por separado. La información visual estaba participando en la percepción de lo oído.

Conversar suele ofrecernos señales de varias procedencias: escuchamos la voz y vemos el movimiento del rostro. En condiciones habituales esas fuentes guardan relación entre sí. El experimento introduce una discrepancia y permite investigar cómo se combinan.

El efecto no aparece con idéntica intensidad en todas las personas ni con cualquier grabación. Tampoco demuestra que la vista siempre domine al oído. Su interés está en mostrar que, bajo determinadas condiciones, la percepción del habla resulta de una integración audiovisual.

Me parece revelador que podamos hablar de «lo que oímos» como si esa experiencia perteneciera exclusivamente a los oídos. Las palabras con las que describimos nuestros sentidos separan operaciones que el sistema nervioso puede coordinar.

El tablero y el efecto McGurk permiten, además, evitar una confusión: organizar información sensorial no equivale a inventar después una explicación verbal sobre lo ocurrido. Buena parte de ese trabajo participa en la experiencia que finalmente podemos describir.

Un cerebro que propone y corrige

Una familia de teorías intenta explicar parte de ese funcionamiento mediante el procesamiento predictivo. Su propuesta general es que el sistema nervioso utiliza modelos de las causas de las señales sensoriales y los contrasta con la información que recibe.

Un modelo, aquí, no es una teoría que formulemos conscientemente. Es una organización del procesamiento que permite anticipar relaciones: qué señales resultarían esperables si hubiera cierto objeto, movimiento o acontecimiento.

En formulaciones de codificación predictiva, niveles superiores envían predicciones hacia niveles inferiores. Las discrepancias con las señales recibidas generan errores de predicción que contribuyen a revisar la estimación. «Error» significa aquí diferencia entre lo anticipado y lo registrado; no implica necesariamente que la persona haya cometido una equivocación consciente.

Podemos imaginar, como ejemplo cotidiano, un abrigo colgado que por un instante parece una persona en una habitación poco iluminada. Una configuración incompleta admite una interpretación plausible. Al acercarnos aparecen detalles que obligan a reorganizarla. El ejemplo ayuda a entender la propuesta, aunque por sí solo no demuestra qué circuito produjo aquella impresión.

Estos modelos también consideran la fiabilidad relativa de la información. Una señal incierta y una señal nítida no deberían influir del mismo modo. La interpretación necesita ajustarse cuando llegan datos suficientemente informativos; de lo contrario, el sistema perdería su relación con el entorno.

Existen resultados compatibles con la influencia de expectativas en el procesamiento visual. En un estudio de Peter Kok, Janneke Jehee y Floris de Lange, las expectativas redujeron la amplitud de la respuesta en la corteza visual primaria, mientras mejoraban la información sobre el estímulo que podía recuperarse de los patrones de actividad. Menos actividad global no equivalía, en esa tarea, a una representación menos informativa.

Pero de ese resultado no se desprende que toda percepción funcione exactamente según una única arquitectura predictiva. Hay distintas formulaciones, debates sobre su implementación neuronal y dificultades para distinguir algunas predicciones de las que hacen otros modelos. El procesamiento predictivo ofrece herramientas de investigación; su ambición explicativa también necesita pruebas.

Ver, reconocer y responder

Aquí conviene resistir una conclusión demasiado cómoda: que vemos aquello que creemos.

Si alguien espera encontrar un objeto, puede buscarlo en lugares distintos, prestarle más atención o decidir con mayor facilidad que está presente. Cada posibilidad puede cambiar su respuesta en un experimento. No todas implican que haya cambiado la apariencia del objeto.

Chaz Firestone y Brian Scholl han insistido en esta dificultad al revisar investigaciones sobre supuestas influencias de creencias y deseos en la percepción. Su crítica obliga a separar cambios perceptivos de efectos sobre la atención, la memoria, el juicio o la manera de responder. El alcance de esas influencias continúa en discusión.

La distinción importa incluso al hablar de una escena sencilla. Puedo ver una forma, reconocerla como un rostro, interpretar su expresión como enfado y juzgar que alguien está molesto conmigo. Son operaciones relacionadas, pero la última conclusión no viene inscrita en la luz que alcanzó mis ojos.

Otra figura permite observar una diferencia perceptiva sin necesidad de llegar tan lejos: el cubo de Necker. Es un dibujo de líneas que admite dos orientaciones en profundidad. Al contemplarlo, una cara puede parecer delantera y luego trasera, mientras el dibujo permanece igual.

La percepción cambia entre organizaciones posibles de una misma configuración. Ese tipo de alternancia se utiliza en investigaciones que buscan distinguir la información visual presentada de la experiencia que el observador comunica.

El cubo admite esas dos lecturas por su ambigüedad. No admite cualquier cosa. Sus líneas siguen imponiendo restricciones. Esa limitación también merece nuestra atención: la construcción perceptiva tiene condiciones.

La habitación sigue ahí

Lo que más me interesa de estos fenómenos es la distancia entre la complejidad del proceso y la sencillez de su resultado. No sentimos los intercambios neuronales ni recibimos un informe sobre las distintas posibilidades consideradas. Vemos una camisa, escuchamos una sílaba, encontramos profundidad en unas líneas.

A partir de ahí podemos medir, comparar, acercarnos o cambiar la iluminación. Podemos descubrir que dos regiones tienen el mismo valor de gris, aunque continúen pareciéndonos diferentes. La percepción permite investigar el mundo y también necesita, en ocasiones, de procedimientos que corrijan nuestras primeras apreciaciones.

Que la experiencia sea construida no vuelve inexistente aquello que encontramos. Tampoco convierte todas las interpretaciones en equivalentes. El abrigo admite una confusión desde la puerta; de cerca ofrece información que permite resolverla. El mundo participa en la corrección.

Queda además una pregunta que estas explicaciones no resuelven por completo: cómo se relaciona la actividad del sistema nervioso con el hecho de tener una experiencia consciente. Identificar mecanismos, proponer modelos y registrar actividad cerebral son avances concretos. Ninguno autoriza a dar por terminada esa investigación.

Al pensar de nuevo en la habitación, me sorprende menos que podamos equivocarnos que la cantidad de relaciones que conseguimos resolver sin advertirlo. La luz cambia y las cosas conservan suficiente estabilidad para que podamos movernos entre ellas.

La camisa continúa sobre la silla. Una parte recibe el resplandor de la ventana; otra permanece en sombra. Yo sigo viéndola blanca.

Ahora esa sencillez me parece mucho más extraña.

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